Episodes

  • “La piscina huérfana”. De John Updike (1970).

    Los matrimonios, lo mismo que los compuestos químicos, sueltan, al disolverse, cantidades de energías encerradas en su unión. Hay el piano que nadie quiere, el cocker spaniel del que nadie desea cuidar. De repente, estanterías repletas de libros resulta que contienen obras de fechas muy pasadas y que difícilmente serán leídas de nuevo, e incluso resulta difícil determinar quien las leyó por vez primera. ¿Y que hacer con esos viejos esquíes de la buhardilla? ¿O de la casa de muñecas que espera ser reparada en el sótano? El piano esta desafinado y el perro, loco. El verano en que los Turner se divorciaron, la piscina no tenía amo ni dueña, pese a que el sol pegó de firme, día tras día, y en Connecticut se declaró oficialmente la sequía.
    Era una piscina joven, de sólo dos años, y de aquella frágil clase construida con una capa de plástico cubriendo un hoyo en el suelo. La parte lateral del jardín de los Turner adquirió aspecto infernal, mientras construían la piscina; una excavadora se hundió en el barro y tuvo que ser rescatada por otra. Pero a mitad de verano, el nuevo césped crecía lozano, las losas alrededor de la piscina estaban ya puestas, el plástico azul daba al agua un matiz celeste y era preciso reconocer que los Turner habían dado en el clavo una vez más. Iban siempre un poco adelantados con respecto a sus amigos. Él era un hombre alto, con vello en la espalda, largos brazos, y la nariz aplastada en la práctica de fútbol americano, con la congestiva mirada de quienes tienen demasiada sangre. Ella era una rubia de frágil esqueleto, con secos ojos azules, y labios siempre separados y salidos, como si se dispusiera a formular una pregunta molesta o caprichosa. Nunca parecieron tan felices, y nunca pareció su matrimonio tan sólido y sano como en aquellos dos veranos. La natación les puso la piel morena y el cuerpo flexible y suave. Ted comenzaba el día nadando unos metros, antes de vestirse y tomar el tren, y Linda se pasaba la jornada junto a la piscina, como una reina, entre multitudes de húmedas matronas y niños mojados, y cuando Ted regresaba del trabajo encontraba una cocker spaniel party en plena celebración junto a la piscina, y la pareja terminaba la jornada a medianoche, cuando sus amigos por fin se iban, nadando desnudos los dos, antes de acostarse. ¡Que éxtasis! En la oscuridad, el agua parecía suave como la leche, y etérea como el hielo, y los nadadores se transformaban en gigantes, deslizándose de un lado a otro merced a una sola brazada.
    En el mes de mayo siguiente, la piscina estaba llena como de costumbre, y, como de costumbre, se había reunido el habitual grupo de madres y niños, después de la jornada escolar, pero, cosa extraña, Linda se había quedado dentro. Se la oía, dentro de la casa, yendo de una estancia a otra, pero no salió, como en los anteriores veranos, con una alegre bandeja de hielo y un haz de botellas, así como los pastelitos y las limonadas para los chicos. Entonces, los amigos comenzaron a sentir la inhibición de presentarse en casa de lo Turner, con la toalla bajo el brazo, los fines de semana. Pese a que Linda había perdido peso y tenía elegante aspecto, y a que Ted se mostraba agobiadoramente jovial, el matrimonio desprendía el leve, insomne e inhibitorio aroma de las parejas con problemas. Luego, el día siguiente de la terminación del curso escolar, Linda se fue con sus hijos a casa de sus padres, en Ohio. Ted pasaba muchas noches en la ciudad, y la piscina permanecía desierta. Pese a que la bomba que hacía pasar el agua por el filtro seguía murmurando entre las lilas, la impoluta piscina comenzó a enturbiarse. Los cuerpos de abejas y moscas muertas comenzaron a puntear la superficie. Una pelota de plástico, moteada, flotó hasta situarse en un ángulo, junto a la palanca, y allá se quedó. La hierba entre las losas comenzó a languidecer. En el tablero de vidrio de la mesa junto a la piscina había una lata de abrillantador “Off!”, ya sin presión, y en un vaso de ginebra con agua Tónica flotaba una hoja de menta marchita. La piscina presentaba un aspecto desolado, como una charca de agua pútrida en la jungla. Parecía venenosa y avergonzada. El cartero, al meter en el cajín avisos de pagos atrasados y ofertas de publicaciones pornográficas, apartaba cortésmente la vista de la piscina.
    Algunos fines de semana del mes de junio, Ted escapó de la ciudad y los pasó en la casa. Los familiares, al ir en automóvil a la iglesia, le vieron ocupado en rociar tristemente el agua con desinfectantes. Ted estaba pálido y flaco. Enseñó a Roscoe Chace su vecino de la izquierda, el modo de poner en marcha la bomba y de cambiar el filtro y le dijo las cantidades de cloro y Algitrol que debía añadir todas las semanas. Explicó que no podía cumplir esta tarea todos los fines de semana, como si la distancia que durante años había recorrido dos veces al día, yendo y viniendo de Nueva York, se había convertido en una cuesta imposiblemente empinada que llevará al pasado. En vagos términos, dijo que Linda había dejado la casa de sus padres, en Akron, y que estaba de visita en casa de s hermana en Minneapolis. A medida que la sorpresa de la desaparición de los Turner fue perdiendo potencia, la piscina iba pareciendo menos fantasmal y prohibitiva. Los niños Murtaugh —los Murtaugh eran los vecinos de la derecha de los Turner, y formaban una agitada familia numerosa— comenzaron a utilizar la piscina, sin que nadie les vigilara. Por esto, los viejos amigos de Linda, con sus hijos, comenzaron a hacer acto de presencia “para evitar que los chicos Murtaugh se ahoguen los unos a los otros”. Si, porque si algo melo les ocurría a los niños Murtaugh, los pobres Turner (el adjetivo apareció automáticamente) serían demandados en juicio y les pedirían las mil y una, precisamente en el momento en que menos gastos podían permitirse. Entonces, utilizar la piscina se convirtió en una especie de deber, en una muestra de lealtad.
    Aquel mes de julio fue el más caluroso en veintisiete años. La gente transportó sus propios muebles de jardín, en automóviles del tipo rural, y los instaló en la piscina. Los hijos mayorcitos y las chicas suizas que servían en las casas bajo el régimen au-pair fueron investidos del cargo de salvavidas. En el garaje se encontró un cordel de nilón con flotadores de corcho, cuya finalidad era separar la zona de saltos de la zona de chapoteo, y se instaló en la piscina. Agnes Kleefield aportó una vieja nevera que se conectó a un enchufe en la parte alta del sótano en donde Ted solía trabajar en su banco de carpintería, y la nevera se utilizó para guardar hielo, agua de quinina y bebidas no alcohólicas. Junto a la nevera apareció una caja de zapatos con calderilla, a fin de que se efectuaran los pagos, según un sistema de honor y honradez, y en los peldaños que llevaban a la casa de los Turner se formó una colección de objetos diversos perdidos en la piscina y sus contornos, tales como gafas de sol olvidadas, aletas de natación, toallas, lociones, libros en rústica, camisas e incluso ropa interior. Aquel mes de julio, cuando la gente decía “nos encontraremos en la piscina” no se referían a la piscina pública situada junto al centro de ventas, ni a la del club de campo. No, ya que se referían siempre a la piscina de los Turner. Resultaba difícil restringir la afluencia, sin dar lugar a situaciones embarazosas. Un obispo metodista que visitaba la población, dos economistas procedentes de Taiwan, un equipo femenino de balonvolea de Darién, un eminente poeta canadiense, el campeón de tiro con arco de Hartford, los seis miembros de un grupo negro de rock llamado “Los bienintencionados”, un ex amante de Ali Kan, la suegra de cabello azulenco de un asesor de Nixon que no alcanzaba todavía a tener categoría ministerial, un niño de seis semanas, un hombre que murió de accidente al día siguiente en Merrit Parkway, un filipino capaz de permanecer ochenta segundos en el fondo de la piscina, dos tejanos que iban siempre con un cigarro entre los dientes y el sombrero en la cabeza, tres reparadores de hilos telefónicos, cuatro expatriados checos, un estudiante maoísta de la Wesleyan, y el cartero, todos nadaron, en calidad de huéspedes, en la piscina de los Turner, aunque no lo hicieron todos a la vez. Cuando la multitud de las horas diurnas comenzaron a menguar, y la caja de zapatos volvía a ponerse dentro de la nevera, y cuando la última chica au-pair agarraba al último niño macerado y con carne de gallina y se lo llevaba temblando a cenar, comenzaba a subir la marea de las actividades del atardecer, principalmente la de los partidarios de las expansiones amorosas (los más notorios eran la señora Kleefield y el chico Nicholson), y otras actividades que algunos, con ganas de dramatizar, denominaban orgías. Cierto es que los chapuzones de última hora y los exitados resoplidos y gemidos a menudo impedían dormir a la señora Chace, y que los niños Murtaugh se pasaban horas en las ventanas de las buhardillas de su casa, armados con prismáticos. Además, las perdidas prendas interiores no dejaban de ser un indicio (…).

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  • “Vaselina” está disponible en Mercado Libre y librerías Hernández, Edipo, El Aleph y otras.

    PRÓLOGO
    Esos caranchos, Gómez, vienen por sus ojos. Así como no se lo digo –pero podría– le digo otra cosa. No sé. Habría que pensarlo. Me gusta imaginarlo así, enterrado hasta el cuello en el desierto, con la cabeza afuera, comido por las hormigas, chupado por la sed y las serpientes o no.
    Pero este indio que soy no se conmueve. La lástima no se obsequia a los amigos aunque tampoco a los enemigos. Y no me compadezco, no, porque yo no tengo sed. Soy la lengua del desierto y vengo a hablarle desde muy lejos, desde el orfanato, cuando ni siquiera podía comer; desde el cinto del coronel que me introdujo en el arte de mandar. Soy un fantasma, si usted quiere. Una aparición. Y todo esto podría ser poco más que una parodia de la vida entera.
    El pozo lo hicieron los muchachos y bastó una orden, una palabra mía para horadar la tierra con las palas, tomando tetra y fumando; dos pozos al sereno bajo las estrellas. Y usted llenará uno de ellos porque lo desea, según parece, o está ya adentro, enterrado hasta el pescuezo, con la vida a sus espaldas pero la cabeza en alto. Agradézcalo. Usted, cabeza gacha todo el tiempo, ahora mira las estrellas y piensa en la lluvia, quizá. Mira a lo alto o debería hacerlo, Gómez, no se tire a menos. Tiene lo suyo, usted. Me dio una hermandad que por mucho tiempo me esquivó la vida. Un hombre como usted. Un gringo. Y si después me la retiró, habría que pensarlo; no es cosa de ponerse a matizar ahora, en estas circunstancias apremiantes. ¿Tiene sed? ¿La tendrá? Usted es el hombre de la sed. Y yo soy el aguatero. Yo lo tengo todo y nada al mismo tiempo. Yo hablo en el desierto, mi palabra está muda, es la lengua del que ya no necesita decir nada.
    Insignificante.
    Un solo gesto mío basta para llevarlo a la muerte, un solo gesto para enterrarlo en un pozo o para redimirlo. Pero la cosa viene dura, para mí, para usted. La cosa siempre viene dura para un indio maleante. La transa ya no es fácil. Me pongo viejo o no; soy como un muchacho montando a pelo una moto en la montaña. Hay que ser muy macho en la frontera; traficar, se trafica con las vidas. La esperanza es moneda de cambio. Agua le ofrecería, un balde de agua fresca en la cara para ver cómo lo anega el barro, cómo escurre por el cuello la lava cristalina evitando su boca. No se puede beber. No podrá. La vida esquiva todo lo que es prioritario, se hace rogar; nos vuelve arqueólogos, geólogos de un sueño.
    Y así vamos, Gómez, tomando ginebra en la Asociación de Box, charlando o escapando. ¿Qué es una traición, una más? ¿Y una amistad? ¿No hubo una hermandad entre grapa y grapa? Las cosas que hacen los gringos. Las cosas que puede hacer un indio como yo. Mestizo. Puchero de maldad y bonhomía. Vaya a saber. Qué dice usted ahí enterrado o fumando en un café, viendo pasar a las pibas que se visten como ella. Porque seguro que las mira. ¿O no? Anoche cayó la helada y el desierto se parte en una grieta por donde hierven las hormigas. Las culebras, Gómez, se arrastran con la lengua alzada. Un hombre enterrado hasta el cuello, sus ojos serán un gran bocado. Dos ratas sedientas, sus ojos. Así lo imagino. Medio muerto, herido, seco gracias a mí.
    Y no me felicito en nada.

  • Horacio Quiroga
    (1879-1937)

    A LA DERIVA
    (Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)




    El hombre pisó blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
    El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
    El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
    El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
    Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
    —¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
    Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
    —¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
    —¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
    —¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
    La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
    —Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
    Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
    Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
    El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
    La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
    La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
    —¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
    —¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
    El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
    El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
    El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
    El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
    ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
    Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
    De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
    Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
    El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
    —Un jueves...
    Y cesó de respirar.

  • Hojas, John Updike (1932-2009)

    Desde mi ventana, las hojas de la vid poseen una extraña belleza. “Extraña” porque me parece raro que las cosas sean bellas —después de la prolongada oscuridad de introspección, miedo y vergüenza en que he estado viviendo—, que al margen de nuestras catástrofes conserven la precisión casual, la fácil abundancia de “efecto” inventivo, carácter y especificidad de la Naturaleza. Esta mañana distingo con nitidez que la Naturaleza se puede definir como lo que existe sin culpa. Nuestros cuerpos están en la Naturaleza; nuestros zapatos, sus agujetas, sus pequeñas puntas de plástico; todo lo que se halla a nuestro alrededor, en nuestro entorno, existe en la Naturaleza; sin embargo, algo nos aparta de ella, del mismo modo en que un brote de agua nos impide tocar el fondo arenoso, acanalado y resplandeciente, con fragmentos de media luna de conchas de ostras, tan claros a nuestros ojos.
    Un grajo azul se posa en una rama afuera de mi ventana. De momento firme, se detiene a horcajadas, su rabo sucio hacia mí, su cabeza vigilante congelada en una silueta, la curva predatoria del pico impresa en un cielo casi blanco sobre el pantano brumoso y atezado. ¿Lo ves? Yo sí y, captando rápidamente el hilo de mis pensamientos, he atravesado el cristal, lo he atrapado y estampado en esta página. Ahora se ha ido. Y sin embargo, ahí, unas cuantas líneas arriba, aún se encuentra “a horcajadas”, su rabo “sucio”, su cabeza vigilante “congelada”. Un truco curioso, tal vez inútil, pero mío.
    Las hojas de la vid, justo donde están —no en la sombra de cada una— son doradas. Hojas lisas que toman el sol directamente y convierten la luz absoluta, suma del espectro y fuente de toda vida, en el crayón amarillo con el cual los niños la evocan. Aquí y allá, lo seco transforma este resplandor ajeno en un naranja brillante; y el verde de las tiernas hojas quietas -porque si observamos, el verde persiste ya muy entrado el otoño- filtra de la luz solar un chartreuse finamente nervado. Las sombras de unas hojas sobre otras —si bien errantes y nerviosas con el viento que emite al barrerlas sonidos afables que se escabullen por el techo— son muy variadas y definidas; contienen innumerables insinuaciones salvajes de cimitarras, lanzas afiladas, púas y cascos amenazantes. No obstante, el efecto neto está libre de amago. Por el contrario, su intrincada sugerencia simultánea de refugio y de llaneza, calor y brisa, me invita al exterior; mis ojos se aventuran a las hojas que se encuentran más allá. Estoy rodeado de hojas. Las del roble, garras tenaces de moho púrpura; las del olmo, escasas plumas de un amarillo femenino, las del zumaque, un rubor dentado y salvaje. Me mantengo erguido en un sereno y ardiente universo de hojas. Sin embargo, algo me arroja hacia atrás, me devuelve a esa oscuridad interna donde la culpa es el sol.
    Los hechos necesitan definirse. Me dicen que fui cruel y me tomará tiempo integrar esta impresión unánime a la probabilidad descalificada con la cual nuestros propios actos, si bien abiertamente equivocados, se revierten ellos mismos. Una vez que se ordenen los sucesos -se den incentivos a las acciones, se asignen psicologías a los actores, se tabulen los errores, se nombren las anormalidades; una vez que se pode todo el crecimiento furioso, descuidado, con explicaciones arraigadas en la historia, y sea devuelto, tal cual, a la Naturaleza- ¿entonces qué? ¿No es ilegítimo este retorno? ¿Pueden nuestros espíritus realmente penetrar al refugio de mortalidad del Tiempo y hundirse con serenidad entre el abono de hojas y de estiércol? No: nos erguimos en la intersección de dos reinos y no hay avance ni retroceso, sólo el filo de la orilla donde permanecemos de pie.
    Recuerdo con nitidez el negro del vestigio de mi esposa cuando dejó nuestra casa para obtener el divorcio. El vestido era una suave funda negra, de cuello en V y con el cual Elena siempre se veía atractiva; favorecía su palidez. Esa mañana se veía especialmente hermosa, su tez en extremo blanca por la fatiga. Sin embargo su cuerpo, esa cosa natural, ignoró nuestra catástrofe, y sus gestos y figura eran tan incongruentes como de costumbre. Al irse, me besó apenas y ambos sentimos la ironía de que este viaje no sería muy distinto de cualquier otro, fuera a Boston -a Symphony, a Bonwit. La misma búsqueda de las llaves del carro, las mismas instrucciones exigentes a la complaciente niñera, la misma ligera inclinación de cabeza al sentarse frente al volante de su auto. Y yo, al fin satisfecho, divorciado, estudiaba a mis hijos con ojos de quien los ha dejado, examinaba mi casa como aquel que toma una serie de fotos de un tiempo irrevocable, conducía a través del colorido paisaje como un hombre de asbesto que cruza el fuego, encontraba a mi futura esposa llorando y riendo, aturdida y valiente -sin cesar sentía, para horror mío, que la oscuridad íntima me reventaba la piel, nos sumergía a ambos y ahogaba nuestro amor. El mundo natural, donde nuestroÊidilio había existido, se extinguió. Mi corazón se estremeció; se estremece aún. Retrocedí. Al conducir de regreso, las hojas de los árboles me manifestaban sus formas durante el trayecto. No hay más historia que contar. Por teléfono rescaté a mi esposa; me agarré del negro de su vestido y me abracé al dolor.
    No deja de llegar. El dolor no deja de llegar. Casi todos los días se presenta un cobro nuevo, sea por correo o por teléfono. Siempre que el teléfono suena, espero que se desate una nueva circunvolución de importancia. He venido a esconderme a esta cabaña, pero incluso aquí hay teléfono, y al raspar del viento, la rama y el animal invisible se cargan con su silencio eléctrico. En cualquier momento podría explotar y, una vez más, la extraña belleza de las hojas se eclipsará.
    Nervioso, me levanto y cruzo el cuarto. Una araña como asterisco blanco cuelga en el aire frente a mi rostro. Observo el techo y no pudo ver de dónde pende su hilo. El techo es de yeso liso. La araña titubea. Siente una enorme presencia extraña. Sus exquisitas patas blancas se abren con cautela y su propio peso muerto gira de su hilo invisible. Me veo a mí mismo en la pose antigua y peculiar del fabulista que intenta extraer una lección de la araña, y me cohibo. Rechazo esta actitud para examinar seriamente a esta diminuta estrella articulada que cuelga de manera sarcástica frente a mi cara; soy incapaz de aprender la lección. La araña y yo habitamos universos contiguos pero incompatibles. A través del abismo sólo sentimos temor. El teléfono continúa silencioso. De nuevo, la araña calcula volver a girar. El viento sigue agitando la luz solar. Al entrar y salir de esta cabaña he dejado huellas en unas cuantas hojas muertas, aplanadas, como pedazos de papel oscuro.
    ¿Y qué son estas páginas sino hojas? ¿Y con qué objeto las produzco si no es para lanzar mi culpa, gracias a una fotosíntesis subjetiva, a la Naturaleza, donde la culpaÊno existe? Ahora el pantano, plano como alfombra, aparece rayado de un verde pálido entre las sombras café —bermejo, ocre, tostado, marrón— y del lado opuesto, donde la tierra se eleva sobre el nivel del mar, las siempreverdes apuñalan hacia arriba de manera lúgubre. A lo lejos hay una pequeña colina azul; en esta región costeña las colinas casi son demasiado modestas para llevar nombres. Pero la veo; por primera vez en meses la veo. Lo hago como el niño que desde una barda muy alta observa, con los dedos apretados y el cuello tenso, el techo de una casa. Bajo mi ventana, el pasto se ve delgado, verde y mezclado con las hojas caídas de un olmo pequeño y recuerdo cómo la primera noche que viene a esta cabaña, pensando que dejaba mi vida atrás, me fui a la cama solo y leí, de la misma manera en que uno lee libros extraviados en una casa prestada, unas cuantas páginas de una vieja edición de Hojas de hierba. Y mi sueño fue como un anillo, de tal suerte que cuando desperté tuve la sensación de continuar aún en el libro, y el cielo velado por la luz que se estremecía a través de las ramas desnudas del joven olmo parecía otra página de Whitman, y yo estaba enteramente abierto y perdido, como una mujer apasionada, libre y enamorada, sin una sombra en rincón alguno de mi ser. Fue un hermoso despertar, pero a la noche siguiente había vuelto a casa.
    Se han movido las sombras salvajes, precisas, entre la hojas de la vid. Se ha alterado el ángulo de iluminación. Imagino al calor reclinado contra la puerta y la abro para dejarlo entrar; a mis pies, cae la luz solar como un penitente.

  • Escuchá y leé este delicioso cuento en la Máquina de narrar.

    Gabriel García Márquez
    (Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)


    Espantos de Agosto
    Doce cuentos peregrinos (1992)


    Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
 —Menos mal —dijo ella— porque en esa casa espantan.
 Mi esposa y yo, que no creernos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
 Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor cabe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
 —El más grande —sentenció— fue Ludovico.
 Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
 El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
 Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
 Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
 Mientras lo hacíamos, bajo un ciclo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
 Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué tontería —me dije—, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

Octubre 1980.

  • Transcribimos en La Máquina de Narrar este cuento póstumo de R. Bolaño.


    EL SECRETO DEL MAL
    (El secreto del mal, 2007, póstumo, Anagrama)

    Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final. Es de noche en París y un periodista norteamericano está durmiendo. De pronto suena el teléfono y alguien, en un inglés sin acento de ninguna parte, le pregunta por Joe A. Kelso. El periodista responde que es él y luego mira el reloj. Son las cuatro de la mañana y no ha dormido más de tres horas y está cansado. La voz al otro lado del teléfono le dice que tiene que verlo para transmitirle una información. El periodista pregunta de qué se trata. Como suele suceder con este tipo de llamadas, la voz no suelta prenda. El periodista le pide, al menos, una pista. La voz, en un inglés correctísimo, mucho mejor que el de Kelso, le dice que prefiere verlo personalmente. De inmediato, añade, no hay tiempo que perder. ¿En dónde?, inquiere Kelso. La voz menciona un puente de París. Y añade: En veinte minutos puede llegar caminando. El periodista,que ha tenido cientos de citas semejantes, contesta que en media hora estará allí. Mientras se viste piensa que es una manera bastante torpe de arruinarse la noche, pero al mismo tiempo se da cuenta, con un ligero asombro, de que ya no tiene sueño, que la llamada, pese a su previsibilidad, lo ha desvelado. Cuando llega al puente, cinco minutos más tarde de lo convenido, sólo ve coches. Durante un rato permanece quieto en un extremo, esperando. Luego cruza el puente, que sigue solitario, y tras aguardar unos minutos en el otro extremo finalmente vuelve a cruzarlo y decide dar por concluida la noche y volver a casa y dormir. Mientras camina de regreso a casa piensa en la voz: no era un norteamericano, de eso está seguro, tampoco era un inglés, aunque eso ya no podría asegurarlo. Tal vez un surafricano o un australiano, piensa, o puede que un holandés, o alguien del norte de Europa que aprendió inglés en la escuela y que luego lo ha ido perfeccionando en distintos países angloparlantes. Cuando cruza una calle oye que alguien lo llama. Señor Kelso. De inmediato se da cuenta de que quien lo ha llamado es la persona que lo ha citado en el puente. La voz sale de un zaguán oscuro. Kelso hace el ademán de detenerse, pero la voz lo conmina a seguir caminando. 
 Cuando llega a la siguiente esquina el periodista se da vuelta y ve que nadie lo sigue. Está tentado a volver sobre sus pasos, pero tras vacilar un instante decide que lo mejor es continuar su camino. De pronto un tipo surge de una bocacalle y lo saluda. Kelso devuelve el saludo. El tipo le tiende una mano. Sacha Pinsky, dice. Kelso estrecha su mano y dice, a su vez, su nombre. El tal Pinsky le palmea la espalda. Le pregunta si le apetece tomar un whisky. En realidad dice: un whiskycito. Le pregunta si tiene hambre. Asegura conocer un bar abierto a esa hora que vende croissants calientes, acabados de hacer. Kelso lo mira a la cara. Pinsky lleva sombrero pero aun así se puede apreciar una jeta blanca, pálida, como si hubiera estado muchos años recluido. ¿Pero en dónde?, piensa Kelso. En una cárcel o en una institución para enfermos mentales. De todas maneras, ya es tarde para echarse atrás y los croissants calientes seducen a Kelso. El local se llama Chez Pain y pese a estar en su barrio, si bien en una calle pequeña y poco frecuentada, es la primera vez que entra y posiblemente la primera vez que lo ve. Los establecimientos a los que suele acudir el periodista están, en su mayoría, en Montparnasse y son lugares aureolados con una cierta ambigua leyenda: el bar donde comió alguna vez Scott Fitzgerald, el bar donde Joyce y Beckett bebieron whisky irlandés, el bar de Hemingway y el bar de John Dos Passos y el bar de Truman Capote y Tennessee Williams.En Chez Pain los croissants son, efectivamente, buenos y están recién hechos y el café no está nada mal. Lo que lleva a Kelso a pensar que el tal Pinsky probablemente sea, posibilidad horrenda, un vecino del barrio. Mientras sopesa esta posibilidad, Kelso se estremece. Un pesado, un paranoico, un loco que observa sin ser, a su vez, observado, alguien a quien le costará sacarse de encima. Bien, dice finalmente, usted dirá. El tipo pálido, que no come y bebe a sorbitos una taza de café, lo mira y sonríe. Su sonrisa es, de alguna manera, una sonrisa en extremo triste, y también cansada, como si sólo con ella se permitiera exteriorizar el cansancio, el agotamiento y la falta de sueño. Cuando deja de sonreír, sin embargo, sus facciones recobran instantáneamente la gelidez.

  • UNA SENCILLA INDAGACIÓN

    Fuera, la nieve estaba más alta que la ventana. La luz del sol se filtraba por el cristal y daba en un mapa clavado a la pared de pino de la cabaña. El sol estaba alto y la luz entraba por encima de la capa de nieve. A lo largo del lado abierto de la cabaña habían cavado una trinchera, y el sol, en días claros, daba en la pared y reflejaba el calor en la nieve, ensanchando la trinchera. Era finales de marzo. El comandante estaba sentado a una mesa apoyada contra la pared. Su asistente estaba sentado a otra mesa.
    En torno a los ojos del comandante había dos círculos blancos, señal de las gafas de sol que le protegían la cara del reflejo de la luz en la nieve. El resto de la cara se le había quemado, luego bronceado, y de nuevo quemado a través del bronceado. Tenía la nariz hinchada y pellejo suelto donde antes se le habían formado ampollas. Mientras trabajaba con sus documentos metió los dedos de la mano izquierda dentro de un platillo de aceite y se lo esparció por la cara, rozándose muy suavemente con la punta de los dedos. Iba con mucho cuidado al meter lo dedos en el borde del platillo para que cada uno solo cogiera una película de aceite, y después de haberse acariciado la frente y las mejillas, se acariciaba la nariz muy delicadamente entre los dedos. Cuando hubo acabado se puso en pie, cogió el platillo de aceite y se metió en la pequeña habitación de la cabaña en la que dormía.
    —Voy a dormir un rato —le dijo al ayudante. En ese ejército un asistente no es un oficial—. Ya terminarás tú.
    —Sí, signor maggiore —contestó el ayudante. Se reclinó en su silla y bostezó. Sacó del bolsillo un libro forrado con papel de periódico y lo abrió; luego lo colocó sobre la mesa y encendió la pipa. A continuación cerró el libro y volvió a metérselo en el bolsillo. Tenía demasiado papeleo que hacer. No podría disfrutar de leer hasta que acabara. Fuera, el sol se escondió detrás de una montaña y ya no hubo más luz en la pared de la cabaña. Entró un soldado y metió algunas ramas de pino, cortadas en longitudes irregulares, dentro de la estufa.
    —No hagas ruido, Pinin —le dijo el ayudante-. El comandante está durmiendo.
    Pinin era el ordenanza del comandante. Era un muchacho de tez oscura, y cargó la estufa, metiendo la leña con mucho cuidado, cerró la puerta y regresó a la parte de atrás de la cabaña. El ayudante siguió con su papeleo.
    —Tonani —llamó el comandante.
    —Signor maggiore?
    —Haz venir a Pinin.
    —¡Pinin! —gritó el ayudante. Pinin entró—. El comandante quiere verte —dijo el ayudante.
    Pinin cruzó la habitación principal de la cabaña hacia la puerta del comandante. Llamó a la puerta entreabierta.
    —Signor maggiore?
    —Entra —oyó el ayudante que decía el comandante— y cierra la puerta.
    Dentro de su habitación, el comandante estaba echado en una litera. Pinin se quedó de pie junto a la litera. El comandante apoyaba la cabeza en una mochila que había llenado con ropa para formar un almohadón. Su cara larga, quemada y untada con aceite miraba a Pinin. Tenía las manos sobre las mantas.
    —¿Tienes diecinueve años?
    —Sí, signor maggiore.
    —¿Alguna vez has estado enamorado?
    —¿A qué se refiere, signor maggiore?
    —A si has estado enamorado... de una chica.
    —He estado con chicas.
    —No es eso lo que te he preguntado. Te he preguntado si has estado enamorado... de una chica.
    —Sí, signor maggiore.
    —¿Estás enamorado de ella ahora? No le escribes. He leído todas tus cartas.
    —Estoy enamorado de ella —dijo Pinin—, pero no le escribo.
    —¿Estás seguro?
    —Estoy seguro.
    —Tonani —dijo el comandante con el mismo tono de voz-, ¿oyes lo que estoy diciendo?
    Nadie le respondió.
    —No puede oírme —dijo el comandante—. ¿Estás seguro de que amas a una chica?
    —Estoy seguro.
    —¿Y —el mayor le lanzó una rápida mirada— de que no eres un depravado?
    —No sé qué quiere decir con depravado.
    —Muy bien —dijo el comandante—. No hace falta que te des esos aires de superioridad.
    Pinin miró al suelo. El comandante miró su rostro atezado, cabizbajo y por encima de él, y sus manos. A continuación añadió, sin sonreír:
    —Y desde luego no quieres... —El comandante hizo una pausa. Pinin seguía mirando al suelo—. Tu mayor deseo desde luego no es... —Pinin miraba al suelo. El comandante echó la cabeza hacia atrás y sonrió. Se sentía realmente aliviado; la vida en el ejército era demasiado complicada—. Eres un buen chico —dijo—. Eres un buen chico, Pinin. Pero no te des aires de superioridad, y ten cuidado de que no venga otro y te pille.
    Pinin seguía de pie junto a la litera.
    —No tengas miedo —dijo el comandante. Tenía las manos juntas sobre la manta—. No te haré nada. Puedes volver a tu pelotón, si quieres. Pero es mejor que sigas siendo mi ordenanza. Tienes menos posibilidades de que te maten.
    —¿Desea algo de mí, signor maggiore?
    —No —dijo el comandante—. Vete y sigue con lo que hacías. Deja la puerta abierta cuando salgas.
    Pinin salió y dejó la puerta abierta. El ayudante lo miró cuando cruzó la habitación con aire avergonzado y salió por la puerta. Pinin se había sonrojado y se movía de una manera diferente a cuando había llevado la leña. El asistente lo vio alejarse y sonrió. Pinin llevó más leña para la estufa. El comandante, echado en su litera, mirando su casco forrado de tela y sus gafas de sol que colgaban de un clavo de la pared, le oyó caminar por la habitación de al lado. El muy pillastre, se dijo, me pregunto si me habrá mentido.

  • DESEOS


    Vi a mi ex marido en la calle. Estaba sentada en las escaleras de la nueva biblioteca.
    Hola, mi vida, dije. Habíamos estado casados veintisiete años, así que me sentía justificada.
    Él dijo, ¿Qué? ¿Qué vida? La mía desde luego que no.
    Y yo, Bueno. No discuto cuando hay verdadera discrepancia. Me levanté y entré en la biblioteca a ver cuánto debía.
    La bibliotecaria dijo que treinta y dos dólares en total, y lleva usted debiéndolos dieciocho años. No negué nada. Porque no entiendo cómo pasa el tiempo. He tenido esos libros. He pensado con frecuencia en ellos. La biblioteca sólo queda a dos manzanas.
    Mi ex marido me siguió a la sección de devolución de libros. Interrumpió a la bibliotecaria, que tenía más que decir. En varios sentidos, dijo, cuando miro hacia atrás, atribuyo la disolución de nuestro matrimonio al hecho de que nunca invitaste a cenar a los Bertram.
    Es posible, dije. Pero, en realidad, si recuerdas: primero, mi padre estaba enfermo aquel viernes, luego nacieron los niños, luego tuve aquellas reuniones de los martes por la noche, luego empezó la guerra. Luego, era como si ya no les conociésemos. Pero tienes razón. Debería haberles invitado a cenar.
    Entregué a la bibliotecaria un cheque de treinta y dos dólares. Confió plenamente en mí, se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente, que es exactamente lo que jamás harán las otras burocracias municipales y/o estatales.
    Pedí prestados de nuevo los dos libros de Edith Wharton que acababa de devolver, porque hacía mucho tiempo que los había leído y ahora son más oportunos que nunca. Los libros eran The House of Mirth y The Children, que trata de cómo cambió la vida de Estados Unidos en Nueva York en veintisiete años, hace cincuenta.
    Una cosa agradable que recuerdo muy bien es el desayuno, dijo mi ex marido. Me sorprendió. Nunca tomábamos más que café. Luego recordé que había un agujero en la pared del armario de la cocina que daba al apartamento contiguo. Allí siempre tomaban tocino ahumado, curado con azúcar. Daba una sensación majestuosa a nuestro desayuno, aunque nosotros nunca llegáramos a quedar ahítos.
    Eso fue cuando éramos pobres, dije.
    ¿Es que alguna vez fuimos ricos?, preguntó.
    Bueno, con el paso del tiempo, a medida que nuestras responsabilidades aumentaron, ya no pasamos necesidades ni apuros. Tú lograste resolver los problemas económicos, le recordé. Los niños iban de colonias cuatro semanas al año y llevaban ponchos decentes, con sacos de dormir y botas, como todos los demás. Tenían un aspecto espléndido. Nuestra casa estaba caldeada en invierno, teníamos unos cojines rojos muy lindos, y otras muchas cosas.
    Yo quería un barco de vela, dijo. Pero tú no querías nada.
    No te mortifiques, dije. Nunca es demasiado tarde.
    ¡No!, dijo con gran amargura. Puedo conseguir un barco de vela. La verdad es que tengo el dinero suficiente para una goleta. Me van muy bien las cosas este año, y creo que me irán aún mejor. En cuanto a ti, es demasiado tarde. Tú nunca desearás nada.
    A lo largo de aquellos veintisiete años mi ex marido había tenido la costumbre de hacer comentarios hirientes que, como el desatrancador del fontanero, se abrieran paso oído abajo, bajaran por la garganta y llegaran hasta mi corazón. Y entonces desaparecía y me dejaba con aquella sensación de opresión que casi me ahogaba. Lo que quiero decir es que me senté en las escaleras de la biblioteca y él se fue.
    Eché un vistazo a The House of Mirth, pero perdí interés. Me sentía sumamente acusada. Qué le vamos a hacer, es verdad, ando escasa de deseos y de necesidades absolutas. Pero la verdad es que hay cosas que quiero.
    Quiero, por ejemplo, ser una persona distinta. Quiero ser la mujer que devuelve esos dos libros en dos semanas. Quiero ser la ciudadana eficaz que cambia el sistema escolar y comunica al Comité de Presupuestos los problemas de este querido centro urbano.
    Había prometido a mis hijos poner fin a las guerras antes de que fueran mayores.
    Hubiera querido estar casada para siempre con la misma persona, bien mi ex marido, bien mi marido actual. Cualquiera de los dos tiene suficiente personalidad para llenar una vida, lo cual, si bien se mira, tampoco es tanto tiempo. En una vida breve no puedes agotar las cualidades del hombre ni meterte debajo de la roca de sus argumentos.
    Esta mañana, precisamente, me asomé a la ventana para mirar un rato la calle y vi que los pequeños sicomoros que el ayuntamiento había plantado soñadoramente un par de años antes de que nacieran los niños habían llegado a su plenitud.
    ¡Bueno! Decidí devolver aquellos dos libros a la biblioteca. Lo cual demuestra que, cuando surge una persona o un acontecimiento que me conmueve o me hace darme cuenta de mi propia valía, soy capaz de obrar de la manera adecuada, aunque sea más conocida por mis comentarios afables.

  • No se culpe a nadie
    (Final del juego, 1956)



    El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas, por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire, al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver, por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso, respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación, es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas, en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.