Episodios

  • Los profetas Hageo y Zacarías fueron enviados por Dios para advertir al pueblo en Jerusalén de la necesidad de construir el templo. Comienza el libro de Hageo contándonos la crónica de cómo el pueblo de Israel recibió permiso de volver a Jerusalén. Después de los 70 años de cautiverio en Babilonia, los israelitas volvieron a su tierra en varias tandas. Ya leímos de estos eventos en los libros de historia y en Esdras y Nehemías. Nehemías supervisó la construcción de los muros de la ciudad, y la intención era edificar el templo de nuevo. Pero encontraron oposición de parte de alguno de los gobernadores, y los años pasaron sin que los líderes que habían vuelto a Jerusalén continuaran la construcción que había autorizado Ciro rey de Persia. Hageo nos cuenta que “en el año segundo del rey Darío, en el mes sexto, en el primer día del mes, vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo a Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y a Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote.”

    Las palabras de Hageo no eran precisamente positivas; más bien venía a llamarles la atención: “¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, y esta casa está desierta? Pues así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos.”

    Habían construido casas artesonadas, dice. Había quien se estaba haciendo palacetes, casas estupendas, y la ciudad estaba siendo edificada, pero habían dejado a un lado la Casa de Dios. Construían para sí, pero se estaban olvidando de Dios, no teniendo un lugar de culto. Dios, como hemos visto en otras ocasiones, tuvo que mandar momentos de dificultad para llamarles la atención.

    El pueblo ahora estaba pasando por momentos de crisis. Leemos en los versículos 6 y 7 cómo Dios les dice: “Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos.”

    Recogían poca cosecha, pero aún lo que recogían no les saciaba. El jornal no les llegaba a fin de mes. En medio de la crisis económica debían parar y examinar sus caminos. Debían valorar sus prioridades, y debían poner la vista en Dios, el único que podía proveer siempre.

    Al mismo tiempo, el profeta Zacarías también traía mensaje al pueblo. Dios le reveló unas visiones que hablaban de lo que estaba ocurriendo entre el pueblo que volvía a Jerusalén y lo que ocurriría en un futuro indeterminado. Recordemos que esta forma en la que Dios habló en ocasiones antes de que la revelación escrita, la Biblia, Palabra de Dios, estuviera acabada ya no es una forma de comunicación en nuestros días. Zacarías, en su libro tan interesante, exhorta a Zorobabel y a Josué a ejercer su liderazgo de manera que trajera gloria a Dios, dando a conocer al pueblo eventos presentes junto con eventos futuros que comunicaban lo que Dios haría en sus días y en siglos venideros, hasta la llegada del reino mesiánico que todavía está por venir.

    Zacarías tuvo que recordar a los habitantes de Jerusalén que sus antepasados habían ido al cautiverio por su rebeldía e infidelidad. Les advirtió que el cuidado de Dios y sus promesas son para aquellos que descansan en Él. Este libro profético también presenta al rey que había de venir, Mesías, indicando que entraría montado en un asno, a la nueva Jerusalén.

    Nos dice el texto en Hageo 1:12 que al escuchar las palabras de parte de Dios, Zorobabel el gobernador y Josué el sacerdote, junto con el resto del pueblo, temieron a Dios. ¿Qué quiere decir esto de que temieron a Dios? ¿crees que obraron inducidos por el miedo a lo que Dios les podía hacer? No, en absoluto. ¿Cómo lo sé? Porque sé que Dios quiere una relación amorosa con su pueblo, y no una basada en mero miedo. En los versículos 4 y 5 del capítulo 2 Dios les dice específicamente que no teman, es decir, que no tengan miedo de hacer lo correcto. Al temer a Dios, es decir, al andar en Sus caminos, el pueblo podía vivir sin miedo a lo que les pudiera venir al encuentro. Dice así: “Pues ahora, Zorobabel, esfuérzate, dice Jehová; esfuérzate también, Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote; y cobrad ánimo, pueblo todo de la tierra, dice Jehová, y trabajad; porque yo estoy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos. Según el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, así mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis.”

    Porque Dios estaba con ellos, no tenían que temer. Podían fortalecerse en su presencia confiando en su protección.

    El pueblo que moraba en Jerusalén se puso manos a la obra, y como podemos leer en el relato de Esdras, edificaron casa a Dios.

    Escucharon las palabras de parte de Dios y las creyeron, y por lo tanto actuaron conforme a lo que Dios había dicho. Hicieron caso a sus advertencias y siguieron sus instrucciones, confiando en que Dios tenía razón. En eso consiste el temor de Dios—en reconocer que sus caminos son mejores que nuestros caminos, y en alinear nuestra senda para que andemos constantemente en Él. Y al temer a Dios, podemos vivir confiados, sin temor a nada ni nadie. Gracias a Dios por esta seguridad.

  • “En aquel tiempo yo os traeré, en aquel tiempo os reuniré yo; pues os pondré para renombre y para alabanza entre todos los pueblos de la tierra, cuando levante vuestro cautiverio delante de vuestros ojos, dice Jehová.” (Sofonías 3:20)

    Así acaba el libro de Sofonías, con la promesa del Señor de que Él los libertaría, Él los traería, Él los reuniría. Él los pondría para renombre y para alabanza entre todos los pueblos de la tierra.

    Aquellos que oirían esto de la boca de Sofonías no estaban aún en cautiverio. Las diez tribus del norte habían sido llevadas por los asirios. El profeta Isaías ya había avisado de que Asiria conquistaría Israel, y lo había hecho. Pero Sofonías estaba hablando a los del sur, a los de Judá, que vivían en Jerusalén.

    Recordemos el periodo de la historia en la que el contenido de este pequeño libro profético, así como los que hemos estado viendo fue dado al pueblo, y los acontecimientos que estos describían. Judá también sería atacada, muchos llevados cautivos, y finalmente Jerusalén sería destruída. Lo anunciarían los profetas durante todo un siglo, exhortándoles a buscar a Dios, advirtiendo de la destrucción que se les venía encima. Sofonías, Jeremías, Habacuc, Daniel y Ezequiel estuvieron durante este tiempo predicando la palabra de Dios a un pueblo que no quiso escuchar.

    Sin embargo, fijémonos que el final del libro de Sofonías nos muestra que el propósito de Dios en traer castigo a su pueblo y los pueblos paganos de alrededor era destruir la maldad, para que Él pudiera establecer un reino justo y puro.

    Sofonías presenta la misma advertencia que vemos en Habacuc, excepto que Dios no le da a Sofonías el nombre de la nación que traería el castigo sobre Jerusalén.

    El rey Josías reinaba sobre Judá en los días de Sofonías. Recordemos que este rey fue el que encontró la palabra de Dios mientras reformaban el templo e hizo que todo el mundo la oyera y se hicieran las cosas conforme a lo que en ella se decía. Pero esta reforma ocurrió en la vida del rey y en la de algunos de los que le seguían, pero al parecer, no llegó a calar en las fibras del pueblo en general, porque las vidas de los individuos no mostraron un cambio de corazón.

    Sofonías presenta al pueblo la situación de forma que debería llamar la atención, ya que su lenguaje es claro y directo. Dios les está advirtiendo para que ellos, viendo su condición, pudieran volverse atrás en sus caminos. Dice el capítulo 2:

    “Congregaos y meditad, oh nación sin pudor, antes que tenga efecto el decreto, y el día se pase como el tamo; antes que venga sobre vosotros el furor de la ira de Jehová, antes que el día de la ira de Jehová venga sobre vosotros. Buscad a Jehová todos los humildes de la tierra, los que pusisteis por obra su juicio; buscad justicia, buscad mansedumbre; quizá seréis guardados en el día del enojo de Jehová.”

    Al escuchar esto, seguramente puedas imaginar un padre o una madre llamando la atención de su hijo o hija, diciéndole lo que ocurrirá si no deja de hacer algo peligroso que esté haciendo, y todo con el deseo de protegerlo y que le vaya bien.
    Dios llama al humilde, porque requiere humildad reconocer que dependes de alguien que sabe y puede más que tú, Les ruega que busquen justicia y mansedumbre, porque el orgullo busca el bien propio y nunca lleva a un buen fin.

    El capítulo dos declara el castigo que vendría a las naciones de alrededor, mencionando también a Asiria, la cual se enorgullecía de su poder. Y entre todas estas, la misma Jerusalén, ciudad de David, sufriría la destrucción que traería su propio orgullo y pecado.

    Estas advertencias que hemos oído la boca de uno y otro de los profetas fueron las que el pueblo oyó. Uno pensaría que con tantas advertencias deberían haber atendido, pero lo cierto es que los receptores del mensaje parecían estar desensibilizados. Dios tendría que llevar a cabo toda aquella destrucción, pero nadie ni nada podría cambiar el plan de Dios para las naciones.

    ¿Recuerdas que Dios había prometido a Abraham que un día todas las naciones proclamarían el nombre de Dios? Antes de que esto ocurriera, todo el mal de la humanidad debía ser juzgado. Dios haría lo que había declarado y llevaría a cabo su perfecto plan. Lo que los pueblos hicieran no podría cambiar el precioso plan que Dios tenía.

    Sofonías 3:8 dice: “Por tanto, esperadme, dice Jehová, hasta el día que me levante para juzgaros; porque mi determinación es reunir las naciones, juntar los reinos, para derramar sobre ellos mi enojo, todo el ardor de mi ira; por el fuego de mi celo será consumida toda la tierra.”

    Mas la siguiente frase afirma: “En aquel tiempo devolveré yo a los pueblos pureza de labios, para que todos invoquen el nombre de Jehová, para que le sirvan de común consentimiento.”

    El plan de Dios era el perdón y la reconciliación, mas para llegar ahí, por desgracia, debían pasar por la destrucción que traía consigo la rebeldía y la desobediencia. Después de esto, tras el arrepentimiento y el perdón Dios promete total reconciliación, sin rencor ni culpabilidad; leemos en Sofonías 3: 11-13 “En aquel día no serás avergonzada por ninguna de tus obras con que te rebelaste contra mí; porque entonces quitaré de en medio de ti a los que se alegran en tu soberbia, y nunca más te ensoberbecerás en mi santo monte. Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre de Jehová. El remanente de Israel no hará injusticia ni dirá mentira, ni en boca de ellos se hallará lengua engañosa; porque ellos serán apacentados, y dormirán, y no habrá quien los atemorice.”

    A pesar de que Dios tendría que derramar sobre ellos su ira y su fuego tendría que consumir el mal, Dios enviaría a aquel que limpiaría a su pueblo de todo pecado. Jesucristo vendría, siglos más tarde, a pagar por ellos y por nosotros la deuda del pecado. El resultado que Dios quiere y obtendrá será que toda lengua y toda nación confesará el nombre de Dios. Esto está por venir, pero sin duda llegará. Dios ya lo ha dicho.

    Porque escrito está, en Romanos 14:11, evocando a Isaías 45:23:
    “Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios.”

    Filipenses 2:9-11 afirma: “Por lo cual Dios también le exaltó (a Cristo) hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

    ¿Acaso somos nosotros mejores que lo que estos libros describen del pueblo de Israel o de los pueblos alrededor? ¿Acaso la maldad del mundo se ha erradicado? Sin duda, no estamos en posición de proclamar a Dios, y nuestro mundo no tiene la disposición de doblar rodilla ante Él.

    ¿Tendrá el Señor que mandar destrucción para que podamos llegar a una reconciliación? Como Jeremías hablaba, ¿tendrá Dios que arrancar y destruir para después poder plantar y construir?

    Hay un camino al Padre, el único camino que lleva a la salvación de nuestras almas. Jesucristo, Dios hombre, vino a la tierra para reconciliarnos con Dios. Él es el único que puede representarnos, pagando la deuda que todo ser humano tiene con Dios.

    Cuando llegue el día en que toda lengua y toda nación doble rodilla ante Dios, deseo que lo puedas hacer conmigo en confianza de que Cristo ya te ha dado la paz con Dios, y de que tú también estás del lado del Dios Todopoderoso y amoroso. Ese será un día glorioso.

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  • El libro de Habacuc es interesante porque a diferencia de los otros libros proféticos, donde el profeta está comunicando el mensaje de Dios al pueblo, este comparte la conversación del profeta con Dios. Habacuc va a Dios con sus inquietudes, porque sabe que el único que puede hacer algo al respecto es Dios. Y es que los profetas, como hemos mencionado en otras ocasiones, también tenían momentos en los que no entendían lo que Dios estaba haciendo o sentían duda o ansiedad ante el aparente silencio de Dios.

    Dice así Habacuc en el capítulo 1 versículos 2-4:

    “¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan. Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia.”

    Wow! Habacuc viene con lo que parece un reproche de la inactividad de Dios ante la injusticia! Sin embargo, Dios no parece tomarlo así. El que conoce lo más íntimo del corazón humano sabe que somos débiles, y como tales nos trata. Dios le contesta con palabras que le dicen a Habacuc básicamente; “Espera y verás lo que voy a hacer.” Dice el versículo 5: “Mirad entre las naciones, y ved, y asombraos; porque haré una obra en vuestros días, que aun cuando se os contare, no la creeréis.”

    Nuestra mente no llega a comprender la mente de Dios, y eso es normal. Debemos recordar que somos seres finitos, e intentar entender la perspectiva de un ser infinito es una tarea imposible. Dios procede a informarle a Habacuc de que Babilonia vendría contra el reino del sur. La nación que describe como “cruel y presurosa, que camina por la anchura de la tierra para poseer las moradas ajenas, formidable y terrible” vendría contra Judá y llevaría muchos cautivos.” Este era el plan de Dios para llamar la atención del pueblo rebelde de Israel.


    Habacuc reaccionó ante la idea de que Dios usara a Babilonia para castigar al pueblo. Después de todo, Babilonia era mucho peor que Israel. Eran violentos, injustos, y claramente idólatras. Habacuc comparaba al pueblo de Israel con ellos, y le costaba entender que unos más sangrientos y más idólatras que ellos tuvieran permiso para juzgar a Israel. Le dice Habacuc a Dios en el 1:13: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio; ¿por qué ves a los menospreciadores, y callas cuando destruye el impío al más justo que él?” Un momento Habacuc se quejaba a Dios de la maldad de los hebreos, y al siguiente los estaba defendiendo ante la noticia de que los caldeos serían el instrumento de disciplina para ellos. Habacuc se mantenía firme en su queja ante Dios. Mas vemos a Dios, en su poderosa misericordia, dándole palabra para él y para el pueblo en el capítulo 2.

    “Escribe la visión, y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella. Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará.”

    Dios afirma que su decisión está tomada y su plan, aunque tardaría un poco en venir, era seguro. Y le da a Habacuc la seguridad de que Dios cuida a los suyos con las siguientes palabras: “He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá.”

    El orgulloso piensa que está bien cuando su alma no es recta, sin embargo, el justo es el que se mantendrá firme, no por su propia fuerza, sino por su firme confianza en Dios.

    Dios recuerda al profeta y a su pueblo que Él no dejará sin consecuencias ninguna maldad, sin importar quien la haga. Sabía que Babilonia era una nación desenfrenada, dada a borracheras y la idolatría.

    Dice contra la embriaguez: “¡Ay del que da de beber a su prójimo! ¡Ay de ti, que le acercas tu hiel, y le embriagas para mirar su desnudez! Te has llenado de deshonra más que de honra; bebe tú también, y serás descubierto; el cáliz de la mano derecha de Jehová vendrá hasta ti, y vómito de afrenta sobre tu gloria.” Su desenfreno traería tras de si la resaca; era ley de vida.

    Y contra la idolatría dice: “¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo?, ¿la estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra? ¡Ay del que dice al palo: Despiértate; y a la piedra muda: Levántate! ¿Podrá él enseñar? He aquí está cubierto de oro y plata, y no hay espíritu dentro de él.”


    Mas acaba el capítulo diciendo, “Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra.” Solo Dios merece el silencio reverente que reconoce la grandeza del que tiene delante.

    El contraste continúa entre el que se refugia en riquezas injustas y el que edifica la ciudad con violencia. Lo que hacen será en vano, porque un día Dios vendrá y establecerá ciudad justa y reino justo. Así nos asegura Habacuc 2:14 “Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar.”

    Era un hecho seguro en el que el profeta Habacuc y todo aquel que en Dios ponga su fe debe descansar confiado.

    Habacuc había venido a Dios con sus quejas, y Dios le había contestado. Vemos al profeta después de su encuentro con Dios respondiendo con humildad y confianza. Ante la respuesta de Dios, Habacuc estaba dispuesto a confiar y aceptar la voluntad de Dios. Y es por esto que tenemos los preciosos versos de afirmación del capítulo 3. Comienza con esta oración:

    “Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí.
    Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos,
    En medio de los tiempos hazla conocer;
    En la ira acuérdate de la misericordia.”

    Y termina el libro con los conocidos versículos de confianza de Habacuc a pesar de cómo se siente en su interior.

    "Oí, y se conmovieron mis entrañas;
    A la voz temblaron mis labios;
    Pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí;
    Si bien estaré quieto en el día de la angustia,
    Cuando suba al pueblo el que lo invadirá con sus tropas.
    Aunque la higuera no florezca,
    Ni en las vides haya frutos,
    Aunque falte el producto del olivo,
    Y los labrados no den mantenimiento,
    Y las ovejas sean quitadas de la majada,
    Y no haya vacas en los corrales;
    Con todo, yo me alegraré en Jehová,
    Y me gozaré en el Dios de mi salvación.
    Jehová el Señor es mi fortaleza,
    El cual hace mis pies como de ciervas,
    Y en mis alturas me hace andar."


    A pesar de la incertidumbre, a pesar de los malos pronósticos, Habacuc estaba dispuesto a dar gracias a Dios y confiar en Él. Esto es especialmente de ánimo para mí, retándome a hacer yo lo mismo, y espero que también tú puedas confiar y vivir la vida con gozo, con fe en el que nunca decepciona.

  • El libro de Nahum anuncia la caída de Nínive, capital del imperio asirio. Jonás les había predicado hacía tan solo un siglo y medio, y estos se habían arrepentido de su violencia y mal camino. Pero setenta años más tarde ya habían vuelto a sus antiguas prácticas injustas y violentas y habían tomado por la fuerza el reino del norte. El profeta Nahúm traía ahora profecía de la destrucción de esta nación violenta. Esta vez, no habría arrepentimiento y el juicio vendría sobre Nínive.

    Quizás dudas de si valió la pena la evangelización de Jonás de la ciudad de Nínive. Claro que valió la pena. El mensaje del evangelio es un mensaje personal. Cada persona que lo recibe y deja que Dios cambie su vida recibe vida eterna en Cristo. El evangelio puede transformar naciones, como ocurrió en un primer momento en el caso de Asíria y ha ocurrido en muchas otras ocasiones en la historia. Puede hacerlas más pacíficas, justas, agradables y prósperas, pero eso es solo el resultado de la transformación de las almas que individualmente han reconocido a Dios como Soberano en sus vidas y comienzan a actuar según las leyes de Dios.

    Aquellos que se arrepintieron ante el mensaje de Jonás estarán en la eternidad con Cristo. Aquellos que un siglo más tarde rechazaron la bondad y el perdón de Dios pasarán a una eternidad de juicio y desolación, sin Dios, tal como ellos la han escogido. El Dios justo no obliga a nadie a recibir su regalo, pero sí permanece fiel a aquellos que entran en un pacto eterno con Él.

    La caída de Nínive sería un ejemplo para el mundo, de que aunque no lo parezca en el momento, siempre hay consecuencias por las decisiones que uno toma.

    En el capítulo 1 leemos de la presencia del Señor, y nos muestra la misma presentación de Dios que vimos en Éxodo 32, la cual aparece también en Miqueas y en Habacuc: Dice el versículo 3:

    “Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable.” (Oseas 1:3a)

    Los asirios eran unos violentos, y basaban su fuerza en su brutalidad. Dios, grande en poder, era aún más fuerte, porque era capaz de suprimir su ira. Pero no debían engañarse; en ningún momento ignora Dios al culpable. El juicio de Dios venía.

    La caída de Asiria es descrita en poesía en el segundo capítulo, la cual también refleja lo que ocurriría después a Babilonia, como ya leímos en el libro de Daniel.
    El capítulo 3, versículo 1, nos presenta a Asiria como violenta e injusta: “¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda llena de mentira y de rapiña, sin apartarte del pillaje!” Nahum critica la violencia y la opresión. Asiria y Babilonia eran ambas naciones violentas, y Dios las expondría como ejemplos del rechazo de Dios a la violencia. En un primer evento, Babilonia vendría contra Asiria, pero como ya hemos visto, Babilonia también sufriría el juicio justo por su violencia años después.

    Se nos recuerda en el libro de Nahum que la violencia humana resulta en muerte. En la justicia perfecta de Dios, los violentos serán destruidos. El mismo Dios que es lento para la ira, sería el que traería juicio sobre el malo. Llegado el momento del juicio, haría que los violentos no pudieran ya hacer más daño.

    Nahum 1:5-6: “Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan. ¿Quién permanecerá delante de su ira?, ¿y quién quedará en pie en el ardor de su enojo? Su ira se derrama como fuego, y por él se hienden las peñas.”

    Mas el texto continúa con unas palabras de ánimo y afirmación:

    “Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían.”

    El profeta nos recuerda la esencia de Dios con tres verdades sobre el carácter de Dios. Él es bueno; nada de lo que hace debe ser interpretado fuera de esta gran verdad. Aún cuando los cinco sentidos nos puedan hacer dudar, Dios es siempre bueno, y nada de lo que nos pueda suceder a aquellos que confiamos en Él puede resultarnos dañino. Nos recuerda esta verdad Romanos 8:28. En segundo lugar, Dios es nuestra fortaleza en el día de la angustia o la aflicción. El mismo Dios que se nos presentó al comienzo del libro como grande en poder, es el que nos da la fortaleza en el tiempo de la angustia. Dios no nos deja solos en las batallas, sino que nos da la fuerza para poder vencer. Y la tercera verdad que nos recuerda Nahum es que este Dios amoroso y fuerte sabe quienes son los que en Él confían; Él nos conoce y es Él el que nos cuida.

    El pequeño libro de Nahum trae consuelo a los que confían en Dios, en medio del mensaje que debe despertar temor a los que contra Él se disponen.

    ¡Qué sencilla debe ser la decisión de cada uno al hallarse ante estas dos opciones. ¿Serás tú de los que se rebelan contra Dios, sabiendo que hay un juicio en el que el culpable no podrá ser visto como inocente? ¿O eres de los que han depositado su confianza en Él y por tanto, Dios ya te conoce y tú lo estás conociendo a Él más cada día?
    Te invito hoy a asegurarte tu posición ante Dios por medio de la fe en Cristo. Puedes hoy conocer a aquel que en Su bondad quiere ser tu fortaleza y tener una relación personal creciente contigo.

  • Cuando leemos el libro de Oseas, notamos diferentes palabras que tratan el tema del conocimiento.

    No todo el conocimiento es igual. Entendemos que hay niveles de conocimiento. Por ejemplo, yo tengo un conocimiento mínimo de los automóviles. Sé para qué sirven, que hay diferentes marcas, que unas son más caras que otras, y que unas son mejores que otras. Yo personalmente sé conducir un automóvil. He aprendido cómo iniciar el motor de arranque, cómo utilizar el embrague, freno y acelerador, cómo cambiar las marchas, y dónde está las luces, el freno de mano, etc.

    Mis conocimientos del automóvil me permiten conducir uno de hasta nueve pasajeros, y así se indica en mi licencia de conducir. Sin embargo, yo no tengo un amplio conocimiento de los automóviles cuando algo en el motor o alrededor comienza a fallar. No tengo entendimiento de lo que hace que cuando yo gire la llave arranque el motor, ni de por qué la luz de la temperatura se haya podido encender. En esos caso lo llevo a un mecánico.

    Pero más allá de mis conocimientos y los del mecánico, están los conocimientos del que diseñó y manufacturó el vehículo. Eso es un conocimiento a otro nivel.

    Este ejemplo es simplemente una manera de hacerte ver que tener conocimiento de algo no es un valor binario, sino una progresión.

    Cuando hablamos de conocer a Dios, debemos reconocer que el conocimiento de Dios es un tema delicado y a la vez importante de tratar. Si alguien te preguntara si conoces a Dios, ¿qué le contestarías?

    Aún recuerdo la conversación con un niño de cuatro años al que sus padres habían aislado de cualquier conocimiento de Dios. Cuando oyó de Dios por primera vez, tuve que utilizar ideas conocidas para Él para intentar explicarle la grandeza y la bondad de Dios. Por lo general, incluso los niños pueden llegar a aceptar la idea de un ser mucho mayor que nosotros o cualquier cosa a nuestro alrededor, pero que tiene una voluntad benigna para la humanidad. Sin embargo, seguramente nos encontremos con personas que aún rechazan la idea de un Dios por el peligro que esto pueda ocasionar a su completa independencia universal.

    Cierto es que con el conocimiento viene una cierta responsabilidad. Aquellos que quieren evadir la responsabilidad suelen evitar el conocimiento y así pueden intentar vivir como si la realidad no existiera para ellos. La idea de “si no lo sé, no soy responsable” es una manera vana e irreal de afrontar la vida, pero al fin y al cabo bastante común a la humanidad.

    Prueba esa respuesta con el agente de tráfico que te ha parado por conducir tu coche por encima de la velocidad permitida. Los carteles del límite de velocidad te hacen responsable de tus acciones aunque hayas elegido ignorarlos”. El no saber o no estar de acuerdo con ellos no te exime de tu responsabilidad.

    Oseas tiene unos versículos en los que explica que el pueblo de Dios perecería por falta de conocimiento:

    Oseas 4:6 “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento.” Isaías dice exactamente lo mismo en el 5:13. Oseas 6:11 dice
    “Efraín fue como paloma incauta, sin entendimiento”

    La falta de conocimiento no se debía a falta de información. Recordemos que este pueblo era el pueblo de Dios. A través de la lectura de todo el antiguo testamento hemos visto que Dios eligió a este pueblo, y que se manifesto vez tras vez a ellos. La misma presencia de Dios moró entre los habitantes de este pueblo. A pesar de todo esto, el pueblo no conocía a Dios. Sabían quien era Dios, pero no tenían una relación personal con Dios. No le amaban, y por eso no le eran fieles. La vida de Oseas y Gomer era una imagen viva de Dios e Israel.

    La historia de engaño y rebeldía del pueblo de Israel es comparable al engaño e infidelidad de Gomer contra Oseas. Y al igual que Oseas trajo a Gomer a casa, perdonándola y prometiendo fidelidad, Dios muestra Su amor al ofrecer perdón y restauración a su pueblo. Dios, a pesar de su tristeza, muestra su misericordia, y presenta la esperanza futura, basada en el Mesías. Suplica al pueblo a que vuelva a Él. Si así lo hacían, el nuevo Israel, reparado por la mano de Dios, sería una bendición a las naciones. La promesa de Dios a Abraham sobre Su simiente, el Mesías.

    Oseas 14:9 dice: “¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que lo sepa? Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por ellos; mas los rebeldes caerán en ellos.”

    Oseas 4 habla a aquellos que aún teniendo toda la información habían elegido vivir sin entendimiento: “Oíd palabra de Jehová, hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra. Perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen, y homicidio tras homicidio se suceden. Por lo cual se enlutará la tierra, y se extenuará todo morador de ella, con las bestias del campo y las aves del cielo; y aun los peces del mar morirán.”

    La descripción de la sociedad en el tiempo de Oseas no era muy diferente a la de nuestro día, e incluso las consecuencias de esta corrupción, donde incluso el planeta sufre la maldad del ser humano. Y esto porque, como dice el versículo 14, “el pueblo sin entendimiento caerá.”

    El deseo de Dios es que lo conozcamos a Él y disfrutemos de una relación personal con Él. Dice en Oseas 6:6

    “Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.”

    Proverbios 9:10 nos dice que “el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.”

    ¿Conoces a Dios? Su carácter es tal que podemos conocerlo más y mejor cada día. Y cuanto más lo conozcamos, más lo amaremos.

  • El profeta Oseas trajo el mensaje de Dios al pueblo del norte durante los años previos a la cautividad asiria, que ocurriría durante el reinado del rey del norte que llevaba el mismo nombre que él, Oseas. El profeta nos muestra la misericordia incomprensible de Dios a través del ejemplo de un hombre que, a pesar de la continua infidelidad de su mujer la sigue amando y perdonando. Nos enseña que Dios tiene esta misma disposición hacia su pueblo rebelde, porque Dios ama la misericordia.

    Dios usó el matrimonio de Oseas para mostrar a su pueblo el amor fiel de Dios a pesar de la infidelidad de estos.

    Dios también usó el nombre de los hijos de Oseas para comunicar el mensaje al pueblo. Cuando Oseas y Gomer tuvieron su primer hijo, Dios le pidió: “Ponle por nombre Jezreel; porque de aquí a poco yo castigaré a la casa de Jehú por causa de la sangre de Jezreel.”

    Cuando su hija nació, Dios le dijo: Ponle por nombre Lo-ruhama, Esto es, No compadecida, porque no me compadeceré más de la casa de Israel, sino que los quitaré del todo. Mas de la casa de Judá tendré misericordia, y los salvaré por Jehová su Dios; y no los salvaré con arco, ni con espada, ni con batalla, ni con caballos ni jinetes.”
    Cuando Gomer tuvo el tercer hijo, Dios le dijo: “Ponle por nombre Lo-ammi, Esto es, No pueblo mío, porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios.”

    ¿Qué podría estar diciendo Dios con estos nombres?

    Esto describía dónde estaba Israel en ese momento con Dios. Su primer hijo, Jezreel, recordaba al pueblo del lugar donde había habido muerte y guerra, y les advertía que en el día del juicio, ahí se llevaría a cabo la batalla final.

    En el nombre Lo-ruhama, la partícula Lo- indicaba el negativo. Dios les estaba indicando que si Israel continuaba yendo por el mal camino, Él no podría compadecerse de ellos. Y con el nombre Lo-Ammi, de nuevo indicaba que Dios no los podía ver como su pueblo mientras actuaban tan apartados de Él.


    Oseas 10:1-2 compara a Israel con una frondosa viña, que da abundante fruto, pero todo para sí misma; ¿Qué pena, verdad? Imagina una vid llena de uvas, y nadie para comerlas; que ni personas, y ni siquiera los pájaros pudieran disfrutar de la dulce fruta. Estaba cargada de fruta para sí misma, y ella misma tampoco las podría disfrutar. Nos da una clara imagen de la vanidad que el pueblo estaba viviendo.

    Continúa el texto denunciando lo que Israel había hecho:
    “conforme a la abundancia de su fruto multiplicó también los altares, conforme a la bondad de su tierra aumentaron sus ídolos. Está dividido su corazón. Ahora serán hallados culpables;”

    Israel había edificado altares y se había creado sus propios ídolos a los que adorar. Su corazón estaba dividido, y elegían agradarse a sí mismos. Así como de absurdo sería que una viña diera fruto para sí misma, es también vano que vivieran ellos para sí mismos. Llegarían al momento de darse cuenta que así no podrían ser vistos como el pueblo de Dios, ni este se podría compadecer de sus desgracias.

    Sin embargo, ya desde el principio del libro, en Oseas 2:1 Dios nos muestra su deseo de quitar ese prefijo negativo “Lo” de delante de sus nombres para poder verlos como pueblo suyo, compadecido por Dios. Dice así: “Decid a vuestros hermanos: Ammi; Esto es, pueblo mío, en lugar de Lo-Ammi, y a vuestras hermanas: Ruhama, esto es, compadecida, en lugar de Lo-Ruhama.

    En el 2:23 ya nos decía: “Y la sembraré para mí en la tierra, y tendré misericordia de Lo-ruhama; y diré a Lo-ammi: Tú eres pueblo mío, y él dirá: Dios mío.”

    Esto claramente les mostraba las buenas intenciones de Dios. Dios sembraría esta viña en buena tierra, y lo haría para él, dice. El fruto de la viña tendría un buen fin, y agradaría al Rey de Reyes. Dice que Dios tendría misericordia de Lo-Ruhama, la “no compadecida”, y que Lo-ammi, recuerdas que significaba “no pueblo mío”, sería su pueblo y dirían: Dios es mi Dios.

    Ya lo había dicho en Oseas 2:16, donde Dios sigue enseñándonos a través de términos hebreos. Dios dice a Israel “ya no me llamarás “Baali”, lo cual significa “mi señor”. Dice “En aquel tiempo me llamarás Ishi: Mi marido”.

    Habría una relación amorosa entre Dios y su pueblo. No sería meramente una relación de posesión y pertenencia, sino una de amor y fidelidad. Y todo esto lo ofrecía a personas que le daban la espalda.

    Oseas 11:1-9 nos describe cómo Dios había escogido y amado a Israel desde el principio y como ellos lo habían rechazado:
    “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí; a los baales sacrificaban, y a los ídolos ofrecían sahumerios. Yo con todo eso enseñaba a andar al mismo Efraín, tomándole de los brazos; y no conoció que yo le cuidaba. Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida. No volverá a tierra de Egipto, sino que el asirio mismo será su rey, porque no se quisieron convertir. Caerá espada sobre sus ciudades, y consumirá sus aldeas; las consumirá a causa de sus propios consejos. Entre tanto, mi pueblo está adherido a la rebelión contra mí; aunque me llaman el Altísimo, ninguno absolutamente me quiere enaltecer.”

    Continúa mostrando que esto no podría seguir así eternamente. Dios ofrecía un cambio basado en confianza y fidelidad:

    “¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? ¿Cómo podré yo hacerte como Adma, o ponerte como a Zeboim?
    Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín; porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti;”

    A pesar de la rebeldía de Israel, Dios no podría, por su carácter Santo y compasivo a la vez, abandonarlos para siempre. Conmovido por su misericordia los rescataría y los volvería a hacer suyos. Al final del libro vemos la súplica de Dios a su pueblo y sus promesas.

    Oseas 12:5-6 “Mas Jehová es Dios de los ejércitos; Jehová es su nombre. Tú, pues, vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y en tu Dios confía siempre.

    Oseas 13:9 “Te perdiste, oh Israel, mas en mí está tu ayuda.”

    Dios ofrecía una relación restaurada. Olvidando la infidelidad reiterada de Israel, Dios ofrecía fidelidad eterna.

    Una vez más, ¿por qué haría esto Dios? No es por lo que puede sacar de sus transacciones. Tampoco es por debilidad emocional. Lo hace únicamente en concordancia a su carácter. Su santidad no le permite aguantar el pecado humano, mas su compasión le obliga a ofrecer una salida. El rechazo de todo lo que Dios defiende trae dolor y muerte. Mas, como leemos en Romanos 6:23, “el regalo de Dios es vida eterna”, y esa vida está en Jesucristo.

    Cuando vemos que vamos rumbo a la destrucción, que no somos pueblo de Dios, y que no merecemos su compasión, entonces estamos en la posición ideal para clamar a Él y pedirle la salida de este camino de perdición. Justo en ese punto podemos depositar toda nuestra confianza en aquel que lo ha dado todo por tener una relación con alguien que lo había ignorado, o rechazado. Por medio de la fe en Cristo podemos recibir la compasión amorosa de Dios, podemos llegar a ser su pueblo amado, y disfrutar de la verdadera vida en Cristo. Te animo a hacer esto hoy si aún no lo has hecho.

  • ¿Sabes lo que es precioso sobre la Biblia? Que el Dios Santo y Poderoso quiera darse a conocer a la humanidad.
    Oseas es un libro en poesía que muestra el carácter de Dios. Lo vemos contrastado con la naturaleza humana.
    Vemos en los tres primeros capítulos de este libro lo que Dios ha sido para Israel. Vemos en el resto del libro cómo Israel ha despreciado una relación personal y especial con Dios. Mas el capítulo 11 nos explica cómo Dios no ha podido simplemente deshacerse de este pueblo rebelde. Y esto es debido solo al carácter fiel y puro de Dios.

    Este Dios mantiene su precioso carácter eternamente. El mismo carácter descrito en el libro de Oseas es el carácter del Dios que vive hoy día y todavía está extendiendo Sus manos a la humanidad.

    El profeta Óseas fue elegido por Dios para describir el estado de la relación de Dios con su pueblo. Oseas no iría a predicar la palabra, ni tendría que escribir mensajes al pueblo. Debía mostrar la palabra de Dios con su propia vida. Lo que Dios pidió a Oseas no incluía una vida sencilla y feliz en familia; Oseas sufriría un matrimonio bochornoso. Hemos visto algunos profetas que tuvieron familia, como Isaías; otros, como Jeremías, habían permanecido solteros por las circunstancias que tuvieron que vivir; otros perdieron a su esposa, como Ezequiel. Oseas se casaría, y la historia de su pacto roto contaría la historia de Dios con el pueblo de Israel.

    Dios pidió a Oseas que se casara con Gomer sabiendo que esta le sería infiel. Ella lo engañó, yéndose con otros hombres. Fue infiel y abandonó al profeta. En su supuesta libertad, buscó saciarse con lo que otros le dieran, y acabó siendo esclava de aquellos a los que ella se daba.

    En Oseas 2:5 leemos lo que dice sobre ella cuando habla de sus hijos: “Porque su madre se prostituyó; la que los dio a luz se deshonró, porque dijo: Iré tras mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi bebida.”

    Gomer estaba dispuesta a dar su cuerpo y corazón al que le diera cosas materiales. ¿Cuántas personas viven tan solo para recibir? Hay quien organiza sus horarios y actividades para proteger su agenda profesional, pero solo busca a Dios cuando le sobra el tiempo. Eligen algunos dónde vivir pensando en su trabajo, aún sabiendo que no hay una iglesia cercana en la que congregarse. Votan al partido que más les promete económicamente, sin importar los valores inmorales que estos puedan tener. ¿Cómo somos nosotros diferentes de Gomer? ¿Vamos tras lo que nos da pan, agua, lana, lino, aceite o bebida? ¿O vamos, como el sabio describe en proverbios en busca de la sabiduría divina como si de piedras preciosas se tratara?

    Gomer había dejado a Oseas para ir a buscar cosas que en realidad Oseas le podía haber dado. No nos dice el texto que la familia no tuviera sustento y todo lo necesario para vivir. Mas ella lo buscaba en otros lugares. Jeremías describía a los que así hacían como aquellos que se cavaban para sí cisternas rotas que no sostenían el agua, dejando a un lado la fuente de agua viva.

    Dios, comparando a Gomer con su pueblo infiel nos dice en el 2:8-9 “Y ella no reconoció que yo le daba el trigo, el vino y el aceite, y que le multipliqué la plata y el oro que ofrecían a Baal.”

    No reconocían que ya tenían a su disposición todo lo que buscaban fuera de Dios. ¿Qué podría ofrecer este mundo que Dios no pudiera dar?

    Gomer tendría que sufrir muchos desengaños hasta darse cuenta de esto. Los versículos 6 y 7 dicen:

    “Por tanto, he aquí yo rodearé de espinos su camino, y la cercaré con seto, y no hallará sus caminos. Seguirá a sus amantes, y no los alcanzará; los buscará, y no los hallará. Entonces dirá: Iré y me volveré a mi primer marido; porque mejor me iba entonces que ahora.”

    La terrible tragedia amorosa de Oseas representaba la infelicidad del pueblo de Israel a aquel que los había buscado, salvado y amado. Israel, pudiendo tener vida plena en Dios, había buscado en otros lugares aquello que solo Dios podía darles. Algún día llegarían al punto de darse cuenta de la futilidad de su existencia y de lo que se estaban perdiendo por ser infieles a Dios.

    Ellos tendrían que sufrir la pérdida de todo aquello que había sustituido a Dios.

    Dice el versículo 9: “Por tanto, yo volveré y tomaré mi trigo a su tiempo, y mi vino a su sazón, y quitaré mi lana y mi lino que había dado para cubrir su desnudez.”

    Dios quitaría aquello en lo que habían puesto toda su confianza. Todo “su salario” que había ganado se perdería, y reconocerían que habían hecho mal. El versículo 12 advierte: “Y haré talar sus vides y sus higueras, de las cuales dijo: Mi salario son, salario que me han dado mis amantes. Y las reduciré a un matorral, y las comerán las bestias del campo.”

    Dios pidió al profeta Oseas que fuera a buscar a Gomer, su esposa infiel, que pagara las deudas que esta había acumulado con sus amantes, la trajera a casa y la amara. Su esposa había llegado a ser esclava, endeudada a los hombres que ella había buscado para su salario. Y Oseas nos dice que fue a comprarla por dinero. Compró su libertad, la llevó a casa, y la amó.

    El capítulo 3 nos describe su compromiso con ella:
    “Y le dije: Tú serás mía durante muchos días; no fornicarás, ni tomarás otro varón; lo mismo haré yo contigo.” Oseas ofrecía su fidelidad al mismo tiempo que esperaba lo mismo de ella.

    Gomer volvería a Oseas así como el pueblo de Israel volverá a su Dios.

    El texto sigue con las palabras de Dios:

    “Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod y sin terafines. Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey; y temerán a Jehová y a su bondad en el fin de los días.”

    El Dios paciente, al igual que vemos en la vida del profeta Oseas, esperaría al momento correcto para rescatar a su pueblo, cuando este estuviera listo para aceptar el rescate, la salvación y el amor de Dios una vez más. Buscarían a Dios y temerían, como nos dice el texto, no Su ira, sino su bondad. Sentirían por fin la carga de ser los receptores de la bondad divina, con todo lo que ello conlleva. Ante tal amor, no puede haber más que una deuda de amor recíproco y de fidelidad.

    Debemos hacernos la pregunta ¿Cómo es mi relación con el Salvador? ¿Estoy gozando de una relación bilateral con Dios, o todavía estoy atada a aquello que no me puede saciar? El amado Dios está esperando que lo busquemos y disfrutemos una relación plena con Él.

  • Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, los hizo para tener una relación con ellos. Nos dice Génesis que Dios se paseaba por el huerto de Edén cada tarde y hablaba con Adán y Eva. Esto fue así hasta que estos desobedecieron la única norma que Dios había establecido, dañando su inocencia y abriendo sus ojos al mal. Esto era lo que Dios quería prevenir cuando les pidió que no tomaran del árbol del conocimiento del bien y del mal, pero ellos, al igual que el engañador, Satanás, pensaron que podrían saber más que Dios. Esa tarde, cuando Dios bajó al huerto, Adán y Eva no fueron a encontrarse con Dios, sino que se escondieron.

    Los dos primeros capítulos de Miqueas, escritos muchos siglos después me recuerdan a ese encuentro de Adán y Eva con Dios. Siglos antes, en el desierto de Sinaí, Dios había bajado al campamento de los israelitas y la presencia de Dios había llenado el tabernáculo. ¡Qué bonito saber que la presencia de Dios nos acompaña! Al menos es bonito cuando queremos caminar con Él y deseamos su compañía. Miqueas cuenta como la presencia de Dios se había manifestado al pueblo en sus días, pero esta vez no era para hacer un pacto con su gente. Esta vez era para traer juicio sobre Israel por los siglos de rebelión contra su Dios. Dice el 2:1-2

    “¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en su mano el poder! Codician las heredades, y las roban; y casas, y las toman; oprimen al hombre y a su casa, al hombre y a su heredad.”

    Los líderes de Israel eran corruptos e incluso lo eran sus profetas; nos dice Miqueas 3:5 que había profetas falsos que se aprovechaban de la gente: Dice de ellos: (anuncian) “Paz, cuando tienen algo que comer, y al que no les da de comer, proclaman guerra contra él”.

    Miqueas no era uno de estos profetas. Miqueas vivió en los días de los reyes Jotam, Acaz y Ezequías, tres buenos reyes de Judá, años en los que coincidió con el profeta Isaías. Él venía en nombre de Dios a traer mensaje a Israel. Lo encontramos diciendo en el 3:8 “Yo estoy lleno de poder del Espíritu de Jehová, y de juicio y de fuerza, para denunciar a Jacob su rebelión, y a Israel su pecado.”

    Los capítulos 3 y 4 nos da detalles de la corrupción de los gobernantes, dejándolos sin excusa. Les pregunta en el 3:1 “Oíd ahora, príncipes de Jacob, y jefes de la casa de Israel: ¿No concierne a vosotros saber lo que es justo?”

    Ellos debían saber lo que era correcto. Y si sabiendo lo que es justo no lo hacían, no tenían excusa. Una nación vendría contra ellos, y Dios no los protegería. Dice el versículo 4: “Entonces clamaréis a Jehová, y no os responderá; antes esconderá de vosotros su rostro en aquel tiempo, por cuanto hicisteis malvadas obras.”

    Miqueas 4:11-12 nos declara algunos de sus delitos: “Sus jefes juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio, y sus profetas adivinan por dinero; y se apoyan en Jehová, diciendo: ¿No está Jehová entre nosotros? No vendrá mal sobre nosotros.” Así que les dice el profeta: “Por tanto, a causa de vosotros Sion será arada como campo, y Jerusalén vendrá a ser montones de ruinas,…”

    Asiria vendría contra ellos, y serían cautivos en Babilonia durante muchos años. Sin embargo, como ya hemos visto en el mensaje de los otros profetas, junto con el aviso seguro de juicio, Miqueas compartía la esperanza que Dios ofrecería al pueblo.

    En la segunda parte del libro, Dios procede a contarles lo que Él hará a favor de ellos. Es precioso ver que volverían de su cautiverio en un futuro, que Jerusalén sería ciudad de donde emanaría la Palabra de Dios (Miqueas 4:2), que ya no habría guerra y se sentaría debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente; porque la boca de Jehová de los ejércitos lo ha hablado.” (4:3-4)

    ¿Sabías que en el capítulo 5 de Miqueas nos dice que Jesús el Mesías nacería en el pequeño pueblo de Belén? Dice el versículo 2: “de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad,” refiriéndose a la naturaleza eterna del Mesías. Este versículo lo vemos citado en los evangelios (Mt. 2.6; Jn. 7.42). Y el el versículo 5 nos dice ”Y este será nuestra paz”. ¡Qué bonito que siglos antes del nacimiento de Jesús, Miqueas ya estaba proclamando los detalles del nacimiento y el propósito de Jesús al venir al mundo, para traer paz, como también nos revelaba Isaías!

    El capítulo 6 de nuevo nos recuerda que no había motivo lógico para que Dios perdonara y restaurara a Israel. Dios les dirige una pregunta muy cruda: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho, o en qué te he molestado? Responde contra mí. Porque yo te hice subir de la tierra de Egipto, (Ex. 12.50-51) y de la casa de servidumbre te redimí; y envié delante de ti a Moisés, a Aarón (Ex. 4.10-16) y a María (Ex. 15.20). Pueblo mío, acuérdate ahora qué aconsejó Balac rey de Moab, y qué le respondió Balaam hijo de Beor,
    (Nm. 22.2—24.25) desde Sitim hasta Gilgal, (Jos. 3.1—4.19) para que conozcas las justicias de Jehová.”

    ¿Recuerdas la historia de Balac y Balaam? ¡Este rey quería que el profeta Balaam maldijera al pueblo de Dios y Dios no se lo permitió, sino que cuando este se dispuso a maldecir, de su boca salió bendición!

    Y Miqueas 6 vuelve a exponer lo que Dios pide de su gente, así como lo vimos en el libro de Amós: Dios no se agradaría en sacrificios y holocaustos por muy costosos que estos fueran. Dice el versículo 8: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.”

    ¿Sabes porqué Dios perdona? Miqueas nos revela detalles del carácter de Dios al final del libro. Dios perdona porque este es su carácter. Miqueas 7:18-19:

    “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.”

    Ese es mi Dios. Se deleita en dar bien a la humanidad, y es capaz de perdonar la maldad y olvidar el pecado. Mas su carácter justo y santo no puede pasar por alto las abominaciones de la injusticia y la inmoralidad. ¿Cómo podría un Dios justo ignorar las injusticias? ¿Cómo podría un Dios Santo defender o permitir la corrupción moral?

    Aquellos que piensan que Dios en su amor debería consentir todo ignoran que si Dios hiciera la vista gorda al pecado, no sería Dios justo. Si un juez dejara ir libre a aquel que ha infringido la ley, deberíamos reaccionar con indignación, `porque los jueces están para hacer justicia, y ninguna buena acción resta al mal cometido. Pues si reconocemos a Dios como juez, y el más justo, ya que sabe todo, lo que se ve y lo que está oculto, entonces tendremos que respetar la sentencia que otorga a aquellos que han insistido en desobedecer su ley. Pero cuando hay arrepentimiento y perdón, ya no lo vuelve a sacar. Como dice el texto, “volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” Precioso y perfecto perdón de Dios.

    Solo cuando entendamos esto podremos comprender, como dice la carta a los Efesios 3:18-19 “cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, …del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.” Aquel que viendo todo y sabiendo todo, aún así nos ha amado, por el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5).

    Las promesas del Señor a Abraham seguían en pie en los tiempos de Miqueas. Dice el versículo 20: “Cumplirás la verdad a Jacob, y a Abraham la misericordia, que juraste a nuestros padres desde tiempos antiguos.”

    Este Dios no cambia. Es un Dios justo y perdonador, que quiere compartir su amor contigo y conmigo. ¿Qué Dios puede compararse con este?

  • ¿Has escuchado alguna vez a Dios hablar? Es cierto, no habla de forma audible en nuestros días, mas nos habla de muchas formas.
    Ha hablado a través de los profetas, y tenemos el mensaje en la Biblia. Israel, su pueblo escogido, había olvidado quienes eran realmente, y vivían la vida como los otros a su alrededor.

    Por su rebelión contra Dios, los hebreos serían derrotados por una poderosa nación. Asiria vendría 40 años más tarde, como ya hemos visto anteriormente y los llevaría cautivos. El texto les dice que serían llevados con ganchos y anzuelos, aludiendo a las cadenas de cautividad con que serían apresados.

    Es interesante ver en el capítulo 4 cómo Dios les había había intentado llamar la atención. Había mandado dificultades a sus vidas para que se volvieran a Él, mas el pueblo no había reaccionado. Al analizar lo que Dios nombra como señales de alerta para el pueblo, me parece interesante notar que estas mismas llamadas de atención las hemos vivido en otras épocas, e incluso en nuestros días.


    Dios les dice en el 4:6: “Os hice estar a diente limpio en todas vuestras ciudades, y hubo falta de pan en todos vuestros pueblos; mas no os volvisteis a mí”. Les dice en el 4:7-8 “os detuve la lluvia tres meses antes de la siega; e hice llover sobre una ciudad, y sobre otra ciudad no hice llover…; Y venían dos o tres ciudades a una ciudad para beber agua, y no se saciaban; con todo, no os volvisteis a mí….” Continúa diciéndoles en el 9: “Os herí con viento solano y con oruga; la langosta devoró vuestros muchos huertos y vuestras viñas, y vuestros higuerales y vuestros olivares; pero nunca os volvisteis a mí.” “Envié contra vosotros mortandad tal como en Egipto”, dice el versículo 10, “y no os volvisteis a mí.” Y acaba en el 11 diciendo “Os trastorné como cuando Dios trastornó a Sodoma y a Gomorra, (Génesis 19) y fuisteis como tizón escapado del fuego; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová.” Por los pelos los había librado Dios de cada una de estas calamidades; de hambre, de sequía, de desastres naturales, de plagas, de tragedias, mas ellos no entendieron que estas cosas debían traerles a Dios en lugar de alejarlos. Así ocurre hoy en día, en lugar de responder a las dificultades de la vida reconociendo que solo Dios es capaz de satisfacer, las personas echan a Dios la culpa de su infortunio. Dios quiere que nos volvamos a Él y nosotros nos alejamos, como hacía el pueblo de Israel.

    En el libro de Amós vemos que Dios, una vez más, se mostró a ellos tal como Él es:

    Dice en Amós 4:13: “He aquí, el que forma los montes, y crea el viento, y anuncia al hombre su pensamiento; el que hace de las tinieblas mañana, y pasa sobre las alturas de la tierra; Jehová Dios de los ejércitos es su nombre.” Les dice “¡Prepárate para venir al encuentro de tu Dios, oh Israel!” y en Amós 5:6-8 “Buscad a Jehová y vivid! …“Los que convertís en ajenjo el juicio, y la justicia la echáis por tierra, buscad al que hace las Pléyades y el Orión, (Job 9.9; 38.31) y vuelve las tinieblas en mañana, y hace oscurecer el día como noche; el que llama a las aguas del mar, y las derrama sobre la faz de la tierra; Jehová es su nombre.”


    Este es el Dios que da fuerzas al que no tiene ningunas. Ellos se habían aprovechado de los pobres, habían afligido al justo, y habían retorcido la justicia para su propio provecho, acosando a los indefensos. Sus acciones no se correspondían con el carácter de su Dios.

    Y Su Dios juzgaría a los líderes de Israel y al pueblo entero. Los capítulos 7 al 9 hablan del juicio ineludible y cercano de Israel. El pueblo sería zarandeado, y sufrirían por su rebeldía. Y en medio de su afrenta, dicen los versículos 11 y 12 del capítulo 8 lo que más echarían en falta sería la Palabra de Dios que tanto habían resistido; dice: “He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová. E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán.” Habían tenido palabra de Dios y la habían despreciado, y en los momentos difíciles, volverían a buscarla, mas para entonces no la podrían hallar”, dice.

    Y cuando todo parece perdido, el Dios de esperanza, les presenta un futuro glorioso en el que Él mismo levantará el tabernáculo caído de David (9:11) Dice así en el 14 y 15: “Y traeré del cautiverio a mi pueblo Israel, y edificarán ellos las ciudades asoladas, y las habitarán; plantarán viñas, y beberán el vino de ellas, y harán huertos, y comerán el fruto de ellos. Pues los plantaré sobre su tierra, y nunca más serán arrancados de su tierra que yo les di, ha dicho Jehová Dios tuyo.”

    Y con estas palabras acaba el libro de Amós.

    En la relación entre la justicia de Dios y Su misericordia, nunca hay destrucción sin reconstrucción. No hay juicio sin esperanza de salvación. Al pueblo injusto que maltrataba a los débiles, Dios ofreció una alternativa—vivir en justicia y equidad, los resultados naturales de seguir a Dios. Aquellos que proclamaban el nombre de Dios pero no vivían el amor de Dios y su justicia tendrían que sufrir los resultados de su propia injusticia, mas el justo Dios les ofrecía restitución futura, cuando invocaran el nombre de Dios.

    Aprendamos de la hipocresía y el desastre de Israel. Aprendamos a distinguir entre lo que es de Dios y lo que es contra Dios. Tenemos el privilegio de oír la voz de Dios a través de sus profetas, la cual Dios ha dejado grabada en las Escrituras para nuestro provecho. Así que, sigamos a Dios en nuestra alma, sí, pero en nuestra vida diaria también.

  • A continuación veremos tres profetas que profetizaron durante los años previos y contemporáneos de Isaías, y que trajeron mensajes similares al pueblo de DIos: estos son Amós, Miqueas y Oseas.

    Los profetas que Dios usó no siempre se dedicaban solo a profetizar, sino que en ocasiones tenían otras profesiones. Amós era un labrador de viñas al sur de Israel durante el tiempo de Jeroboam II de Israel, unos 150 años después de la división de los reinos. Recordemos que Jeroboam fue uno de los peores reyes de Israel. Aunque ganó muchas batallas y el pueblo prosperaba económicamente, Jeroboam fue un rey injusto a su pueblo y no le importaban los individuos. Permitió la idolatría y llevó al pueblo a la apatía hacia Dios.

    Amós fue enviado al norte, a Betel, a anunciar la palabra de Dios; sus mensajes, algunos en poesía, traían acusaciones a los vecinos de Israel, y también para Judá e Israel, por ser estos aún peores que aquellos que los habían oprimido.

    El profeta comienza sus discursos pasando lista de los pueblos que rodeaban a Israel. Los capítulos 1 y 2 proclaman las injusticias de Damasco, Gaza, Edom, Amón y Moab y cómo serían juzgados.

    Luego Dios, habiendo resumido las maldades de estos anunció la grave acusación contra Judá e Israel: Juzgaría a Judá “porque menospreciaron la ley de Jehová, y no guardaron sus ordenanzas, y les hicieron errar sus mentiras, en pos de las cuales anduvieron sus padres.” (2:4)

    Castigaría a Israel porque “vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos.” (2:6)

    Los mismos que sufrieron opresión de parte de Egipto, ahora estaban oprimiendo a su propio pueblo. ¿Cómo es posible que aquellos que habían sufrido injusticia a manos de otros estaban ahora tratando a su pueblo injustamente? Es triste, pero puede ocurrir que el maltratado acabe siendo maltratador. Así somos los humanos.

    El profeta continúa desvelando cómo el pueblo de Israel maltrataba a los desvalidos y profanaba el nombre de Dios por sus inmoralidades. El pueblo iba totalmente en contra de lo que Dios había establecido.

    Israel era el pueblo elegido de Dios, y esto conllevaba beneficios y responsabilidades; Israel iba a ser ejemplo a los otros pueblos de cómo la hipocresía y la rebelión debían ser castigadas. El Dios de justicia no podía tolerar las injusticias que se estaban llevando a cabo.

    Dios exalta en este libro la importancia de la justicia. Amós presenta dos conceptos que este término representa; el libro diferencia entre estos con las palabras “juicio” y “justicia.” En primer lugar, trata del juicio, el concepto de justicia en el sentido de equidad. Si el pueblo seguía el ejemplo de Dios, mostrarían juicio y equidad; esto quiere decir que no habría favoritismos para unos y abandono para otros. El hecho de que el pueblo no viviera bajo estas prácticas justas y trataran a los pobres y desfavorecidos injustamente mostraba que sus corazones estaban lejos de Dios.

    El otro concepto de justicia es la idea de corregir activamente la injusticia y vivir de manera justa, es decir, de forma correcta delante de Dios. En Amós 6:24 Dios les pregunta: ¿Por qué habéis vosotros convertido el juicio en veneno, y el fruto de justicia en ajenjo? y en el 5: 24 les insta: “corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo.”
    Dice la Biblia que Dios no se agrada en meros sacrificios y ofrendas. Dios pide de su gente obediencia de corazón. Santiago 1:17 dice bien claro que la religión no es cuestión de ritos: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” Dios pide una vida de obediencia a los estatutos de amor y justicia que Él ha establecido; cualquier otro esfuerzo es vano, si no hay obediencia a Dios.

    En el libro de Amós vemos cómo Israel, a pesar de ser conocido a los pueblos de alrededor como el pueblo de Dios, no vivvía según los principios de equidad y justicia que este había establecido. Es por eso que Dios tendría que intervenir hasta que el pueblo viera su mal camino y se volviera a Él, no solo en palabra, sino en verdad, mostrando que en realidad eran el pueblo del Dios viviente.

    Cristiana, ¿vives la vida diaria en concordancia con los estatutos establecidos por Dios, o tan solo llevas el nombre? ¿Muestras en tu vida personal y en el trato con los demás la verdadera religión? Apartémonos del mal y mostremos a otros el amor de Dios. Vivamos una vida de juicio y de justicia.

  • Si en los primeros tres capítulos de Jonás no pudimos saber lo que provocó que Jonás se rebelara contra Dios y saliera huyendo en la otra dirección, lo descubriremos en el capítulo cuatro del libro.

    Cuando Jonás fue a Nínive y los habitantes de esa gran ciudad conocida por la violencia y la brutalidad con que trataban a sus enemigos, se arrepintieron y Dios los perdonó. Jonás debería haber estado feliz de haber sido un instrumento de misericordia en las manos de Dios, pero no fue así.

    El versículo 1 del capítulo 4 nos dice que “Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó.” Se enfadó de ver lo ocurrido. ¿Qué era lo que tanto le disgustaba?

    Continúa el texto diciendo: “oró a Jehová y dijo: Ahora, oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida.” (1:1-3)

    Cuando pensábamos que Jonás estaría contento de haber sido rescatado del fondo del mar y haber sido usado para librar a los asirios de la destrucción, nos sorprende ver que estaba enfadado porque Dios los había perdonado. Prefería morir a ver cómo Dios rescataba a estas personas.

    Jonás no deseaba la salvación de los asirios. Pero esta no era la primera vez que Jonás debía traer un mensaje de redención a un pueblo. En 2 Reyes 14:25 vemos que el mismo Jonás había profetizado en días de Jeroboam II, un rey que fue infiel a Dios. Y sin embargo, el profeta no había tenido ningún problema en darle las buenas nuevas de parte de Dios, que el pueblo expandiría sus fronteras por la misericordia de Dios. ¿Por qué podía Jonás dar buenas noticia a un mal rey de Israel y a su pueblo rebelde y no podía soportar que Dios fuera misericordioso con Nínive?

    Nos dice el versículo 4 que Dios le preguntó: “¿Haces tú bien en enojarte tanto? Y salió Jonás de la ciudad, y acampó hacia el oriente de la ciudad, y se hizo allí una enramada, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué acontecería en la ciudad.”

    Jonás ni contestó a Dios. Se hizo campamento mirando hacia la ciudad, pensando quizás que Dios acabaría destruyéndolos. Quería ver lo que ocurriría. Pero Dios le preparó una lección. Hizo Dios que una planta creciera, de modo que a la mañana siguiente cubriera a Jonás del sol, y este con gusto recibió tal regalo de Dios. Sin embargo, nos dice que al alba, Dios preparó un gusano que hirió la planta y esta se secó. A la mañana siguiente, donde estaba Jonás se levantó un viento solano y el profeta, al verse sin su protección, de nuevo deseó morir. Dios intervino para preguntarle de nuevo: “Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte. Y dijo Jehová: Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?” (Jonás 4:9-11)

    El libro, por desgracia, nos deja con la incógnita de lo que Jonás hizo con su vida. Parece que Jonás estaba jugando a ser Dios, decidiendo quién merecía la misericordia de Dios y quien debería recibir toda la retribución justa de su mal camino. No estaba dispuesto a someterse a los planes y decisiones de Dios.

    Jonás parece querer justicia para los de Nínive. El deseo de justicia es una de las características del ser humano que muestra que somos hechos a la imagen de Dios. Ese sentimiento de justicia es divino, y sin embargo, vemos que en nosotros no es perfecto, a diferencia de la perfecta justicia de Dios. Eso es porque nosotros no somos perfectos como Dios. Somos seres marcados por el pecado; nunca podríamos ser completamente justos. Dependiendo de quien sea, a veces deseamos que el que hace mal sufra las consecuencias de su maldad, y otras deseamos la compasión de Dios. Nos molesta ver la misericordia de Dios cuando esta se extiende a los que nosotros no aprobamos, pero sí nos gusta recibirla para nosotros y los nuestros.

    Esto sucedió con Jonás: puede que le tocara su ego cuando Dios le mostró misericordia enviando el pez que le llevaría a tierra seca, pero estaba agradecido de que Dios le hubiera dado otra oportunidad. Se enfadó cuando la planta dejó de darle cobijo, pero la había disfrutado sin parar a dar gracias por el regalo. Sin duda tampoco le molestó ver cómo la gracia de Dios se había extendido sin motivo hacia su pueblo Israel.

    Y sin embargo, cuando Dios le dio una oportunidad a los ninivitas para arrepentirse, y ellos se arrepintieron, recibiendo el perdón de Dios, ¡Jonás se enfadó! Le dijo a Dios: ¡Lo sabía! ¡Sabía que les perdonarías! Por eso no quería ir! Ahí vemos que no era exactamente porque tuviera miedo de lo que le harían los de Nínive. Era más bien una cuestión personal. Él hubiera preferido que perecieran en su pecado. Eso es muy fuerte, ¿verdad? Dios es tan distinto; “no quiere que nadie perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. ¡Qué contraste!

    Dejemos de ser hipócritas e inconsistentes. Si Dios me ha perdonado a mí, debo desear ese perdón para otros. Si al ver cómo Dios muestra misericordia a otro te enojas y te deprimes como Jonás, entonces debes confesar a Dios tu “injusta justicia” y pedirle que te de de Su misericordia para desearla y compartirla con otros.

    El problema de Jonás era que no estaba dispuesto a aceptar los juicios de Dios. No estaba dispuesto a someterse a aquel que es juez justo, y que es capaz de mostrar justicia y misericordia en proporciones perfectamente equilibradas. Hacemos bien en dejar a un lado nuestros juicios imperfectos, y como dice el sabio en Proverbios 3:7, no ser sabios en nuestra propia opinión, sino temer a Dios y apartarnos del mal. Sigamos la exhortación de Santiago 4 a someternos a Dios, acercándonos a Él en humildad, reconociendo con el salmista que sus juicios son verdad, todos justos (Salmo 19:9).

    Gracias a Dios por su justicia y su amor para cada uno de nosotros, que aún siendo pecadores, hemos recibido el regalo de salvación por medio de Cristo a través del arrepentimiento y la fe.

  • Jonás es un personaje con el que mucha gente está familiarizado. Curiosamente, hay quien confunde su historia con la de Pinocho, quizás porque el famoso personaje animado por Disney pasó su tiempo dentro de un gran pez. Sin embargo, y obviamente, la historia del profeta es real, y ocurrió muchos siglos antes de que se inventara este curioso personaje mentiroso y rebelde hecho de madera.

    El libro de Jonás se diferencia de los otros libros proféticos en que este, en lugar de comunicar el mensaje de Dios a un grupo determinado de gente, nos muestra la reacción del profeta ante la misión que Dios le dio.

    El libro comienza con las palabras de Dios a Jonás: “Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí.”
    Ante estas pocas palabras, Jonás reaccionó huyendo en la dirección contraria. Mientras Dios le enviaba a Asiria, Jonás subió a bordo de un barco que iba a Tarsis, lugar que se cree que se encontraba en la costa sur de lo que hoy es España.

    Al principio, el texto no nos dice por qué huyó Jonás, pero nos dice que quería irse “lejos de la presencia de Dios.” (1:3)
    Mientras cruzaban el mar Mediteráneo, se desató una gran tormenta. Dios envió tal tempestad que parecía que el barco se iba a partir, y los marineros comenzaron a echar enseres al mar y a rogar a sus dioses. Estos hombres no adoraban al Dios de los hebreos; servían a dioses paganos.

    “Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir. Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo: ¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos.”

    Estos marineros estaban desesperados. Sus dioses no parecían estar escuchando o contestando sus oraciones. Parece ser que Jonás no reaccionó, por lo que los marineros echaron suertes que les revelaran quién era el causante de lo que estaba ocurriendo, y curiosamente la suerte cayó en Jonás. Estos lo sacaron y le preguntaron quién era y de dónde venía.

    “Y él les respondió: Soy hebreo, y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra.” Jonás 1:9 Y les dijo que huía del Dios al que acababa de describir.

    Los marineros se asustaron, pues entendían la gravedad de la osadía de huir del Dios que había creado, como Jonás les había dicho, la tierra y el mar. Si Jonás de verdad temía a este Dios, ¿por qué había subido a un barco que debía cruzar todo el mar? ¿No pensó que el Dios que todo lo hizo también lo controlaba todo? Jonás no había mostrado por sus acciones que conociera a Dios o que en verdad lo temiera.

    Como el mar seguía agitándose, los marineros preguntaron a Jonás: “¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete?” Y Jonás contestó: “Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros.”

    Nos dice el texto que estos marineros, por no querer echarlo al mar, trataron por todos los medios de controlar el barco. “Y aquellos hombres trabajaron para hacer volver la nave a tierra; mas no pudieron, porque el mar se iba embraveciendo más y más contra ellos. Entonces clamaron a Jehová y dijeron: Te rogamos ahora, Jehová, que no perezcamos nosotros por la vida de este hombre, ni pongas sobre nosotros la sangre inocente; porque tú, Jehová, has hecho como has querido. Y tomaron a Jonás, y lo echaron al mar; y el mar se aquietó de su furor.” Jonás 1:13-15

    Estos marineros, al oír del Dios que Jonás les presentó, le suplicaron que les perdonara por lo que iban a hacer. Habiendo visto lo ocurrido, nos dice el texto: que temieron a Dios y ofrecieron sacrificio, haciendo votos a Dios.

    ¿Ves la diferencia entre Jonás y estos hombres? Jonás decía que temía a Dios, pero sus acciones mostraban lo contrario. Estos hombres, que subieron al barco sin conocer a Dios estaban ahora de rodillas, ofreciendo sacrificio y haciendo votos ante el creador del mar y de la tierra. Jonás tenía graves problemas. No eran que acababan de echarlo al mar; después de todo, él mismo lo había pedido a los marineros para ver si de ese modo se libraba de Dios y de la misión de ir a los de Nínive. Sin embargo, Dios no había acabado con Jonás. Este todavía no había confesado el motivo de su huída, pero era obvio que tenía asuntos que arreglar.

    Cuando Jonás se hundía en el mar, pensó que se moría. Describe su situación en el capítulo dos: “Las aguas me rodearon hasta el alma, Rodeóme el abismo; El alga se enredó a mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; La tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre; mas tú sacaste mi vida de la sepultura.” (2:5-6) Jonás desfallecía, y Dios lo rescató.

    Dios envió un gran pez que tragara a Jonás vivo. Y fue ahí, dentro del pez, que Jonás se dio cuenta de la misericordia que Dios había tenido con él. Jonás confiesa: “Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, Y mi oración llegó hasta ti en tu santo templo.Los que siguen vanidades ilusorias, Su misericordia abandonan. Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; Pagaré lo que prometí.” (2:7-9)

    Dios no le pidió explicaciones, ni tampoco le dio ninguna. Simplemente hizo que el pez lo vomitara en la playa. Ahora Jonás demostraría si de veras estaba comprometido con Dios.

    Jonás fue a Nínive, y dio el mensaje de Dios al pueblo. No se esmeró en presentar el plan de Dios para la redención. Se limitó a hacer lo mínimo, advertirles de la destrucción que les venía: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida.” (Jonás 3:4)

    Y para sorpresa de Jonás y de cualquiera que conociera a los asirios, “los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos. No solo esto, sino que “llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se arrepintió este, “e hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?” (3:6-9)

    Y Dios no trajo la destrucción sobre este pueblo arrepentido. El justo y buen Dios estaba dispuesto a darles la oportunidad de cambiar su rumbo.


    ¿Te has fijado? El Dios misericordioso dispuso que los marineros pudieran conocerlo
    de camino a Tarsis, dio otra oportunidad a Jonás, y trajo la salvación al pueblo arrepentido de Nínive. A pesar de la desobediencia de Jonás, la obra de Dios se extendió en muchas direcciones. Me pregunto lo que los marineros contaron cuando llegaron a su destino. Seguramente otros pudieron conocer al Dios que creó el mar y la tierra. Y es que nada ni nadie puede estropear la obra redentora de Dios, ni siquiera un profeta rebelde, porque Dios es sobre todas las cosas. A Él sea la gloria.

  • El pequeño libro de Abdías es una declaración de condena al pueblo de Edom. Pero ¿quienes eran los edomitas? . Recordemos que Isaac, el hijo de Abraham, se casó con la bella pastora que Dios proveyó para él, y Rebeca dio a luz mellizos. Esaú, el primogénito por minutos era rojizo y velludo, nos dice la Biblia, y diestro para la caza, y Jacob, el menor, más casero y tranquilo, creció para dedicarse al cuidado del ganado familiar.

    Aunque a Esaú le hubiera pertenecido la primogenitura, este se la cedió a su hermano por un plato de pojate, y Jacob se aprovechó de esto para recibir la bendición de su padre. A través de Jacob, Dios continuó la linea de la promesa, llevando este el nombre de Israel. Esaú se enfureció con su hermano, aunque después lo recibió a su vuelta a la tierra. Mas nos cuenta la historia que los edomitas, sus descendientes, siempre tuvieron conflicto con sus hermanos los israelitas. Los edomitas podrían haber aceptado los hechos y haber establecido alianza con Israel, mas nunca llegaron a aceptar que los israelitas fueran los que llevarían la linea de la promesa. La actitud envidiosa y vengativa de los edomitas creó un continuo conflicto y rivalidad entre estos dos pueblos hermanos.

    Abdías está denunciando el mal que Edom había hecho y anunciando la destrucción que le sobrevendría por sus acciones.

    En los versículos 12-14 Abdías declara a Edom el mal que habían hecho:

    “Pues no debiste tú haber estado mirando en el día de tu hermano, en el día de su infortunio; no debiste haberte alegrado de los hijos de Judá en el día en que se perdieron, ni debiste haberte jactado en el día de la angustia. No debiste haber entrado por la puerta de mi pueblo en el día de su quebrantamiento; no, no debiste haber mirado su mal en el día de su quebranto, ni haber echado mano a sus bienes en el día de su calamidad. Tampoco debiste haberte parado en las encrucijadas para matar a los que de ellos escapasen; ni debiste haber entregado a los que quedaban en el día de angustia.”

    Abdías 3 declara “La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que moras en las hendiduras de las peñas, en tu altísima morada; que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a tierra?”

    El profeta los acusa de soberbios, y otros profetas hablan también de Edom, acusándolos de las mismas acciones.

    Leemos en Amós 1:11 “Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Edom, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque persiguió a espada a su hermano, y violó todo afecto natural; y en su furor le ha robado siempre, y perpetuamente ha guardado el rencor.”

    Isaías anuncia que Edom sería destruido, y Jeremías explica que es su arrogancia lo que los había llevado a tal conducta.

    Ezequiel 35:5 les dice “Por cuanto tuviste enemistad perpetua, y entregaste a los hijos de Israel al poder de la espada en el tiempo de su aflicción, en el tiempo extremadamente malo,” Y les dice en el versículo 35:15:

    “Como te alegraste sobre la heredad de la casa de Israel, porque fue asolada, así te haré a ti; asolado será el monte de Seir, y todo Edom, todo él; y sabrán que yo soy Jehová.”

    Edom, en actitud arrogante y vengativa se había aprovechado la desgracia de Israel para hacerles daño. No solo no les habían ayudado, sino que se habían alegrado de su dolor y habían atacado cuando más débil estaba Israel. Y por este mal serían juzgados y condenados.

    ¿Cómo fue destruido Edom? Lo cierto es que Dios los declaró culpables, mas cuando leemos sobre su destrucción, vemos que fueron sus propias tácticas las que los llevaron a la destrucción. Lo que ellos habían hecho al pueblo de Israel, los pueblos con los que habían estado aliados lo harían a ellos.

    Como dice en el versículo 15 a Edom, “como tú hiciste se hará contigo”

    El versículo 7 nos muestra que aquellos con los que habían pactado les engañaron como ellos habían engañado a su pueblo hermano. Dice: “Todos tus aliados te han engañado; hasta los confines te hicieron llegar; los que estaban en paz contigo prevalecieron contra ti; los que comían tu pan pusieron lazo debajo de ti; no hay en ello entendimiento.” No podrían entender cómo sus aliados se volverían contra ellos, pero así sucedería.

    Edom, por su soberbia y malicia hacia el pueblo de Dios fue destruido en su propia maldad. Así como Dios cuidó del pueblo de Israel, Él está cerca siempre, listo para defender a los suyos.

    Abdías tiene un mensaje de esperanza para el pueblo de Israel. Es cierto que los pueblos los habían atacado, Edom su hermano no los había defendido, sino que habían aprovechado su debilidad para hacerles más daño, pero en el versículo 17 Abdías reitera la promesa, como la hemos visto anteriormente: “Mas en el monte de Sion habrá un remanente que se salve; y será santo, y la casa de Jacob recuperará sus posesiones.”

    Gracias a Dios que es siempre fiel a los suyos. Romanos 8:31 nos presenta la pregunta: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”

    Y es que, como continua en el 32, “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Si Dios ha dado a Su hijo Cristo para salvarnos de nuestros pecados, qué nos puede faltar?

    ¿Dudas cuando la vida misma o aquellos a tu alrededor no te dan el trato que desearías? ¿Has compartido tus cargas con Dios? El que ha prometido estar con aquel que le busca y acompañarte en la aflicción, es fiel. Sus promesas son seguras. Ven a Él para salvación y disfruta de su amor inalterable.

  • Veamos hoy el libro de Joel, que como el libro de Abdías, no está fechado, ni nos da pistas sobre el tiempo en que el profeta pudo haber vivido. En cierto modo, este hecho nos da la libertad de tomar el mensaje de Joel y ver cómo este transciende a través de los tiempos.

    El profeta habla a los moradores de la tierra (1:2). Claro está que primero hablaba al pueblo de Israel, pero pensemos en el mensaje como uno que viaja a través de los tiempos, como dice Joel, a todos los habitantes de la tierra.

    El libro recoge una serie de poemas que presentan ciertas situaciones que habían ocurrido, y otras que todavía estaban por ocurrir.

    El libro comienza con un poema describiendo unas plagas que habían dañado la tierra. Tal fue la destrucción, que nos dice el versículo 3 que el pueblo hablaría de esto por generaciones. “Lo que quedó de la oruga comió el saltón, y lo que quedó del saltón comió el revoltón; y la langosta comió lo que del revoltón había quedado.” (1:4) Parece que una tragedia había sucedido a otra, y la tierra estaba devastada. Los campos habían quedado destrozados, y la esperanza de superar tales pérdidas era escasa.

    ¿Qué ha de hacer un pueblo ante una tragedia medioambiental como esta? Muchos hemos vivido de cerca algo parecido, o lo hemos visto en televisión. La gota fría, inundaciones que destrozan las cosechas, terremotos que destruyen pueblos, temporales que arrasan dejando daños difíciles de superar… ¿Cómo responder ante todo esto? Dios nos muestra el camino, a través de Joel 1:14

    “Proclamad ayuno, convocad a asamblea; congregad a los ancianos y a todos los moradores de la tierra en la casa de Jehová vuestro Dios, y clamad a Jehová.”

    Los versículos 19-20 dejan clara la intención del profeta de buscar a Dios en la tragedia: “A ti, oh Jehová, clamaré; porque fuego consumió los pastos del desierto, y llama abrasó todos los árboles del campo. Las bestias del campo bramarán también a ti, porque se secaron los arroyos de las aguas, y fuego consumió las praderas del desierto.” En la dificultad, la reacción sabia era clamar a Dios.

    Si el capítulo uno hablaba de una plaga de insectos, el capítulo dos describe un ataque por parte de ejércitos enemigos. En forma de poesía describe este terrible acontecimiento: “Día de tinieblas y de oscuridad, día de nube y de sombra; como sobre los montes se extiende el alba, así vendrá un pueblo grande y fuerte; semejante a él no lo hubo jamás, ni después de él lo habrá en años de muchas generaciones. Delante de él consumirá fuego, tras de él abrasará llama; como el huerto del Edén será la tierra delante de él, y detrás de él como desierto asolado; ni tampoco habrá quien de él escape.”

    El pueblo había experimentado una catástrofe natural, y en un futuro le esperaba una catástrofe humana. No sabríamos decir cual es peor. Cuando la tierra gime y vemos las consecuencias, nos entristecemos, mas cuando es el ser humano el que se levanta contra otros seres humanos para herir y destruir, entonces deberían abrirse los ojos de nuestro entendimiento para reconocer que en verdad, la maldad reina en este mundo en el que vivimos. De un Edén hemos hecho un desierto. Y este deterioro no es obra de Dios, sino del pecado que prevalece.

    Mas esta vez, parece ser que el ejército que describe el profeta pertenece al Dios de Justicia. Parece ir explicando por el versículo 10 que estos eventos ocurrirán en un futuro, en el que Dios con su ejército hará temblar la tierra.
    “Y Jehová dará su orden delante de su ejército; porque muy grande es su campamento; fuerte es el que ejecuta su orden; porque grande es el día de Jehová, y muy terrible; ¿quién podrá soportarlo?”

    No tarda el texto en ofrecernos un desenlace a esta terrible imagen de guerra. Contrastando con el sufrimiento del conflicto, el versículo 13 ofrece misericordia y clemencia. Dios les llama a arrepentirse de todo corazón, y recibir la gracia del Todopoderoso. Dice:

    “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia.” y la bella afirmación del 18: “Y Jehová, solícito por su tierra, perdonará a su pueblo.”

    ¿De qué servía que mostraran arrepentimiento rasgándose los vestidos si su corazón no estaba arrepentido? Dios, como había dicho en múltiples ocasiones, les recuerda que Él está interesado en una conversión interior, y no solo en cambio de costumbres y muestras de congojas. Dios mira al corazón arrepentido y perdona sin reservas.

    Si fuera así de sencilla la resolución de conflictos aquí en la tierra….¡Pero en realidad lo es! ¡El arrepentimiento y el perdón deben estar presentes en nuestra vida diaria! y deberían ser tan automáticos como aquí se presentan. Que Dios nos ayude a reconocer nuestras faltas, y a perdonar a aquellos que nos lo piden.

    La destrucción y el conflicto no era el fin de la historia. Joel 2:21 al 25 continúa mostrándonos que todo esta tragedia acabaría para dar paso a una etapa gloriosa.

    “Tierra, no temas; alégrate y gózate, porque Jehová hará grandes cosas. Animales del campo, no temáis; porque los pastos del desierto reverdecerán, porque los árboles llevarán su fruto, la higuera y la vid darán sus frutos. Vosotros también, hijos de Sion, alegraos y gozaos en Jehová vuestro Dios; porque os ha dado la primera lluvia a su tiempo, y hará descender sobre vosotros lluvia temprana y tardía como al principio. Las eras se llenarán de trigo, y los lagares rebosarán de vino y aceite. Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros.” (2:21)

    En todo este sufrimiento, y en toda esta restauración y alegría, el pueblo reconocería que Dios es único, que no hay otro, y que Él habita en medio de Su pueblo.

    Dios nos ha avisado que antes del día de juicio final habrá desastres naturales, habrá guerras y conflictos de todo tipo. Nos dice aquí: “Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.”

    Mas Dios nos ha avisado ya y debemos entender que todo esto será pasajero, señales de que el día final se acerca, y su gracia salvadora todavía está disponible a todo aquel que invoque Su nombre.

    El libro acaba con una sección sobre la liberación del Señor. Él derramaría su Espíritu, traería juicio a las naciones, y traería verdadera liberación a Su pueblo. Los judíos que lo oían se maravillarían de estas promesas de liberación. Es más, todavía aluden a ellas y esperan la liberación. Mas, ¿sabes que el Señor ha abierto la oferta de liberación a cada persona que ponga su confianza en Él e invoque su nombre? El capítulo dos acaba con un versículo que es citado en el nuevo testamento para ofrecer salvación a los gentiles, aquellos que no son parte del pueblo de Israel. Dice así: “Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.”

    ¿Y qué si tú eres parte de ese remanente al que Él ha llamado? ¿Te has parado a escuchar Su voz? “Si oyeres hoy su voz”, leemos en la carta a los Hebreos, “no endurezcas tu corazón.”

    Asegúrate de que tu nombre esté inscrito en la lista de los que en el día del juicio final, habrán saldado las cuentas con Dios por medio de la gracia salvadora de Cristo, derramada en la cruz para la liberación del alma.

  • Para terminar el Antiguo Testamento nos queda leer doce pequeños libros proféticos, escritos por hombres escogidos por Dios para compartir el mensaje divino al pueblo de Dios y a otros pueblos de alrededor. Algunos de estos son contemporáneos de los profetas mayores que ya hemos visto. Algunos profetizaron en el reino del norte y otros en el reino del sur. Algunos comunicaron el mensaje de Dios en de los tiempos anteriores a la conquista de las diez tribus de Israel, otros después. Y todos proclamaron mensaje de juicio de Dios y de la esperanza gloriosa que hay en el Santo Dios.

    Al estudiar la profecía de estos libros vamos a aprovechar para hacer un repaso de la historia que ya hemos visto y concluir el mensaje que Dios dejó al mundo siglos antes de que enviara a Jesús el Salvador. Nuestro estudio del Antiguo Testamento nos llevará a completar este año de estudio de la Biblia. No hemos llegado a la segunda mitad de las Escrituras este año, pero espero poder estudiarlo en el año entrante y me encantaría que me acompañaras. Todo lo visto durante este año nos ha preparado para poder entender mejor la segunda parte de la Palabra que Dios nos ha dado para que podamos conocerle.

    Hagamos un repaso histórico de lo que hemos visto a través de este año sobre el pueblo de Israel y la tribu de Judá, para ubicar a estos siervos de Dios en su contexto histórico y hacer que todo lo que hemos visto hasta ahora cobre aún mayor sentido.

    Dios prometió a Abraham que de su simiente saldría una nación, la cual sería numerosa como la arena del mar y como las estrellas del universo. El pueblo elegido por Dios para llevar Su nombre vino a partir de Isaac, el hijo de la promesa, y su hijo Jacob tuvo un cambio de nombre, de donde el pueblo de Dios fue llamado Israel hasta hoy día. Israel vivió años de relación con Dios teñidos por la continua desobediencia del pueblo, en medio de la cual Dios siempre tendió la mano al arrepentimiento de su pueblo y la renovación de esta relación. Dios los sacó de innumerables desastres en los que el pueblo se metía por su rebeldía. Viendo que los pueblos de alrededor tenían reyes que los dirigían, el pueblo pidió rey, y tras la advertencia de Dios de lo que esto significaría para ellos, les dio a Saúl como primer rey de Israel. Tras él les dio a David, un hombre que a pesar de sus fallos, buscaba agradar a Dios; después de él reinó Salomón, el cual edificó el mayor templo que Jerusalén jamás ha visto.

    A la muerte de este, y con Roboam en el trono, el reino se dividió tras una guerra civil, en el 922 aC, dejando a la tribu de Judá, la de la linea del rey David, al sur del territorio y las otras tribus al norte, bajo el nombre de Israel. De ahí en adelante vemos que los reyes del pueblo de Dios se solapan, los de las tribus de Israel por un lado y los de la tribu de Judá (junto con Benjamín) por otro. Es aquí donde es fácil perderse con tantos reyes a uno y otro lado.

    Durante años Dios había hablado a su pueblo a través de varios profetas : Samuel, Natán, Jehú, Elías, Micaías, Eliseo y algunos otros. Cuando vimos los libros de historia de los Reyes presentamos algunos de estos profetas y sus mensajes.

    A partir del 790 aC, durante el reinado de Joás en Judá y el rey malo que llevaba el mismo nombre en Israel comenzamos a ver a los profetas cuyos libros aparecen en la sección profética de la Sagradas escrituras. Probablemente durante esta época se escribieran los libros de Joel y Abdías, aunque estos dos libros no están fechados y hay quien los quisiera colocar más tarde. Joel proclama el juicio venidero para Israel y Abdías anuncia juicio sobre Edom, los descendientes de Esaú, por regocijarse en la desgracia de Israel.

    Casi un siglo más tarde, para el 790 aC, el profeta Jonás, en el reino del norte, fue enviado a predicar a Nínive, capital del imperio Asirio, para avisarles de que si seguían con su pecado, serían destruidos, pero que si se arrepentían, Dios mostraría misericordia. Puesto que los asirios eran enemigos del pueblo de Dios, y conocidos por su crueldad, el profeta Jonás no quería ir, y vemos que huyó para no ir a predicarles, pero después de un encuentro con Dios fue a dar el mensaje y el pueblo de Nínive se arrepintió.

    Setenta años después, sin embargo, en el 722 aC, Asiria conquistó el reino del norte. La violencia e injusticia que reinaba antes de que Nínive se arrepintiera había resurgido, y un siglo y medio después del mensaje de Jonás, el profeta Nahúm traía profecía de la destrucción de esta nación violenta e injusta. Esta vez, no hubo arrepentimiento y el juicio vino sobre Nínive.

    Amós, Oseas y Miqueas profetizaron en la misma linea que Isaías durante el siglo VIII aC, antes de la caída del reino del norte. Amós vivió unos años antes, alrededor del 760 aC al sur de Israel; Oseas vivió en el norte, por el 750 aC. Ambos traían mensajes de amonestación al pueblo de Israel. Amós enfatiza la práctica de la justicia, y cómo un pueblo que confiesa a Dios debería demostrar justicia y equidad. Les dice que si tuvieran una relación con Dios, vivirían una vida justa y sin hipocresía. Como no vivían así, una nación poderosa vendría y traerían el día del juicio contra ellos. Oseas presentó su mensaje con su propia vida, mostrando cómo Israel ha sido infiel a Dios, mas Dios, en su misericordia, perdonará y rescatará a Israel.

    Miqueas vivió por el 740 aC. Isaías ya estaba ejerciendo su ministerio en Jerusalén en esta época, durante el reinado de Jotán, Acaz, Ezequías y Manasés. Entendemos que el profeta Miqueas fue contemporáneo de Isaías, también al sur de Israel, pero no en Jerusalén. Miqueas profetizó juicio, exponiendo la idea de que el juicio de Dios es necesario y justo, mas por la gracia de Dios es pasajero; sin embargo, su bondad y misericordia son eternas, presentes incluso durante el mismo castigo.

    La situación histórica donde ejercieron su trabajo estos cuatro profetas era similar, justo antes y durante la conquista de las tribus de Israel por el ejército asirio. Asiria invadió el territorio de Israel y se llevó cautivas las tribus del norte como los profetas habían anunciado.

    La dispersión de las diez tribus del norte debería haber sido una lección de advertencia para las tribus del sur. Isaías ya había avisado de que Asiria conquistaría Israel, y lo había hecho, pero también había advertido que Babilonia destruiría Jerusalén si Judá no se volvía a Dios. Y Judá mantuvo su postura rebelde.

    Durante un siglo más, del 650 al 550 antes de Cristo, Dios mandó a Judá profetas que les exhortaran a buscar a Dios, advirtiendo de la destrucción que se les venía encima. Sofonías, Jeremías, Habacuc, Daniel y Ezequiel estuvieron durante este tiempo predicando la palabra de Dios a un pueblo que no quiso escuchar. Babilonia vino, llevando cautivos a muchos y destrozando Jerusalén. Daniel y Ezequiel, desde el exilio, en Babilonia, continuaron compartiendo el mensaje de Dios a su pueblo, dejando preciosas promesas para aquellos que pusieran su fe en Dios.

    Durante este tiempo vemos por ejemplo que el rey Josías, al encontrar la palabra de Dios intentó hacer reformas en el pueblo desde el gobierno, mas los cambios no llegaron al corazón de la gente. Después de este, Joacim rechazó el mensaje de Jeremías quemando el rollo que contenía los escritos. Menos mal que Dios le volvió a dar el mensaje al profeta y su escriba Baruc lo volvió a escribir.

    Hageo y Zacarías profetizaron cuando los persas controlaban el territorio de Israel. Dieron el mensaje al pueblo que había vuelto a Jerusalén, y todavía no había reconstruido el templo. Vemos la historia de estos acontecimientos en los libros históricos de Nehemías y Esdras, animando al pueblo a buscar a Dios seriamente y organizar sus prioridades, porque el rey Mesías vendría.

    Malaquías, el último de los profetas del Antiguo Testamento presentó su mensaje alrededor del 450 aC. cien años desde el regreso de los exiliados de Babilonia a Jerusalén. El pueblo se había establecido en la tierra, y se había acomodado, dejando a Dios de lado. La generación que había construido el templo bajo el liderazgo de Nehemías, Esdras y Zorobabel no había permanecido fiel a Dios. Tanto el pueblo como los líderes habían despreciado a Dios, no habiendo aprendido nada de los años de exilio. Tenían la promesa de un rey mesiánico que los salvaría y los guiaría, mas estaban ciegos a sus propios pecados y necesidad. Zacarías había compartido con ellos las maravillas que esperaban al pueblo de Dios si se mantenían fieles, mas ellos vivían para agradarse a sí mismos, sin deseo ni esperanza de Dios. Malaquías exhorta al pueblo a volver a Dios y serle fiel, porque la promesa del Mesías, rey y profeta, estaba por venir, y ellos habían de esperarla.

    Durante los 450 años entre antiguo y nuevo testamentos, el territorio del pueblo de Israel pasó a estar controlado por muchos pueblos; estuvo bajo el control de Persia durante dos siglos, luego conquistó la tierra Alejandro Magno de Grecia. A su muerte, y con un imperio que se debilitaba, Siria y Egipto tuvieron control de la zona durante más de un siglo, y bajo los macabeos, hubo un periodo de independencia del pueblo judío que duraría alrededor de un siglo. Para el año 60 a.C. el territorio ya estaba bajo el dominio del imperio romano, donde se desarrollarían los eventos recogidos en los evangelios del Nuevo Testamento.

    Estos profetas que hemos visto y vamos a ver en detalle nos ayudan a ver la importancia de caminar con el Señor conscientes de quién es Él y quienes somos nosotras. Cuando vemos la cantidad de maneras en que hemos rechazado, traicionado y fallado a Dios y vemos cómo Él, fiel a su propio carácter, nos ha perdonado, limpiado y renovado, nuestra reacción debe ser humildad, agradecimiento y fidelidad a aquel que por amor, ha dado de sí para que podamos vivir una vida de esperanza y santidad en Él.

  • En el libro de Daniel vemos que la vida de oración del profeta era real y dinámica. Daniel reconocía que necesitaba tiempo con Dios para poder cumplir fielmente con todas las responsabilidades que tenía en su trabajo, y hacía de su tiempo a solas con Dios una prioridad inalterable. Daniel sabía que el Dios del cielo escuchaba sus oraciones, y este venía ante Dios sistemáticamente, tres veces al día, como leemos en el capítulo seis.

    Cuando Daniel oraba no recitaba interminables poesías, ni hacía vanas repeticiones. Vemos en el libro que Daniel hablaba con Dios; en el capítulo 2 y en el 9 vemos cómo consultaba con Dios lo que no entendía, para recibir sabiduría de Dios; vemos también que Daniel daba gracias por lo que Dios hacía (capítulo 2), confesaba sus pecados a Dios, (capítulo 9), e intercedía también por su pueblo pidiendo perdón y dirección.

    Y leemos que Dios escuchaba a Daniel y atendía a sus necesidades. En el Capítulo 11:12 Dios le dice: “Daniel, no temas; porque desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras”
    ¿Sabes que cuando oramos, el mismo Dios que escuchaba a Daniel nos escucha también a nosotras si vamos a Él con sinceridad y humildad?

    No solo oraba Daniel a Dios sistemáticamente, sino que se juntaba con otros para orar cuando tenía situaciones especiales, para que sus amigos oraran con él.

    En el capítulo 2, cuando Daniel informó al capitán enviado por Nabucodonosor de que interpretaría el sueño del rey, vemos que Daniel salió de la presencia del capitán, y fue a ver a sus amigos para pedirles que oraran con él en cuanto a este tema.”

    Ante la prueba, y con necesidad de sabiduría, Daniel fue a sus íntimos amigos para que oraran con él.

    Y nos dice el versículo 19 que Dios contestó estas oraciones, y “el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche, por lo cual bendijo Daniel al Dios del cielo.”

    Daniel no solo venía a Dios a pedir favores. Vemos que Daniel venía a Dios a alabarlo por su carácter divino y las contestaciones a las oraciones. Daniel 2: 20-23:

    “Daniel habló y dijo: Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos. Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz. A ti, oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo, porque me has dado sabiduría y fuerza, y ahora me has revelado lo que te pedimos; pues nos has dado a conocer el asunto del rey.”

    En humildad y agradecimiento, Daniel alababa a Dios por darle la sabiduría para entender y la fuerza para presentarse ante el rey. ¡Qué bendición ver que en su oración, Daniel reconocía que lo que había sucedido era de la mano de Dios, para dar gloria al Dios de poder y sabiduría. Esta actitud de humildad y agradecimiento contrasta con la soberbia demostrada por el rey Beltsasar, que lo llevó a su propia destrucción y a la llegada de los medos al poder.

    En el capítulo seis de Daniel, Darío el medo gobernada en Babilonia, y nos dice el texto que le pareció bien instituir 120 sápatras, o gobernadores de provincias, que gobernaran toda la tierra, y sobre todos estos puso a tres hombres, uno de los cuales era Daniel. Nos dice el texto que Daniel tenía algo especial que los otros no tenían, por lo que el rey estaba pensando ponerlo sobre todos ellos. Así fue que los otros, por celos, comenzaron a buscar alguna manera de condenar a Daniel. Estos hombres envidiosos buscaban ocasión para denunciar a Daniel por cualquier cosa, mas después de examinar su vida nos dice el versículo 4 que “no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él.” Por lo que concluyeron:: “No hallaremos contra este Daniel ocasión alguna para acusarle, si no la hallamos contra él en relación con la ley de su Dios.” (6:5)

    Estos hombres idearon un plan para destruir a Daniel. Incitaron al rey a que firmara un edicto irrevocable por el que durante 30 días nadie pudiera pedir nada de hombre o dios, excepto a Dario. Y aquel que rompiera este edicto, sería echado al foso de los leones. Sin embargo Daniel mantuvo su compromiso con Dios, decidiendo como habían hecho sus amigos que era mejor obedecer a Dios que a los hombres. Nos dicen los versículos 10-11 que “Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes. Entonces se juntaron aquellos hombres, y hallaron a Daniel orando y rogando en presencia de su Dios.”

    Fueron estos y lo denunciaron ante Darío, y cuando este vio lo que los compañeros de trabajo de Daniel estaban intentando hacer, nos dice el texto que intentó librar a Daniel todo el día. Mas estos hombres habían sido astutos en su planificación, y le recordaron al rey que el edicto que había firmado era irrevocable y no lo podría cambiar. Lo tenían atrapado y Darío tendría que echar a Daniel al foso. Cuando el rey, para su pesar, se vio obligado a enviar a su mejor gobernador al foso donde leones hambrientos esperaban para devorarlo, le “dijo a Daniel: El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre.”
    Esto no era un comentario sarcástico como el que se oyó en la cruz cuando dijeron a Jesús: “¡sálvate a ti mismo! ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz! (Mateo 27:40) Darío deseaba de corazón que Daniel no muriera, y sabía que Dios podría librarlo. Puede que hubiera oído de cómo Dios había librado a los otros tres judíos que se mantuvieron fieles a Dios.

    Nos dice el texto que el rey Darío pasó la noche en vela, y cuando llegó la mañana, fue al foso donde habían echado a Daniel, “Y acercándose al foso llamó a voces a Daniel con voz triste, y le dijo: Daniel, siervo del Dios viviente, el Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, ¿te ha podido librar de los leones? Entonces Daniel respondió al rey: Oh rey, vive para siempre. Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo.” (6:20-22)

    Y el rey, viendo que aquellos hombres crueles habían planeado tal complot contra un hombre fiel y justo, echó a los que habían acusado a Daniel al foso de los leones, de donde nunca salieron. Y Darío el medo declaró:

    “De parte mía es puesta esta ordenanza: Que en todo el dominio de mi reino todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel; porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, y su reino no será jamás destruido, y su dominio perdurará hasta el fin. El salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra; él ha librado a Daniel del poder de los leones.” (Daniel 6:26-28)

    Y nos dice el texto que “Daniel prosperó durante el reinado de Darío y durante el reinado de Ciro el persa.”

    Daniel tenía claro que su tiempo personal con Dios sería una prioridad en su vida. Y así como vimos que Dios cuidó a los suyos cuando se mantuvieron fieles a Él, Dios cuidó a Daniel cuando este mantuvo su vida de oración como una prioridad no negociable.

    ¿Y si cada una de nosotras tomáramos tan en serio nuestro tiempo de oración? Los gobernadores del tiempo de Daniel fueron transformados y Dios prosperó a los suyos. Quizá si nos pusiéramos serios en la oración, veríamos un cambio en nuestros gobernadores. Sin duda, Dios quiere hacer maravillas en nuestras vidas y en las vidas de los que nos observan. Vivamos comprometidas a mantener una relación dinámica con nuestro Dios, y veamos lo que Dios quiere hacer en nosotras, y a través de nosotras.

  • El libro de Daniel nos muestra movimientos históricos que ocurrirían antes de que viniera el Mesías, y también habla de lo que ocurrirá al final de los tiempos, antes de su segunda venida.

    En el capítulo nueve, encontramos a Daniel intercediendo por su pueblo ante Dios. Daniel sabía que casi habían pasado los setenta años que Dios había dicho que estarían cautivos lejos de Jerusalén, y tomó el tiempo de pedir perdón a Dios por su pecado y el del pueblo. Mientras oraba a Dios, Daniel recibió palabra divina por medio del ángel Gabriel, el cual le habló del tiempo que pasaría desde el edicto que pronto daría Ciro, rey de Persia para la construcción del templo, hasta que Cristo diera su vida para redimir los pecados; y luego, tras un tiempo indefinido, lo que ocurriría durante los últimos días antes de la segunda venida de Cristo, al fin de los tiempos aquí en la tierra.

    El ángel le habló de setenta semanas, divididas en siete semanas, sesenta y dos semanas, y una semana. Los expertos están de acuerdo en que estas son semanas de años, cada semana representando siete años.

    Las primeras siete semanas representaban la construcción del templo, las siguientes sesenta y dos el tiempo hasta la llegada del Mesías a la tierra, y la última semana, la que precedería la segunda venida del Mesías. Creemos que la última semana de años profetizada en Daniel trata los siete años de tribulación que en un futuro nos llevarán al fin de los tiempos, cuando Cristo venga a reinar por la eternidad. Esto implica que los años desde Cristo hasta nuestros días son una pausa entre la semana 69 y la última semana que está por venir.

    Todo esto te puede parecer extraño; es posible que jamás lo hayas oído, pero es parte de las Sagradas Escrituras, y Dios nos lo ha dejado para que cuando los tiempos vengan, podamos ver Su mano en los acontecimientos y podamos entender algo de lo que ocurrirá mientras esperamos. Esto es un regalo de Dios, pues podría habernos dejado ignorantes, sin información ni aviso; pero Dios nos ha dado suficiente información para que podamos elegir cómo vivir para recibir una herencia eterna en los cielos.

    Permíteme leer unos versículos del capítulo 9, las palabras que el ángel habló a Daniel. (Daniel 9:24-27):

    “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.
    Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí;”

    En este texto leemos que Ciro daría permiso al pueblo de Dios de volver a Jerusalén y restaurar la ciudad y el templo. A partir de ahí pasarían 69 semanas de años, que el ángel divide en siete semanas y 62 semanas. Como comenté anteriormente, el primer periodo de siete semanas, 49 años, es lo que se tardó en la reconstrucción del templo, lo cual encontramos narrado en detalle en el libro de Nehemías. Las siguientes 62 semanas son los 434 años restantes hasta que en el año 30 dc Jesús inició su ministerio en la entrada triunfante en Jerusalén.
    Es precioso mirar estos eventos desde nuestra perspectiva histórica, porque podemos ver que los tiempos han encajado perfectamente.


    Daniel 9:26 nos anuncia que el Mesías moriría por los pecados del mundo, diciendo: “Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí” Este texto describe lo que Jesús sufrió en la cruz. Su vida no fue quitada por su causa, sino por la nuestra. Como indica el texto, Jesús murió, mas no por sí, sino por cada pecador en la historia de la humanidad, para que en Él cada persona que en Él crea pueda gozar salvación.

    Daniel 9 nos habla de una semana más que vendría. Siete años que vendrían precedidos por destrucción y guerra. De esto podemos leer en detalle en el libro de Apocalipsis, al final del nuevo testamento. Dice el texto en Daniel que “el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana (esto sería tres años y medio) hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador (entendemos que este es el Anticristo), hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador.” Lo que está determinado es la victoria de Mesías Rey y el juicio final sobre el desolador.


    Entendemos que estos siete años están aún por llegar porque Jesús dijo en Mateo 24:14-15: Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin…, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda).” Entonces vendrá el fin.

    Vivimos entre la llegada de Jesús cuando vino a morir durante el reinado del imperio romano, y la última semana que ha de venir antes de que Cristo vuelva para reinar.

    Sabiendo que muchísimos años pasarían desde la profecía que Daniel recibió y el cumplimiento de esta, Dios le dio a Daniel en los capítulos 10 y 11 algunos detalles de lo que habría de ocurrir, para que entendiera que, a pesar de que él no viviría para ver lo que sucedería, todo lo que Dios había dicho se cumpliría.

    En el capítulo 12 de Daniel, versículo 4 Dios da instrucciones al profeta diciendo: “Tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”

    Esta última parte es fascinante, porque parece describir perfectamente nuestros tiempos. “Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.” Los movimientos de personas se han normalizado como nunca antes en la historia de la humanidad, y la ciencia ha aumentado de forma exponencial, y seguimos buscando maneras de descubrir y mejorar. La cantidad de información disponible en nuestros tiempos es increíble.

    Pero según vemos en la última sección del libro de Daniel, quedan años de sufrimiento, de confusión y de angustia. Daniel confiesa que no entendía, y Dios le dijo: “Anda, Daniel, pues estas cosas están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin” Daniel 12:9 Básicamente le dice: no lo tienes que entender todo, pero has de saber que lo que está determinado, ocurrirá. Daniel debía continuar confiando en Dios, a pesar de no entender todo al detalle. Continúa diciéndole el ángel:

    “Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán.”

    En el último versículo, Dios le dice a Daniel: “tú irás hasta el fin, y reposarás, y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días.”

    Obviamente, le estaba diciendo a Daniel que él llegaría al fin de su vida y reposaría. Daniel ya era mayor. Había salido hacía ya 70 años de Jerusalén y había vivido toda su vida adulta en Babilonia. Su hora llegaba, y Dios le había dado un resumen de lo que sucedería hasta el día en que Cristo regresara a la tierra por segunda vez y estableciera su reino. Aquellos que no creen serán condenados, mas los que creemos y en Dios esperamos, puede que lleguemos al final de nuestros días sin ver el fin de los tiempos, pero como la promesa dada a Daniel por el ángel diciendo: “te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días,” tenemos asegurado que nos levantaremos para recibir la heredad eterna con Cristo al fin de los días.

    ¿Tienes tú esa seguridad? Dios dice que todo aquel que deposite su confianza en Cristo, recibirá esta heredad. Como dice el texto en el 12:10, “muchos serán limpios y emblanquecidos y purificados.” Eso me incluye a mí, gracias a Dios, y te puede incluir a ti también.
    Nos dice “Ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán.” Efesios 5:17 nos recuerda: “no seáis necios, sino entended cuál es la voluntad del Señor.” 2 Pedro 3:9 nos dice: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” Seamos entendidos y vayamos al Mesías para que nos limpie de nuestros pecados, y así estemos preparados para aquel día final, cuando todas estas cosas serán cumplidas.

  • Si te gusta la historia, te encantará estudiar el libro de Daniel para descubrir los diferentes reinos que pasaron por la tierra santa desde los tiempos de Daniel hasta los días de Jesús. Desde el imperio babilónico, pasando por los medos y persas, por Grecia y por el imperio romano, Daniel habla de los diferentes reyes y reinos.

    La profecía es un tema delicado, porque muchos han intentado jugar con el tiempo y eventos, e intentar adivinar lo que sucederá y cuándo. No es ese el propósito de la profecía Bíblica, y los que hacen esto, están jugando a ser Dios, cosa que Dios rechaza claramente. Solo Dios sabe los tiempos y acontecimientos. El propósito de la profecía divina es que, al verla cumplirse, podamos confiar en que Él es Soberano y todo lo que dice hace. El cumplimiento de la profecía nos debe dar paz y tranquilidad, sabiendo que en el que confiamos es fiel y verdadero.

    En el capítulo 2, el rey Nabucodonosor tuvo un sueño profético que Daniel había podido interpretar. El rey había soñado y había visto una imagen hecha de múltiples materiales; la cabeza era de oro, los brazos y el pecho de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, y los pies, parte de hierro u parte de barro. Mientras el rey miraba la estatua, una piedra fue cortada, pero no con mano de hombre, dice el texto, y desmenuzó la estatua, y la piedra “fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra.”

    Daniel no solo le dijo al rey lo que había soñado, sino que le dijo lo que el sueño significaba.

    La cabeza de oro fino era Nabucodonosor, mostrando su poder, su fuerza y su majestad. Babilonia tenía dominio sobre todo lo que le rodeaba, mas como todo, su reino pasaría. Después de este se levantaría otro reino inferior al suyo (39), y luego un tercer reino que dominaría toda la tierra (39). Un reino fuerte como el hierro desmenuzaría y quebrantaría todo a su paso (40), este estaría unido por alianzas humanas, pero era un reino dividido (41); como dice el texto, “en parte fuerte, en parte frágil” (42) Esto ocurriría a través de los años, pero sin duda venía, y Dios lo había revelado a Daniel y al rey.

    En el sueño, esta estatua era desmenuzada por una piedra cortada, no por mano humana, dice. y “la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra.”

    Este versículo y los que continuan anuncian el reino de Mesías: “Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre,” Este reino del que nos habla el versículo 44 es el reino eterno del Mesías.

    En la segunda parte del libro de Daniel tenemos abundante profecía sobre los siglos que vendrían y hasta el fin de los tiempos.

    El capitulo 7 nos narra un sueño de Daniel, donde cuatro bestias subían del mar. Vio Daniel un león, seguido de un oso, seguido de un leopardo y después se levantaba una bestia diferente y fuerte. Mas después de las bestias vio al hijo de hombre, que se acercaba al Anciano de días, que juzgaba la tierra, y a este le fue dado el dominio por los siglos.

    Al preguntar Daniel por la interpretación se le dijo: “Estas cuatro grandes bestias son cuatro reyes que se levantarán en la tierra.”
    Después recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre.”

    Un par de años más tarde, nos narra el capítulo ocho que Daniel tuvo otra visión, en la que estas mismas verdades que estaban por suceder fueron representadas por un carnero y un macho cabrío. Estas tres visiones en los capítulos 2, 7 y 8 representaban los mismos eventos, los cuales vendrían con seguridad.


    La primera bestia del sueño en el capítulo 7 era un león alado. El león representaba a la Babilonia del tiempo de Daniel, siendo el león un símbolo común de Nabucodonosor y Babilonia. Surgía del mar una segunda bestia que era como oso, y se alzaba más de un lado que del otro; esta representaba el imperio medo-persa. En Daniel 8 es representada por un carnero con dos cuernos, uno mayor que el otro también, representando la fuerza superior de los medos sobre los persas. Una tercera bestia surgió después de esta, como un leopardo con cuatro cabezas, el cual en el capítulo 8 aparece como un macho cabrío con cuatro cuernos. Estos representaban el imperio de Grecia, con el ascenso de Alejandro Magno, cuyo imperio fue dividido en cuatro reinos menores a su muerte.

    La cuarta bestia de la visión, fuerte y poderosa, representa al imperio romano. Pero esta era diferente; nos dice que tenía diez cuernos en su cabeza. Un pequeño cuerno surgía de en medio de estos y tres de los diez cuernos desaparecieron. Daniel preguntó sobre esto, pues no lo entendía. La explicación fue: “los diez cuernos significan que de aquel reino se levantarán diez reyes; y tras ellos se levantará otro, el cual será diferente de los primeros, y a tres reyes derribará. Y hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la ley; y serán entregados en su mano hasta tiempo, y tiempos, y medio tiempo. Pero se sentará el Juez, y le quitarán su dominio para que sea destruido y arruinado hasta el fin, y que el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán.”

    Esto hablaba de persecución de los cristianos. Este cuerno, visto generalmente como el Anticristo que ha de surgir en los últimos tiempos, traerá tribulación sobre todo el que profese el nombre de Dios. De esto podemos leer en el libro de Apocalipsis, escrito muchos años después, cuando el apóstol Juan tuvo visión de los tiempos finales.

    Estas visiones e interpretaciones no tendrían mucho sentido para los que lo leían durante años, mas al pasar el tiempo y ver los acontecimientos históricos, se ha podido comprobar que la profecía se cumplió. Muchos han intentado decir que es imposible que esto lo escribiera Daniel, mas no hay ningún indicio de que esto no fuera escrito por el profeta siglos antes de que ocurriera. Nos cuentan los historiadores que era tan clara la profecía en el libro de Daniel, que cuando Alejandro Magno llegó a Jerusalén, los judíos que allí habitaban le dijeron que las Santas Escrituras hablaban de Él. Los judíos que conocían las Escrituras pudieron identificar a aquel que estaba cumpliendo lo que Daniel profetizó.

    Lo bello de la profecía del capítulo 7 y que coincide con la del capítulo 2 y del 8 también es que al final, el que reinará por la eternidad será la gran roca, Cristo, el hijo de hombre. Dicen los versículos 13-14 “he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.”

    Daniel tiene unos capítulos más de profecía que veremos, la cual puede resultar pesada para algunos. La profecía es complicada, y vemos que Daniel tuvo que preguntar y recibir interpretación. Hoy día, para entender estos capítulos, es necesario conocer bien la historia, pero es fascinante ver que cinco siglos antes de que Jesús naciera, y casi tres mil años atrás, ya se habían profetizado eventos que aún están por cumplirse.

    Nos dice el Señor en 2 Pedro 1:19 que tenemos la palabra profética más segura. Dios, que ha determinado los tiempos, mostró a Daniel lo que ocurriría en los siglos que seguirían, y que hasta ahora se ha cumplido a la perfección. Los planes de Dios no se trazan según las circunstancias, sino que el Dios eterno ha tenido un plan de redención y victoria eterna desde los siglos y hasta los siglos.
    A Él sea la gloria.

  • Hay dos narraciones en el libro de Daniel que nos muestran cómo Dios habló a dos reyes babilonios, dándoles la oportunidad de reconocer a Dios como soberano en la tierra. Estos reyes fueron Nabucodonosor, por una lado, y su descendiente, Belsasar, por otro. La reacción de estos hombres ante la mano de Dios en sus vidas nos muestran una verdad universal sobre la soberbia humana.

    En el capítulo 4 de Daniel, Nabucodonosor, rey de Babilonia nos narra su testimonio de su encuentro con Dios y de lo que esto produjo en su vida. El poderoso rey comienza así su narración:

    “Nabucodonosor rey, a todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra: Paz os sea multiplicada. Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo. ¡Cuán grandes son sus señales, y cuán potentes sus maravillas! Su reino, reino sempiterno, y su señorío de generación en generación.”

    Es bonito ver que un hombre tan poderoso reconociera la soberanía de Dios, pero si seguimos escuchando su historia veremos que no siempre había sido así. Ya sabemos que había conocido a Daniel, y había visto el poder de Dios con la revelación de su sueño. Tuvo también el encuentro con los tres amigos de Daniel, Sadrac, Mesac y Abednego, y vio el poder de Dios, e incluso reconoció que Dios merecía toda honra. Y ahora nos cuenta los acontecimientos que cambiaron su vida para siempre.

    “Yo Nabucodonosor estaba tranquilo en mi casa, y floreciente en mi palacio.
    Vi un sueño que me espantó, y tendido en cama, las imaginaciones y visiones de mi cabeza me turbaron.”

    El rey llamo a Daniel, y le contó su sueño para que se lo interpretara:

    “Me parecía ver en medio de la tierra un árbol, cuya altura era grande. Crecía este árbol, y se hacía fuerte, y su copa llegaba hasta el cielo, y se le alcanzaba a ver desde todos los confines de la tierra. Su follaje era hermoso y su fruto abundante, y había en él alimento para todos. Debajo de él se ponían a la sombra las bestias del campo, y en sus ramas hacían morada las aves del cielo, y se mantenía de él toda carne. Vi en las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama, que he aquí un vigilante y santo descendía del cielo. Y clamaba fuertemente y decía así: Derribad el árbol, y cortad sus ramas, quitadle el follaje, y dispersad su fruto; váyanse las bestias que están debajo de él, y las aves de sus ramas. Mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra, con atadura de hierro y de bronce entre la hierba del campo; sea mojado con el rocío del cielo, y con las bestias sea su parte entre la hierba de la tierra. Su corazón de hombre sea cambiado, y le sea dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos.”

    Cuando Daniel escuchó el sueño y supo su interpretación, nos narra el texto que se “quedó atónito casi una hora, y sus pensamientos lo turbaban.” ¿Cómo podría darle al rey la interpretación, siendo tan mala?

    Daniel “respondió y dijo: Señor mío, el sueño sea para tus enemigos, y su interpretación para los que mal te quieren.”

    Daniel no deseaba esto para el rey, y desde luego temía que cuando le diera la interpretación, el rey se enfadara con él.

    Mas se armó de valor y le dijo “El árbol que viste, que crecía y se hacía fuerte, y cuya copa llegaba hasta el cielo, y que se veía desde todos los confines de la tierra, …tú mismo eres, oh rey, que creciste y te hiciste fuerte, pues creció tu grandeza y ha llegado hasta el cielo, y tu dominio hasta los confines de la tierra.”

    Nabucodonosor se había hecho fuerte y muchos dependían de su provisión y protección. Era conocido y reverenciado. Sin embargo, como había visto en el sueño, del cielo vino la órden de que el árbol fuera cortado y destruido. Mas las raíces del árbol no serían destruidas. En el sueño, el tronco que quedaba después de cortar el árbol debía ser sujetado con hierro y bronce y dejado por siete tiempos.

    Daniel prosiguió: “te echarán de entre los hombres, y con las bestias del campo será tu morada, y con hierba del campo te apacentarán como a los bueyes, y con el rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere” (4:25).

    ¿Cuánto tiempo serían siete tiempos? No nos lo especifica el texto; podrían ser siete semanas, o quizás siete meses. Ese tiempo pasaría Nabucodonosor como una bestia del campo, hasta que reconociera que Dios es soberano y de él viene el poder. Daniel sabía que Dios haría aquello que había dicho, e instó a Nabucodonosor a arrepentirse de sus pecados y cambiar sus caminos, por si Dios tuviera misericordia de él.

    Pasaron 12 meses y nada había sucedido. Pero no porque Nabucodonosor hubiera cambiado. Lo encontramos en el versículo 29, “paseando en el palacio real de Babilonia y diciendo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?”

    ¿Has oído a alguien hablar con esa soberbia?….”mira lo que yo he hecho, ¿para qué dar gracias a Dios o pedir su ayuda? Yo he sido el que se ha esforzado, esto es el fruto de mi trabajo”—
    Nos dice el texto que aún estaba la palabra en su boca cuando una voz del cielo le dijo: “tu reino es quitado de ti”. Durante siete tiempos estaría aislado y viviría como una bestia del campo; su reino le sería devuelto cuando reconociera “que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere” (4:32). En el 34 nos narra el mismo rey: “Al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades.”

    Nabucodonosor había aprendido la lección. Podría haberla aprendido mucho antes, cuando vio a Daniel lleno del poder de Dios; podría haberla aprendido cuando vio a los tres amigos salir ilesos del horno de fuego por la poderosa mano de Dios. Pero aunque había visto la mano de Dios, no se había arrepentido para nueva vida. Tuvo que pasar adversidad hasta el punto de reconocer que Dios es Soberano. Al final del capítulo da testimonio de su conversión: “Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia.”

    En contraste vemos que su nieto, Belsasar, no respondió al mensaje de Dios, sino que se ensalzó a sí mismo en soberbia. Deducimos a través de la historia secular que Belsasar reinó junto a su padre Nabónido, el cual pasaba mucho tiempo fuera del reino. El capítulo 7 de Daniel nos cuenta la historia de cómo este corregente estaba haciendo fiesta en la corte, comiendo y bebiendo, cuando hizo traer las copas que habían robado del templo de Dios en Jerusalén. Sirvió sus bebidas en ellas, profanando así los utensilios santificados a Dios. Nos dice el capítulo 5:3-4 “fueron traídos los vasos de oro que habían traído del templo de la casa de Dios que estaba en Jerusalén, y bebieron en ellos el rey y sus príncipes, sus mujeres y sus concubinas. Bebieron vino, y alabaron a los dioses de oro y de plata, de bronce, de hierro, de madera y de piedra.”

    En ese momento una mano apareció escribiendo un mensaje en la pared de palacio. Nos dice el texto que “el rey palideció, y sus pensamientos lo turbaron, y se debilitaron sus lomos, y sus rodillas daban la una contra la otra.” Hizo traer a magos y adivinos caldeos, pero al no obtener explicación, llamaron al que estaba por encima de todos, a Daniel, a que interpretara lo ocurrido, y por ello le ofreció regalos y el tercer puesto en el reino.

    Daniel no buscaba premio del rey; fue directo a la tarea e interpretó para Belsasar el mensaje escrito milagrosamente en la pared.

    “El Altísimo Dios, oh rey, dio a Nabucodonosor tu padre el reino y la grandeza, la gloria y la majestad (18). Mas cuando su corazón se ensoberbeció, y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria” (20). Le contó lo que había ocurrido al rey Nabucodonosor, por si este ya no recordaba la historia reciente de su reino.

    Daniel continuó dándole la interpretación del texto: Dios había observado su reino, y lo había evaluado a él; había visto su soberbia, y había decretado el fin de su reino. Y el versículo 28 le declara, “Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas.” Esa misma noche Dario el medo invadiría Babilonia, y el rey de los caldeos vería la muerte. Él no había mostrado el corazón de arrepentimiento de su abuelo. Había oído de él. Después de todo, Daniel seguía siendo jefe en la corte; no había pasado tanto tiempo desde la transformación de Nabucodonosor. Belsasar no tenía excusa. Debía haber sabido que el Dios que su abuelo había abrazado era el rey Soberano al que él debía alabar, engrandecer y glorificar.

    Dos hombres orgullosos que respondieron de forma distinta a la amonestación de Dios. ¿Con quién te vas a identificar hoy? En el antiguo y en el nuevo testamento leemos que Dios puede humillar al que anda con soberbia, y que da gracia a los que ante Él se humillan. Te invito a reconocer la soberanía de Dios y disfrutar de Su gracia salvadora.

  • Vimos en el capítulo 1 de Daniel cómo Dios cuidó a Daniel, Sadrac, Mesac y Abednego cuando estos decidieron honrar a Dios con su dieta, y fueron fortalecidos y prosperados.

    En el capítulo dos del libro de Daniel pudimos leer la narración del evento que llevó a Daniel al puesto de jefe de los sabios de Babilonia y gobernador de la provincia.

    Nabucodonosor había tenido un sueño que ningún sabio de la corte había podido interpretar. Dios reveló a Daniel el sueño del rey y la interpretación del sueño, y este lo desveló a Naucodonosor.

    Nos dice el texto que Nabucodonosor respondió humildemente y dio gloria al Dios de Daniel diciendo: “Ciertamente el Dios vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los misterios, pues pudiste revelar este misterio.”

    Así es como Daniel había llegado a ocupar un puesto de liderazgo en el gobierno en Susa y cómo sus tres amigos, Sadrac, Mesac y Abed-nego llegaron a supervisar los negocios de la corte. Dios había cuidado de los suyos.

    ¿Se muestra siempre así el cuidado de Dios, haciendo que todos nuestros negocios vayan bien y poniéndonos en posiciones de honra? Veamos cómo Dios siguió cuidando a estos hombres que querían honrarlo.

    Nabucodonosor había prosperado y su reino era fuerte. Para celebrar su grandeza, hizo que fabricaran un monumento hecho completamente de oro, y la alzaron en honor al rey; en la inauguración, este pidió que se pregonara: “Así ha dicho el rey, que “al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado; y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo.”

    Dios había protegido a Daniel y a sus compañeros, los había exaltado a una posición acomodada, pero ahora estaban siendo probados de nuevo. ¿Se postrarían ante este ídolo, o permanecerían fieles al único Dios, Jehová? ¿Los libraría Dios en esta prueba?

    Sadrac, Mesac y Abednego rehusaron inclinarse ante esta estatua, y esto fue usado en contra de ellos por los caldeos que los odiaban. Leemos en Daniel 3:8,12 que “Algunos varones caldeos vinieron y acusaron maliciosamente a los judíos” diciendo “Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado.”

    Sadrac, Mesac y Abed-nego eran fieles a su Dios, y no iban a adorar una estatua, aunque esto significara deshonrar al rey. Para ellos era mucho más importante honrar al Dios del universo. No tenemos mención de Daniel en esta ocasión. Quizás estaba fuera de la ciudad supervisando algún asusto, o quizás no se esperaba de él que asistiera a tales eventos, pero vemos que no pudo hacer nada para ayudarlos.

    Fueron traídos los tres ante el rey Nabucodonosor, y este les dio un ultimátum para que se postraran ante la estatua y no perecieran en el horno de fuego que les esperaba, mas ellos respondieron: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado. (3:17-18)

    Ellos esperaban que Dios los librara, pero estaban dispuestos a morir si era necesario; habían determinado permanecer fieles.

    El rey, airado por la respuesta de los jóvenes, mandó que se calentara el horno siete veces más de lo que se solía calentar, y los sentenció a morir en el horno de fuego. “Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, sus calzas, sus turbantes y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo. Y como la orden del rey era apremiante, y lo habían calentado mucho, la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-nego.”

    ¿Puedes imaginar la escena? Estos tres fueron echados con toda su ropa aún puesta, y aquellos encargados de arrojarlos perecieron del calor que del horno emanaba. Y Nabucodonosor, que estaba observando todo lo que estaba ocurriendo, se alarmó cuando vio que dentro del horno había no tres, sino cuatro figuras humanas. ¿Quién podría ser el cuarto? Nabucodonosor, acercándose todo lo posible para no arder él, y quizás al mismo tiempo pidiendo que se bajara la temperatura, llamó a estos varones: “Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid.”

    ¿Qué estaba pensando el rey en estos momentos para hacer esta petición tan extraña? ¿Acaso le vino a la mente a Nabucodonosor el poder de aquel a quien servían estos jóvenes? Lo había visto anteriormente a través de Daniel y estaba a punto de volverlo a ver.

    Nos dice el texto que cuando el rey los llamó “Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron de en medio del fuego.” “Y se juntaron los sátrapas, los gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey, para mirar a estos varones, cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían. Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios” (3:27-28).

    Una vez más, Dios fue magnificado, y los jóvenes prosperaron en el reino de Nabucodonosor. Dios les había permitido pasar por la prueba, pero los había protegido y sacado con bien. Me pregunto lo que hablaron estos tres jóvenes esa noche, cómo oraron dando gracias al Señor, y lo que compartieron con Daniel una vez pudieron verlo. ¡Qué contentos estarían!

    En la primera prueba, la de la dieta, habían obtenido el favor del eunuco. En la segunda, cuando parecía que morirían por su compromiso con Dios, fueron protegidos y rescatados del fuego.

    A veces Dios nos libra de la prueba, otras nos hace pasar por ella y nos saca más fuertes. Así fue en esta ocasión.

    Sea de una u otra forma, debemos recordar que Dios siempre está con nosotros. Como la presencia de esa cuarta persona en el horno, cuando pasamos por la prueba, Dios nos acompaña.

    Si estás pasando por una prueba, quizás incluso por haber escogido hacer el bien en alguna situación específica, no dudes de la presencia y protección de Dios. Puedo pensar incluso en personas en la historia de la humanidad que permanecieron fieles a Dios y no pudieron salir con vida de la prueba, pero sabían, como estos tres hombres confirmaron al rey, que vale la pena mantenerse fiel, porque los hijos de Dios tienen asegurada una vida después de la muerte física, la cual nadie puede quitar.

    Siempre podemos confiar en que Dios nos cuidará hasta que estemos felizmente en Su presencia, y que nuestra lealtad a Él nunca será en vano. Siempre tenemos garantizada la recompensa de su compañía.