Episodios

  • Leemos en Mateo 9:35-37 que “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.”
    Vemos a través de este texto la actitud que Jesús tenía hacia aquellas multitudes que encontraba en ciudades y aldeas. La mayoría no eran personas interesadas en el evangelio que Jesús ofrecía. Venían a Jesús a ver si este les daría pan para comer o les sanaría sus dolencias. Y muchos otros, ni para eso. No querían saber nada de Jesús ni su mensaje.

    Mas Jesús jamás muestra desprecio hacia ellos, ni lo vemos con una actitud negativa. Nos dice claramente el versículo 36 que “tuvo compasión de ellas.” No tuvo compasión porque estuvieran enfermos, que algunos lo estaban. No tuvo compasión porque no tuvieran qué comer; algunos no tendrían. Dice que tuvo compasión de ellos “porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.”

    Sin duda, entre las multitudes en esas ciudades y aldeas había muchos que aparentemente no necesitaban nada de lo que parecía que Jesús podía ofrecer. Muchos estarían bien, contentos con las cosas materiales que poseían y disfrutando de buena salud. Mas Jesús, el que ve más allá de lo que ve el ojo, que ve el corazón de las personas, sabía que todos estos, los sanos, los enfermos, los ricos y los pobres, tenían algo en común: andaban por su cuenta, dispersos y desamparados, como las ovejas que no tienen pastor. El Buen Pastor caminaba entre ellos, y ahora tenían la oportunidad de formar parte de su rebaño.

    Jesús se dirigió a sus discípulos, porque quería que ellos también vieran a la gente a su alrededor del mismo modo compasivo con que Él las veía. Les dijo “la mies es mucha,” haciendo ahora alusión a los campos llenos de cultivo, “mas los obreros pocos; Rogad pues al Señor de la mies que envíe obreros a Su mies.” Jesucristo era Señor de la mies. Él podía recogerla toda él mismo o enviar a quien quisiera a segar todo ese fruto listo para ser recogido. Pero creo que quería que los discípulos vieran a las multitudes de manera positiva. Quería que los vieran con compasión y ellos también sintieran la urgencia de presentarles al Señor de la mies, de guiarles al Buen Pastor que podía darles el amor y la dirección que estos necesitaban, aún si estos aún no se habían dado cuenta.

    Es fácil mirar a nuestro alrededor; observar cómo la gente va de aquí para allá, envueltos en los quehaceres de la vida, liados en los afanes diarios, y desanimarnos al ver que no hay interés en la eternidad. Pero debemos ver a la gente como Jesús nos vio a nosotros, y sentir lo que Jesús sintió, compasión por las almas desamparadas y dispersas. Los seres humanos somos propensos a ir a menudo como ovejas que no tienen pastor, sin una dirección fija, sin un propósito de vida.

    Cristo invita a cada uno a fijarlo a Él como nuestro propósito de vida. El apóstol Pablo dijo en Filipenses 1:21 “para mí el vivir es Cristo.” No es que no hiciera otra cosa en esta vida. Vivía, trabajaba, tenía una vida social, metas que alcanzar, pero el enfoque de su vida era el Buen Pastor, y eso era lo que daba dirección y sentido a su vida. Yo no entiendo mucho de ganado, pero imagino que cuando una oveja pertenece a un redil, está confiada en que tiene un pastor que vela por ella y tiene buenos planes para ella. Entiendo más de seres humanos, y cuando por ejemplo una niña sabe que tiene a alguien que vela por ella, desea lo mejor para ella y daría lo que fuera por protegerla y cuidarla, puede vivir la vida confiadamente y realizar sus sueños con una seguridad que le da las fuerzas necesarias para enfrentarse a lo que venga.

    Cuando sabemos que el omnipotente y amoroso Dios es nuestro Pastor, que ha dado su vida para salvarnos, y vive para guardarnos, que se interesa por nuestro bienestar presente y eterno, podemos vivir esta vida con dirección y confiadamente. Y podemos ver a otros con el deseo de que ellos también tengan a Jesús como su Pastor. Ten compasión y ruega al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.

  • Al acabar el gran sermón del monte, donde Jesús había estado compartiendo toda esta enseñanza que hemos estado viendo, Jesús se encontró con diversas personas que necesitaban atención. Los que no habían subido al monte para escuchar la Palabra, venían a buscarle. Recordemos que Jesús no había venido para sanar al mundo de sus dolencias, pero leemos en Isaías 53:8 que el Mesías llevaría nuestras enfermedades, y sufriría nuestros dolores. A través de las sanaciones, Jesús mostró su identidad divina y su amor por la humanidad en términos que la gente podía entender.

    En el capítulo 8 de Mateo leemos que Jesús sanó a muchos enfermos y endemoniados que eran atormentados por espíritus malignos, para que esta profecía se cumpliera. Nos cuenta con más detalle su encuentro con un leproso, un centurión romano que vino a pedir ayuda para su siervo y la suegra de Pedro que se había enfermado y estaba en cama.

    Con estas historias podemos observar que Jesús no vino a alcanzar a una parte de la sociedad, sino a todas. Del leproso no sabemos mucho. En las sociedad judía, la inmundicia se evitaba, y un leproso representaba lo más inmundo. La ley establecía que si un leproso sanaba de su enfermedad, debía ir a ofrecer sacrificio al templo. Jesús se acercó a él, lo tocó, aun siendo inmundo, y después de sanarlo lo envió al sacerdote, pidiéndole que no dijera nada del encuentro con Jesús. Pero aún así, la voz se extendería, y muchos vinieron a Jesús a ser sanados.

    Al entrar en Capernaum, ciudad donde vivían Pedro y Andrés, se le acercó un centurión. Este romano junto con otros centuriones que vemos aparecer en los evangelios, había oído de Jesús y sabía de su poder. Su siervo, el cual sería judío, había sufrido alguna desgracia, ya que se encontraba en la casa paralizado y gravemente atormentado de dolor. Jesús se ofreció a ir a la casa y sanarlo, mas el centurión, mostrando su fe y respeto hacia el Señor Jesús, le dijo que no era necesario que fuera hasta allá. “Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.
    Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
    Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.” Mateo 8:8-10

    Este centurión entendía bien la autoridad de Jesús, y por eso le sobraba con que este diera la orden de sanación. Jesús lo puso de ejemplo de fe, mucho mayor que la fe que había visto en el pueblo judío.

    El tercer caso que encontramos en el capítulo 8 es la suegra de Pedro. Jesús se iba a hospedar ahí, y la pobre mujer, en lugar de poder atender a Jesús, estaba en cama, enferma. Me encanta la imagen, porque cuando ella quería hacer algo por Jesús, Jesús le mostró que Él estaba ahí para hacer algo por ella. Esta se sanó, y pudo atender a los invitados como ella había deseado.

    Jesús estuvo ahí para atender a judíos, a gentiles, a hombres y a mujeres. Lo vemos más adelante en la tierra de los gadarenos, sanando a un extranjero (Mateo 8, Marcos 5, Lucas 8), dando vida a la hija de un principal de la sinagoga, y una mujer afligida por flujo de sangre durante años. Estos, más importante que ver la mano sanadora de Jesús, tuvieron la oportunidad de conocer al Mesías salvador de pecados. Y es que el evangelio no es solo para algunos; el evangelio es para todos, y todos tenemos necesidad de Cristo. Estas personas sanadas, tiempo después de esta experiencia, todavía tuvieron que llegar al momento de la muerte, pero la salvación del alma por la fe depositada en Cristo es eterna.

    El evangelio aún es eficaz, y funciona para todo aquel que se acerque a Dios por fe. ¿Vendrás a Cristo para salvación?

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  • Jesús enfatizó en su enseñanza la importancia de la evidencia de una pertenencia a Cristo. Como ya hemos visto, a diferencia de lo que podríamos haber concluido según nuestra propia lógica, la Palabra de Dios enseña que no todo el que profesa conocer a Dios es en realidad hijo de Dios. Un verdadero hijo de Dios es aquel que, aceptando los términos de Dios, ha entrado al reino de Dios a través de la única puerta, el único camino, la única verdad, Jesucristo. Cualquier otra forma de entrada Jesús la calificó como asalto o usurpación. (Juan 10:9)

    Jesús, que conocía los corazones, sabía que el ser humano puede engañarse a sí mismo y establecer una base errónea para su fe.

    Entre las comparaciones que Jesús compartió para que aquellos que escuchaban pudieran entender esta enseñanza. Jesús contó la historia de dos hombres que edificaron sobre dos cimientos diferentes. (Mateo 7:24-29 y Lucas 6:46-49)

    En el texto de Lucas leemos que Jesús les dijo: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca.
    Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.”

    Jesús estaba presentando dos tipos de persona, representados por dos tipos de edificación. Dos personas habían edificado casas, aparentemente de características similares, pero sobre dos tipos diferentes de cimiento. Uno había edificado cimiento sobre la roca. Este había cavado hondo, hasta llegar a piedra firme, y ahí había anclado su casa. Probablemente llevó esfuerzo, determinación y horas de constancia, y todo esto antes de poder dedicar tiempo a lo que realmente se vería, su proyecto de vida, su casa. Pero la seguridad de que la casa estaría firme traería paz y tranquilidad en el descanso.

    La segunda persona probablemente llegó a construir su casa mucho antes que el primero, ya que no tomó el tiempo de cavar hondo para llegar a la roca firme bajo el suelo donde construiría. Mientras su vecino construía los cimientos que nadie vería, él estaba avanzando en sus proyectos, construyendo una preciosa casa que todos podrían admirar.

    Recordemos que las casas, una vez construidas, parecían de las mismas características, pero este último se había ahorrado el tiempo y esfuerzo en aquello que al fin y al cabo nadie podría ver, los cimientos.

    Cuando llegó la época de las lluvias, ambas casas fueron puestas a prueba. La lluvia cayó sobre ellas, con la tormenta que las trajo. El río creció, llegando a pegar a las casas con ímpetu, nos dice el texto. Y fue en esos momentos, los momentos de dificultad cuando la diferencia entre estas dos casas se hizo patente.

    Ante los ojos de los que pasaban, ambas casas eran iguales, pero la casa que no estaba cimentada sobre la roca no pudo aguantar los azotes de los desastres naturales, esos desastres que le vienen a uno y a otro sin excepción. La casa cayó, nos narra el texto, y fue grande su ruina.

    El mismo desastre azotó la casa del vecino, pero esta no se movió. Nos dice el texto que la tempestad “no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca.”

    Esas horas buscando la roca y cimentando en ella ahora se hacían evidentes. La diferencia entre el gran desastre de una casa y la resistencia de la otra no tenía otra explicación que la diferencia de cimientos. La roca salvó la casa.
    En múltiples textos en la Biblia Dios se identifica como La Roca, y el salmista escribe en el Salmo 73: “Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” Cuando estaba pasando por dificultades, Dios era la roca que lo mantenía firme.

    La enseñanza de Cristo está claramente basada en la obediencia a la Palabra de Dios. La diferencia entre estos dos hombres era que uno oía la Palabra pero no la ponía en práctica. Este no pudo resistir la prueba; todos sus esfuerzos en edificar fueron derribados por las tormentas de la vida. Mas el que oía la Palabra y hacía aquello que Dios le indicaba, anclando su vida en la Roca, este pudo disfrutar del fruto de su trabajo, porque estaba anclado en Cristo, la Roca de la Salvación. Que Él sea nuestra Roca; que nuestra vida esté anclada en Cristo.

  • El Señor Jesús enseñó que no todo el que profesa el nombre del Señor lo conoce de verdad. Con la alusión al fruto natural de los árboles nos mostró cómo identificar si en realidad hay vida o no. Y es que es posible que alguien piense que conoce a Dios, pero que se haya creado su propio concepto de Dios. La pregunta importante sería: ¿Te conoce Dios a ti? Claro, decimos que Dios lo sabe todo y conoce a todos, pero la pregunta es: ¿Te reconoce Dios como suyo?

    Mateo 7:22-23 nos narra un evento futuro muy triste. Dice el Señor:

    “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.”

    ¿Recuerdas la enseñanza sobre los milagros? Aquí dice Jesús que algunos están basando su confianza en obras que estos hacen. Algunos incluso hablan y profetizan, pero como dijo Jesús, muchos vendrán con su currículum ante Dios para recibir una triste respuesta: “nunca os conocí”.
    El pastor conoce sus ovejas, nos dice Juan 10:14-15: Dijo Jesús “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.”

    Jesús afirma: “yo conozco al Padre, y el Padre me conoce” y de igual modo “yo conozco a los que son míos, y ellos me conocen” Es un reconocimiento y conocimiento mutuo. Es una relación bidireccional y activa. Cristo ha puesto su vida para que sus ovejas sean salvas, y no se olvida de ninguna de ellas. Las ovejas a su vez lo reconocen como su Pastor y le siguen. Aquellos que son de Dios hacen lo que a Dios le agrada.


    Mateo 7:21 afirma: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”

    Lucas 13:25-27 contrasta aquellos que quieren entrar por la puerta grande al cielo, y aquellos que pasan por la estrecha. Algunos se quejaban: “Señor, son pocos los que se salvan” Mas Jesús les dijo: entrad por la puerta estrecha. ¿Qué es esta puerta?

    En Juan 10:9 Jesús declara: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo” El versículo 1 de Juan 10 dice “El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador.”

    No todos los caminos llevan al cielo. En Juan 14:6 dice el Señor Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”

    Sé que en este mundo de relativismo, es fácil condenar los absolutos y querer crear una realidad alternativa. Pero Dios se presenta en la Biblia como absoluto: Él dijo: “El camino, la verdad, la vida, la puerta,...” No es una de muchas. Él marca las condiciones de pertenencia, y solo aquellos que pasan por Cristo son ovejas de su redil.

    Asegúrate que no estás viniendo a Cristo en tus propios méritos. Asegúrate que vienes por medio de los méritos de Cristo, el Buen Pastor que “pone su vida por sus ovejas y conoce a sus ovejas.”

  • ¿Qué sucede cuando alguien dice ser cristiano y no vive conforme a los principios que vemos reflejados en la Biblia? Lo cierto es que uno no puede afirmar ni negar el arrepentimiento de otra persona o la sinceridad de la fe de otro. Pero Jesús enseñó que al igual que en la naturaleza, al árbol se le conoce por su fruto, podemos deducir lo que hay en el corazón de una persona por sus acciones y reacciones. Lucas 6:43-45 dice así:

    Lucas 6:43-45 “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.”

    A partir de este texto podemos aprender dos lecciones. En primer lugar, deberíamos poder ver en otros si su fe es verdadera, porque sus frutos, esto es, sus acciones y reacciones están en armonía con lo que Cristo modeló y la Palabra de Dios enseña.

    De este modo, aunque una persona puede decir que conoce a Cristo, si sus obras son malas, si no muestra amor por el prójimo, si no trata a otros como espera que se le trate a él, si reacciona al mal con mal, está dando evidencias de no tener el Espíritu de Cristo en su interior. Así como la higuera debe llevar higos, aquellos que tienen el Espíritu Santo en ellos deben llevar el fruto del Espíritu Santo. ¿Y cuál es el fruto del Espíritu? “Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”. Si no vemos el fruto del Espíritu Santo en una vida, podríamos justamente dudar de la salvación de esta persona. Esto que en un principio suena como una práctica negativa puede resultar en una muestra de amor para esta persona. Porque lo peor que podría ocurrirle a cualquiera es que pensara que por algún rito que ha realizado en cierto momento o por una afirmación puntual en defensa de Dios ya va de camino al cielo. Nadie es salvo por sus prácticas religiosas o sus confesiones verbales. Solo el arrepentimiento genuino sellado con la fe en la obra salvadora de Cristo en la cruz puede asegurar la salvación de una alma. Cuando dudamos de la salvación de una persona, le hacemos un bien tratándolo como alguien que aún no ha experimentado la salvación en Cristo. Si lo tratamos como un cristiano, no le estamos dando la oportunidad de arrepentirse y comenzar una nueva vida en Cristo.

    Sin embargo, dándole la vuelta al asunto, podemos encontrar una segunda lección en este texto. Si nosotras decimos que somos cristianas, deberíamos examinarnos a nosotras mismas, y pedirle al Espíritu Santo que nos muestre claramente que realmente somos fieles seguidoras de Cristo. Si nuestras acciones no muestran el fruto del Espíritu, o si reaccionamos de forma contraria a cómo Jesús reaccionó a las injusticias ¿cómo podemos saber que éste mora en nosotras? ¿es posible que no sea el rey de nuestra vida? ¿Es posible que sí lo hayamos conocido, pero que quizás tengamos al Espíritu Santo tan olvidado y contristado, como dice Efesios 4:30 que no hay evidencia de salvación en nuestra vida? El salmista pidió a Dios en el Salmo 139: 23-24: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.”

    Esta es una muy buena oración. Hacemos bien en examinarnos y en pedir a Dios que nos examine periódicamente. Si no estamos siendo una luz clara, debemos arrepentirnos de nuestra desobediencia y permitir que el fruto del Espíritu Santo brote en nuestras vidas.
    Que nuestro fruto sea fruto de arrepentimiento, (Mateo 3:8; Lucas 3:8) y el fruto del Espíritu sea obvio en nuestras vidas, de modo que se nos pueda identificar como verdaderas seguidoras de Cristo.

  • No juzguéis, para que no seáis juzgados

    Mateo 7:1 comienza con esta enseñanza. ¡Qué poca gracia nos hace que la gente nos juzgue, sobre todo si no nos conocen bien. ¿Qué sabrán ellos de nuestras motivaciones o nuestras intenciones?

    Sin embargo, muy fácilmente juzgamos los hechos de los demás. Sacamos conclusiones a partir de alguna acción, e imaginamos lo que la persona estaba pensando sin siquiera hablar con ella. Podríamos afirmar que en muchas ocasiones nuestras conclusiones no serán acertadas, y no hacemos bien en intentar ser Dios. Recordemos que nosotros no podemos saberlo todo, y por lo tanto no tenemos todos los datos para juzgar correctamente.

    Sin embargo, Juan 7:24 nos anima a juzgar juicio justo. ¿Juzgamos o no juzgamos? Todo depende si podemos juzgar justamente. Quizá el secreto esté en cómo juzgamos.

    Jesús nos recuerda que nos es fácil notar un trozo de paja en el ojo de otro mientras nosotros vamos por ahí con una viga incrustada en el nuestro y ni nos damos cuenta. ¡Menuda metáfora más exagerada nos presenta el Señor en Mateo 7 y Lucas 6, ¿verdad? ¿Cómo podría ser eso?

    Suele ocurrir que las personas critican a otros por aquello con lo que ellos mismos tienen problemas. Solemos trasladar nuestros malos pensamientos y acusar a otra persona de tener malas intenciones. Nuestra propia malicia acaba siendo lo que creemos ver en el otro. Jesús continúa diciendo que si observamos que el de al lado tiene una falta (un trozo de paja en el ojo), que nos examinemos nosotros primero, arreglemos nuestras faltas primero, entonces, y solo entonces podremos ayudar a otro a identificar y superar sus faltas.

    Curiosamente, cuando hacemos esto, estamos juzgando justamente, o correctamente; vemos que hay algo que nuestro amigo tiene que arreglar, pero no lo estamos haciendo ya de forma negativa. Al haber juzgado nuestro estado primero, hemos podido quitar de nuestro ojo aquello que nos podría cegar, y ahora podemos ayudar al amigo a través de un proceso basado en el amor y no el odio.

    Ahora bien, Jesús advierte que no toda persona a la que intentes ayudar va a reaccionar correctamente. Aunque lo hagas de la forma correcta, es posible que alguno reaccione mal a tu ayuda. En cuanto a esto Jesús dijo en Mateo 7:6 “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.”

    Esta es otra metáfora que nos ayuda a visualizar la enseñanza. Un perro no puede apreciar las cosas santas, un cerdo no es digno de perlas, y uno que desprecia el consejo y la corrección no es merecedor de este. Si vas a alguien con una buena motivación y buenos modales, para ayudarle con algo que necesita arreglar, y esta persona responde de forma violenta o con desprecio, haces bien en dejar el asunto al Señor, porque Él juzga justamente, como nos dice 1 Pedro 2:23. Incluso el señor Jesús y sus discípulos experimentaron este rechazo, como nos narra Marcos 6.

    Juzguemos justo juicio, pero hagámoslo con prudencia, porque solo Dios puede juzgar justamente. Examinemos lo que tenemos delante, asegurándonos que nuestra actitud es correcta y nuestro ojo está limpio por la gracia de Dios. Y así podemos intentar ayudar a aquellos que en humildad quieran ser ayudados. Esto es una actividad cristiana que podemos desarrollar unos con otros y practicar para ayudarnos unos a otros, para edificarnos en la fe.

  • Puede que pienses que la ansiedad es un mal del siglo XXI, pero no es así. Parece ser que el ser humano ha sufrido momentos de afán y ansiedad desde que Adán desobedeció a Dios y eligió el camino de perdición. Imagino que cuando Dios bajó esa tarde a conversar con ellos y se intentaron esconder, experimentarían por primera vez ese sentimiento que pellizca el estómago y hace difícil la respiración.

    Como humanos, muchas situaciones nos afectan de modo que despiertan en nuestro interior temores o inquietudes que afectan a nuestro cuerpo físico. Podemos sentirlo en los órganos del cuerpo, o podemos notarlo en las articulaciones. La verdad es que muchas veces el afán o ansiedad acaba manifestándose físicamente antes de que seamos conscientes de lo que estamos experimentando mentalmente. La verdad es que el estudio personal de las emociones y su manifestación en el propio cuerpo es muy interesante.

    El salmista, siglos antes de que Jesús viniera a la Tierra, comparte sus momentos de ansiedad y cómo los solucionaba yendo a la presencia del Altísimo.

    Jesús, en su enseñanza recoge este tema y habla a las multitudes ahí reunidas. Lo podemos leer en Mateo 6 y Lucas 12. Dice así en Mateo:

    “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

    26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?
    27 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?
    28 Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan;
    29 pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos.
    30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?
    31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?
    32 Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.
    33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
    34 Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.

    En primer lugar, Jesús trata la realidad de nuestro afán por lo que hemos de comer, beber o vestir. Muchas veces no dedicamos mucho pensamiento a estas decisiones, pero hay ocasiones en que las necesidades básicas de la vida se hacen motivo de ansiedad. Jesús dice: “la vida es mucho más que el comer y el cuerpo más que el vestir” y procede a darnos el ejemplo de las aves. Estas no trabajan el campo, no esperan la cosecha, pero Dios mismo las alimenta. Si Dios cuida de las aves, ¿cómo no va a cuidar de mí?
    Da otro ejemplo, el de los lirios del campo. Si a estos que son mucho más efímeros que nosotros, Dios los viste de hermosura, ¿por qué nos preocupamos por lo que vestiremos?

    En segundo lugar, Jesús relata un hecho muy significativo; esto es que el afán no puede producir la solución al problema. Jesús dice: “por mucho que te afanes, no vas a aumentar tu estatura.” Hay situaciones que no podemos controlar, y por estas nunca deberíamos afanarnos. Podemos ocuparnos en resolver aquellas cosas que están a nuestro alcance, y aquello que está fuera de nuestro control, deberíamos dejarlo en manos de Dios y no permitirnos el afán y ansiedad.

    El versículo 31 lo vuelve a repetir: “no os afanéis” y explica en el 32: porque “vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.” Si Dios es tu Padre celestial, puedes descansar en la promesa de que Él conoce tus necesidades.

    ¿Cómo debe afectar esta realidad a nuestras vidas? Jesús lo explica así:
    “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”

    De igual modo que había enseñado sobre las riquezas, vuelve a recordarnos que Dios ha de ser el Señor de nuestras vidas. Nada debe ocupar nuestro corazón por encima de Dios. Esto incluye el afán por lo que no tenemos o la ansiedad por lo que pretendemos controlar.

    Jesús dice: Puesto que Dios sabe nuestras necesidades y le hemos dejado a cargo de lo que quiera que sea que nos está intentando robar la paz en estos momentos, declara Dios “no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.

    No se trata de la filosofía del carpe diem, vive hoy, porque mañana moriremos, sino más bien, haz aquello que está en tus manos, sé diligente y prudente, pero no dejes que el afán de lo que aún no es realidad te robe la energía que debes usar hoy. No te afanes por lo que piensas que puede ocurrir mañana, porque no podrás afrontar las luchas de hoy, ni disfrutar de lo bueno de este día.

    Uno de mis versículos favoritos es Eclesiastés 9:10: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría.” El sabio Salomón anima al lector a aprovechar el día, sabiendo que nuestra vida aquí en la Tierra es limitada; a vivir activamente, pero confiando en Dios.

    El afán y la ansiedad son síntomas de desconfianza. Cuando los detectes en tu cuerpo o en tu mente, llévalos ante Dios, al trono de la gracia. Cuando dejes tus cargas a sus pies, podrás correr con energía la carrera que tienes por delante.

  • Jesús enseñó en Mateo 6:24 “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.”

    ¿Quiere decir esto que para ser un buen cristiano hay que prescindir de bienes materiales o tomar un voto de pobreza, como algunos han sugerido?

    No necesariamente. Veamos qué más dice la Biblia sobre las riquezas.

    Proverbios 27:4: Porque las riquezas no duran para siempre, ¿Y será la corona para perpetuas generaciones?
    Como leemos en Mateo 6: 19-20, las riquezas terrenales son efímeras; se pueden desvanecer o nos las pueden quitar. Ni las riquezas ni el poder son para siempre.

    En Marcos 4:19 leemos que las riquezas pueden engañar al que las posee, porque como dice también Proverbios 10:15 “Las riquezas del rico son su ciudad fortificada”; uno puede poner su confianza en ellas y pensar que nada le puede tocar.

    Aprendemos en la Biblia que se pueden usar las riquezas de forma que agrada a Dios. Lucas 16:9 nos recuerda que podemos ganar amigos por el buen uso de las riquezas, y tenemos ejemplos en la Biblia de personas de dinero que sirvieron a Dios con sus vidas, entre ellos Marta, María y Lázaro, amigos de Jesús. Podemos concluir que las riquezas no son ni buenas ni malas, a menos que las riquezas se hayan ganado de forma deshonesta.
    Cuando Proverbios 28:6 dice: “Mejor es el pobre que camina en su integridad que el de perversos caminos y rico.” No está diciendo que el pobre es mejor que el rico, sino es mejor el que camina en integridad que el de perversos caminos. Como seres humanos podemos juzgar a alguien como más importante cuando tiene más riquezas, pero a Dios le interesa la integridad.

    El rico insensato del que Jesús habla en Lucas 12 hizo mal, no porque prosperó en su negocio, sino porque puso su confianza en sus riquezas, y como nos recuerda el versículo 21 no se hizo rico para con Dios.

    La Palabra de Dios no enseña que el pobre esté más cerca a Dios que el rico. Cuando dice Cristo en Mateo 19:24 “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” no está diciendo que es imposible. Recordemos que sería imposible que cualquiera de nosotros pudiera entrar en el reino de Dios. Es solo por la obra de Dios que cualquier ser humano que en Él cree puede entrar en Su reino. Jesús comenta que las riquezas pueden robarnos el corazón, y como el versículo 24 de Mateo 6 nos dice, si hacemos de las riquezas nuestro dios, no podremos servir al Dios verdadero. Ninguno puede servir a dos señores,...No podéis servir a Dios y a las riquezas.”

    ¿Cómo entonces debemos ver las riquezas?
    Como un regalo de Dios, como la buena salud, un buen intelecto, o cualquier otro don que Dios nos haya dado. Se podría decir que lo que poseemos no debe poseernos, sino que debemos usarlo para servir a Dios mejor.


    Como David dijo en el salmo 62:10 “si aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas.”

    Este principio se ve resumido en la primera carta a Timoteo 6:17 donde dice: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos.”

    El gran mandamiento dice: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.”

    Dios ha de ser nuestro Señor, y las riquezas, sean escasas o numerosas, deben ocupar un lugar muy inferior en nuestras vidas, y nunca deben tomar el lugar de Dios llegando a ser nuestra fuente de confianza o robarnos el tiempo y la atención que solo Dios merece.

    ¿Tienes riquezas? Disfrútalas en su justa medida, usándolas para hacer el bien que Dios quiere.
    ¿Estás pasando escasez? Dios es Señor. Hónrale a Él con tu vida y persevera en la confianza de que Dios no te va a abandonar; Él cuida de ti.

    Tengas mucho o tengas poco, pon tu esfuerzo en servir a Dios. Busca ser rico en aquello que dura para siempre. Mateo 6:19-21 nos advierte:

    “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”

    Hazte rico en tesoros celestiales. Busca a Dios y conócelo mejor, porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.

  • Anoche trasnochamos para ver en directo la final de fútbol americano transmitida desde Miami, en los Estados Unidos. La vimos a través de una cadena alemana, así que no vimos los famosos anuncios de la “Superbowl”. Tampoco vimos el espectáculo del descanso, pero esta mañana, las noticias mostraban parte de lo que allí se llevó a cabo. De fútbol no pusieron mucho, pero del espectáculo sí dieron un repaso. La verdad es que para ser un evento para toda la familia, lo que programaron para entretener no era para todos los públicos. Me recuerda también a la vez que quisimos llevar al circo a los niños. La idea era ver payasos, animales grandiosos y diversión infantil, pero claro, la empresa quería entretener a los padres también, por lo que incluyeron en su programa actuaciones que podrían fácilmente haber salido de algún club de alterne. ¡Qué triste que hayamos llegado a un punto en que el entretenimiento tiene que incluir semidesnudez y movimientos sensuales, y a pocos parece molestarles!

    Jesús predicó a la multitud en Galilea y les advirtió: “La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas.Mira pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea tinieblas. Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor.” Lucas 11:34-36

    Hace nada leíamos Mateo 5:27-28 “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”.

    Propongo que esto no se limita a los hombres, sino que es un ejemplo claro de que el pecado comienza mucho antes de una acción. El pecado comienza cuando vemos con buenos ojos aquello que Dios denuncia.

    Si lo que dice la Biblia es cierto, y creemos que así lo es, debemos guardar nuestros ojos, porque lo que entra por la vista va a nuestra mente y moldea nuestra manera de pensar y de actuar. Deberíamos preguntarnos seriamente qué hay a la raíz del aumento de agresiones sexuales. No debe sorprendernos cuando nos damos cuenta de que la pornografía se ha generalizado y se enseña a poner medios en lugar de practicar la abstinencia fuera del matrimonio. Estamos siendo bombardeados con escenas sensuales constantemente y en cualquier contexto.

    Podemos hablar todo el día sobre responsabilidades y derechos, pero creo que Jesús dejó claro que este principio es fiable tanto para hombres como para mujeres, jóvenes y mayores. Si ves violencia todo el tiempo, acabarás aceptándola como algo normal; si ves promiscuidad continuamente, la acabarás viendo como natural y aceptable. Los que quieren moldear nuestras mentes a su antojo lo saben muy bien. Por eso las empresas pagan tanto dinero en anuncios publicitarios para mostrar sus productos o servicios como apetecibles. Por este mismo motivo nos están metiendo personajes LGTB en cada programa que se precie. Lo que vemos continuamente lo acabamos aceptando, justificando y apropiando.

    Jesús dice en Mateo 6:23 “si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?

    Aquí Jesús insiste en su enseñanza hablando a aquellos que se consideran seguidores de Jesús. Dice: Si tú que debes ser luz que alumbre en este mundo para que otros vean a Cristo, permites que las tinieblas entren a través de tus ojos hasta oscurecerte internamente, ¿qué luz van a ver los que están en tinieblas?

    Si los que somos luz dejamos que la lámpara de nuestro cuerpo se deje llevar por la oscuridad, dejando que nuestros ojos participen de aquello que Dios condena, entonces nuestra función aquí en la Tierra es prácticamente nula. Habremos cedido a los que mueven las cuerdas de este mundo, y el reino de los cielos estará lejos de ser afirmado en nuestro entorno.

    Que aquellos que nos hemos propuesto seguir a Cristo seamos ejemplo de pureza a los que están buscando una luz que los lleve al reino de Dios. Como dice la oración modelo de nuestro Señor, santifiquemos cada día el nombre del Señor en nuestras vidas.

  • Después de explicar conceptos básicos sobre la oración, Jesús compartió una oración modelo que muchos de nosotros hemos memorizado. Se encuentra en Mateo y Lucas, y lo llamamos El Padre Nuestro. No tengo nada en contra de la memorización de las Escrituras; al contrario. Pero basado en lo que Jesús nos advirtió sobre recitar oraciones aprendidas, debemos tener cuidado de cómo utilizamos esta oración.

    El Padre nuestro en Mateo 6: 9-13 lee en la versión de Reina Valera del 60:

    “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
    Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
    El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
    Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
    Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal;
    porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.”

    Esta oración tiene diferentes componentes que podemos incluir en nuestras oraciones. En primer lugar, comienza con la suposición de que reconocemos al Padre que está en los cielos como nuestro Padre, al cual podemos venir en confianza.

    La frase “santificado sea tu nombre” es significativa. No solo reconocemos que el nombre de Dios es santo, sino que con nuestra oración y nuestra vida queremos santificarlo, es decir, proclamar su santidad. Claro está que ninguno de nosotros podemos hacer a Dios más santo de lo que es, porque Él es la santidad personificada. Pero con nuestra actitud y comportamiento, podemos y debemos proclamar su santidad, no permitiendo que la inmundicia se infiltre en nuestra vida.

    La segunda frase de esta oración pide “venga tu reino” y “hágase tu voluntad en la tierra, así como en el cielo”. ¿Has parado a pensar en esta petición? Dios ha prometido que reinará en la Tierra como ahora reina en el cielo. Mas hoy día, cuando hacemos Su voluntad aquí en la tierra, le reconocemos a Él como el verdadero y legítimo rey. Muchas veces, las oraciones acaban siendo más bien un intento de que la voluntad de aquí en la tierra, es decir, la nuestra, sea hecha en el cielo. Insistimos en pedir aquello que queremos que suceda como si estuvieramos hablando al genio después de haber frotado la lámpara, cuando lo que debemos hacer es pedirle a Dios que se haga Su voluntad, reconociéndolo así como soberano rey, y realmente deseando que Su reino sea establecido en la Tierra.

    Así que vemos hasta aquí que la oración modelo nos lleva a dar a Dios su merecida gloria y a ponernos a nosotros a Su servicio, y no esperar que Él lo esté al nuestro.

    Es con esta actitud de sumisión que Jesús introduce el ruego por las necesidades físicas. “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy.” La oración pide que las necesidades diarias sean suplidas, mas es precioso ver que Dios a menudo da mucho más de lo que necesitamos. Es importante que notemos esto, porque pasamos momentos en los que sentimos que nuestras necesidades básicas peligran, y esto nos puede causar ansiedad. Pero qué bonito es saber que Dios sabe, Dios suple, y es fiel cada vez. Podemos esperar confiadamente en Él.

    La oración continúa con arrepentimiento. “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Fácilmente podríamos comenzar nuestra oración con esta frase, ya que es bueno reconocer que tenemos deudas con Dios. La petición viene vinculada a una especie de condición, y es que nosotros también debemos practicar el perdón hacia aquellos que nos ofenden. Jesús vuelve a este versículo al acabar la oración para recordarles que si uno no está dispuesto a perdonar las ofensas de su prójimo, no debe esperar perdón por las suyas propias. Dios es fiel para perdonar, y no importa las veces que lo ofendamos, siempre que venimos a Él reconociendo la culpa y pidiendo perdón, Él nos perdona. Así debemos perdonar nosotros.

    La última parte de la oración es una petición de protección contra el mal y el maligno. Una vez más, el pedir la protección implica que nos damos cuenta de que en nosotras mismas no podemos vencer la tentación. De nuevo vemos que la oración es el momento ideal para reconocer la grandeza de Dios y nuestra necesidad de Él.

    Y con esto en mente, acaba la oración proclamando la verdad sobre el Padre: “tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.”

    ¿Oras tú asI? ¿Oro yo así? Prueba a escribir el Padre Nuestro en tus propias palabras, con tus propios detalles.

    “Padre, tú eres santo; cuánto deseo que tu reino venga a la Tierra. Es mi deseo que tu voluntad, la cual es hecha perfectamente en los cielos, sea también hecha aquí y ahora, en mi vida. Tú sabes mis necesidades actuales. Por favor, atiéndelas como solo tú puedes. Yo procuro siempre extender el perdón a los que me ofenden, y me doy cuenta de lo difícil que es. Te ruego que tú perdones mis muchas ofensas y que me ayudes a perdonar a los que me han ofendido; es fácil caer en la tentación, y hay tantas; líbrame de las que sea posible y ayúdame a superar aquellas que me harán ver tu poder; protégeme de las garras del maligno. Vengo a ti porque tú eres poderoso para suplir más allá de lo que yo pueda necesitar, tú eres el Rey de reyes; el poder y la gloria te pertenecen ahora y eternamente. Amén Señor, así sea.”

  • Durante la enseñanza de Jesús en el monte, este habló sobre la importancia de la oración, la forma natural que tenemos de hablar con Dios. La verdad es que al pensarlo, deberíamos notar la grandeza del concepto. Que el Dios del Universo haya propuesto una forma de que podamos hablarle en cualquier momento y en cualquier lugar. Y Él ha prometido que siempre nos oye. Entre otros textos, 1 Juan 5:14-15 nos lo confirma.

    En el sermón del monte, Jesús comenzó su enseñanza sobre la oración diciéndoles cómo no debían orar. Les dijo que no lo hicieran para aparentar:

    Mateo 6:5: “Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.”

    Jesús deja claro que las oraciones no son para que nos tengan en alta estima los de alrededor.
    En el versículo 7, Jesús les está diciendo también que las oraciones no han de ser meras recitaciones que no vienen del corazón.

    Dice así: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.”

    Obviamente, cuando Jesús dice que los que recitan oraciones bonitas piensan que serán oídos da a entender que este tipo de fórmulas no es lo que el Señor en los cielos escucha.

    Entonces, ¿en qué consiste la oración que Dios escucha? Entendemos por este texto que a Dios le agrada que vengamos en reverencia a hablar con Él, compartiendo nuestro corazón.

    El versículo 6 dice: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.”

    Esto lo dice en contraposición a la idea de recitar oraciones públicas diseñadas para mostrar a otros lo bien que hablamos. Jesús dice, entra en tu cuarto, cierra la puerta, y ahí habla a tu Padre en secreto. Y Él ya se encargará de contestarte de forma que incluso otros lo podrán ver.

    En el versículo 8 Jesús advierte contra los que oraban repitiendo peticiones vez tras vez pensando que por la repetición estas serían contestadas. Jesús dice: “No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.”

    Jesús introduce aquí un concepto importante en el que debemos pensar un poco. Es el hecho de que Dios sabe lo que necesitamos antes de que le pidamos. Uno se podría preguntar: ¿para qué orar entonces?

    Pues debemos orar porque Dios nos ha mostrado en su Palabra que quiere que vayamos a Él en oración, como lo vemos en los evangelios y en muchos otros textos en la Biblia (1 Tesalonicenses 5:17).

    Vemos que a Dios le agrada que vayamos a Él en oración. Incluso nosotros apreciamos a un amigo o familiar que ante una noticia especial, un problema o una necesidad elige venir a nosotros a compartirlo. Cuando vamos a Dios en oración, para dar gracias y para compartir necesidades o preocupaciones, estamos mostrando una intimidad con Dios. A través de los evangelios vemos que Jesús se apartaba para orar. Dios Hijo hablaba con Dios Padre. ¿Crees que siendo la misma esencia había necesidad de comunicación? Mas Dios muestra que es un ser comunicativo, priorizando la comunión entre las personas de la trinidad. Del mismo modo, Dios se deleita en que vayamos a Él en oración. No para ser visto; no recitando poesía aprendida, sino en humildad, abriendo nuestro corazón a Él.

    ¿Has hablado con Dios así alguna vez? Te animo a poner en práctica estos dos principios y comprobar que tu vida de oración personal abrirá los ojos de tu entendimiento, permitiéndote ver más del carácter de Dios.

  • En el monte, Jesús tomó la ley que Dios había dado a los judíos y explicó la esencia de la ley, la cual reflejaba el carácter de Dios. Parece que los judíos eran muy buenos en cumplir leyes. De hecho, al ser humano en general parece que nos guste tener la lista de leyes, obligaciones y prohibiciones, porque estas nos ayudan a organizar nuestra conducta. Sin embargo, en el sermón del monte, Jesús tocó ciertas normas en la ley de los judíos para mostrar la esencia de la ley de Dios. Porque a Dios le interesa más el corazón que la conducta. Como ya vimos en el Antiguo Testamento, Dios está más interesado en que lo conozcamos a él que en los sacrificios que podamos ofrecerle.

    Por esto Jesús comenzó diciendo que la ley se había de cumplir, mas para entrar en el reino de los cielos, uno tenía que ser más justo que los escribas y los fariseos. Esto molestó a los líderes religiosos, que creían que ellos sin duda tenían el cielo ganado porque cumplían y hacían cumplir la ley de Dios. Jesús dio ejemplos de lo que estaba intentando enseñarles, aludiendo a varias leyes:

    “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio” (Mateo 5:21). Pero Jesús continuó explicando que el mandamiento no se limita a quitarle la vida a una persona. Cualquiera que insulta a su hermano o calumnia contra él, ya ha roto el mandamiento. Esto iba más allá de lo que la ley exponía, y llegaba a lo que estaba en el corazón, pero que Dios podía ver.

    Mateo 5:27 “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.” Sin embargo, continuó explicando Jesús, el adulterio comienza cuando miras con lujuria, deseando adulterar. En nuestra sociedad donde parece que se utilizan alusiones de carácter sexual casi en cualquier contexto, este principio parece cobrar especial sentido. Jesús enseñaba que la pureza se lleva en el corazón, y de ahí emanan nuestras acciones; las normas pueden moldear nuestra conducta, pero si no vienen de un interior puro, no es pureza. ¿Ves la diferencia? A nosotros nos gusta saber dónde está la línea, para no pasar de ahí y nos sentirnos justos cuando guardamos las normas, mas Dios quiere corazones puros, que no permitan la inmoralidad y guarden la vista y la mente de pensamientos adúlteros.

    En Mateo 5:31-32, Jesús en la misma ocasión les reprocha la tendencia a enumerar los motivos permitidos en la ley para validar el divorcio, y les recuerda que la ruptura del matrimonio trae tristes consecuencias, por lo que no cualquier motivo es una buena base para el divorcio. Jesús continúa hablando en Mateo 5 sobre la importancia de cumplir los pactos, priorizando la fidelidad sobre los juramentos oficiales.

    Y es que aunque la ley permitía el concepto equitativo de “ojo por ojo y diente por diente,” la esencia de la ley que Cristo estaba compartiendo defendía el amor por el prójimo, que era capaz de dar sin esperar nada a cambio y perdonar las ofensas, como Cristo nos ha perdonado.

    Y por esto Jesús les pudo decir en Mateo 5:43-45: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
    para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.”

    No es de sorprender que Jesús causara revueltas. Los que seguían la ley de pe a pa, se sintieron insultados porque esto iba más allá del mero cumplimiento. Esa forma de ver la ley iba demasiado lejos para ellos. No parecía justa. Sin embargo, Jesús estaba dejando claro que el perdón de Dios hacia la humanidad tampoco es justo. Nos alegramos cuando recibimos misericordia de Dios, ¿verdad?; entonces, ejercitemos también esa misericordia.

    Aquellos que buscaban a Dios, podían darse cuenta que seguir el camino del reino de Dios era imposible en fuerzas humanas. Y tenían razón. Para ser hijos de Dios, necesitamos a Dios. Para seguir la enseñanza de Jesús, necesitamos a Jesús. Día a día, paso a paso.

    Que cada día podamos permanecer en Él, para conocerlo mejor y andar como Él anduvo, viviendo en la esencia del evangelio.

  • En el sermón del monte, Jesús compara a sus seguidores con la sal y la luz. Dice en Mateo 5: 13

    “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.

    Y en Mateo 5:14-16 dice:

    “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.
    Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
    Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” Mateo 5:14-16

    ¿Qué quería decir Jesús con eso de que somos sal y luz?

    En primer lugar, pensemos un poco en la utilidad de la sal. Es cierto que se usa para curar carnes y pescados, para así conservarlos. Muchos han hablado de este uso de la sal. Sin embargo, Jesús no hace mención de las propiedades conservantes de la sal. Más bien habla de la propiedad de aportar sabor.

    La sal, en pequeñas cantidades, hace que todo sepa mejor. Si preparamos un plato con todos los ingredientes adecuados pero no le echamos sal, se verá igual, incluso olerá igual, pero cuando lo probemos, notaremos de inmediato que está insípido. La sal no debe ser el primer sabor que notamos al probar un plato. Cuando así es, diríamos que nos hemos pasado de sal. Sin embargo, la sal tiene la habilidad de realzar los sabores de los ingredientes principales de una comida.

    Así podemos comparar nuestra función aquí en la tierra con la de la sal. Nuestro andar diario en la tierra debería realzar a Cristo. Cristo es el ingrediente principal, si lo podemos decir así, y nosotros debemos asegurarnos que Cristo es ensalzado y todos lo puedan disfrutar.

    “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.”

    La sal en los tiempos de Jesús no era muy pura. Cuando la sal, mezclada con otras sustancias acababa desvaneciéndose, ya no servía para cocinar. Jesús advierte con este texto sobre la importancia de mantenernos eficaces a la hora de sazonar el evangelio de la fe. Que ningún sabor extraño arruine el mensaje del evangelio.

    Jesús también comparó a sus seguidores con la luz. Curiosamente, vemos en Juan 6 que Él mismo es la luz del mundo. Podrçiamos decir que nosotros somos reflejos de Su luz. Cuando en plena noche la luna ilumina en la oscuridad, entendemos que la luna en sí no es la fuente real de luz, sino que está reflejando la luz del sol en el espacio.


    Mateo 5 proclama: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:14-16)

    Cuando uno lleva una luz en medio de la oscuridad, no guarda la luz bajo una manta. Al contrario, cuando llevas un candelero o una antorcha, la llevas bien en alto, para que todos puedan ver la realidad alrededor. La meta en realidad no es ver la luz en sí. La meta es que se vea aquello que la luz está alumbrando. El Señor dice que nuestra luz delante de todos debe alumbrar de tal forma que todo el mundo a nuestro alrededor pueda glorificar a Dios.

    Al contemplar esta enseñanza, me pregunto a mí misma: ¿Realzo el sabor del evangelio, haciéndolo apetecible a los que me rodean? ¿Alumbro de modo que a través de mi vida otros proclamen el nombre de Cristo dándole a Él honor?

    Efesios 5:8 “Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz.”

    Cumplamos el propósito que Dios nos ha dado en esta tierra, sazonando y alumbrando con nuestra vida el evangelio de Cristo.

  • Las enseñanzas de Jesús en el sermón del monte

    Las bienaventuranzas

    En Mateo 5 al 7 y en Lucas 6 encontramos la enseñanza que Jesús compartió en el monte, frente al mar. Allí venían muchos a escuchar, y Jesús expuso enseñanza que hasta el día de hoy nos llama la atención y nos impacta.

    En las bienaventuranzas, encontramos una serie de paradojas que llaman nuestra atención por su aparente contradicción.

    El Señor dice: Bienaventurados los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores, los que padecen persecución.

    Si la palabra “bienaventurados” significa felices y afortunados, ¿cómo podríamos considerar felices a aquellos que padecen?
    La clave para entender las bienaventuranzas de Jesús está en que a cada una de las afirmaciones anteriores, le sigue una promesa del Señor:
    “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
    Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
    Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
    Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
    Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
    Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
    Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.”

    Podemos decir que bienaventurado (o dichoso) es el que confía en Dios, porque no importa la situación en la que se encuentre (pobreza, tristeza, o injusticia), este podrá encontrar la paz y el descanso en el que controla todo para nuestro bien; en aquel que nos ha dado la promesa de la vida eterna en Su presencia.

    Mateo 5:11-12 dice: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.” Jesús les estaba diciendo a aquellos que sufrirían por defender la fe que cuando sufrieran injustamente, se “gozaran y se alegraran”, no porque la persecución fuera agradable; eso sería incorrecto. Dice el Señor: “Gozaos y alegraos porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.”

    Cuando sufrimos por hacer aquello que Dios quiere, podemos mantener el gozo y la paz, porque no estamos solos en la lucha; la vida de aquellos profetas de Dios en el antiguo testamento, y de los que aparecen en la lista de héroes de la fe en Hebreos 11 nos confirma que el sufrimiento por Cristo en esta tierra no puede compararse con el gozo de la gloria venidera.

    La esencia de las bienaventuranzas es que a diferencia de los principios por el que este mundo es gobernado, en el reino de Dios, tenemos las promesas seguras del Señor. En nuestra sociedad, felices y bienaventurados parecen ser los que están por encima de otros, los que no les falta nada, los que siempre están de fiesta, los que no se dejan dominar, los que evaden la justicia, los que no tienen escrúpulos, los que no les importa el bien de otros, sino que luchan por el suyo propio. Aquellos que son pobres, mansos, misericordiosos y de limpio corazón son vistos como débiles o falsos. Sin embargo, Dios enseña otro camino, y Jesús nos lo demostró. El que era Dueño de todo, dio voluntariamente su vida por todos. El que era Señor del Universo, sirvió a los que se le acercaron. Y nos enseñó así que dichoso es aquel que confía en Dios a pesar de las circunstancias, porque nuestra recompensa está asegurada en Cristo.

  • Hemos visto que la Palabra de Dios que nosotros hemos recibido nos declara la identidad de Cristo, haciendo innecesaria ninguna otra señal. Ya tenemos la evidencia de la identidad del Mesías, y ahora recae en nosotros la responsabilidad de creer o no en Cristo el Salvador.


    Los milagros de Jesús en el nuevo testamento se pueden dividir en cuatro apartados; los que muestran el poder de Jesús sobre la naturaleza, los que muestran el poder de Jesús sobre la enfermedad, aquellos que muestran su poder sobre las fuerzas espirituales, y los que muestran su poder sobre la muerte.

    El los evangelios vemos que Jesús mostró su deidad al controlar fenómenos naturales. Como Creador y sustentador del universo, no hay nada que le pase desapercibido. Alguno pensará, si Dios puede controlar la naturaleza, ¿por qué ocurren los desastres naturales? Lo cierto es que la Biblia nos dice que Dios creó el mundo perfecto, mas el hombre eligió un mundo al margen de Dios. A partir de la caída en Edén, nos dice la Biblia que hasta la tierra gime, esperando la redención. En este texto de Romanos 8:22-23 vemos que los desastres naturales son otra consecuencia de las decisiones del ser humano, y que toda la creación espera, como nosotros, el día de la redención.

    Jesús también mostró su poder sobre la enfermedad. Lo mostró sanando a muchos enfermos, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, ricos y pobres. A través de sus sanaciones, Jesús mostró su deidad.

    Hay personas por ahí que quieren hacer creer que ellos pueden hacer milagros. Esto no viene de parte de Dios, y Mateo 24:24 nos lo advierte. Dios es el Sanador, mas no ha dejado ningún indicio de que haya dado el don de sanación para ejercer en nuestros días. Damos gracias a Dios que ha permitido que la medicina se desarrolle y hayamos aprendido a frenar procesos degenerativos y evitar la muerte temprana en muchas ocasiones. Pero la época de las señales milagrosas acabó con la época de los apóstoles de Jesús.

    Esto no quiere decir que Dios no haga milagros hoy en día. Realmente no somos conscientes de la obra que Dios ejerce día a día para que podamos vivir. No querríamos saber cómo sería vivir en esta tierra sin el continuo cuidado del Señor.

    Cuando Jesús sanaba el cuerpo, solía recordar que más milagroso que quitar enfermedades era su capacidad única de quitar el pecado del ser humano. El perdón de pecado sobrepasaba cualquier sanación.

    En tercer lugar, Jesús mostró que Él era poderoso para vencer y subyugar las fuerzas espirituales. Mostró a través de diferentes milagros que él tenía poder para echar fuera demonios, liberando a diferentes personas de ataduras satánicas. La Biblia nos enseña que en un futuro, Cristo destruirá el mal para siempre, pero en su tiempo aquí en la Tierra dio muestras de que de verdad tenía poder sobre el maligno.

    Por último, Jesús mostró su poder sobre la muerte. Esto lo hizo a través de la resurrección del hijo de la viuda, y de la hija de Jairo, y la resurrección de su amigo Lázaro. Y por supuesto, dejó claro que el seol no prevalecería sobre él al resucitar él mismo de la muerte. Una vez más, aunque Dios tiene poder sobre la muerte, no quiere decir que cuando alguien muere, Dios nos ha fallado o abandonado. El que es poderoso para dar vida y para quitarla es el ser justo y amoroso por excelencia. En este mundo caído, no llegamos a entender el propósito de la enfermedad y la muerte, pero a pesar de nuestra falta de entendimiento, podemos descansar en la verdad de que si le hemos confesado nuestros pecados y hemos confiado en Cristo como Salvador, la muerte no nos puede separar del amor de Dios (Romanos 8:38-39).

    Gracias a Dios por mostrarnos su poder a través de los milagros registrados en los evangelios. Y gracias por la confianza que podemos tener de que, aunque tendremos que pasar por desastres, enfermedad, luchas espirituales e incluso la muerte, podemos descansar en el cuidado que Dios tiene de nosotros, sabiendo que nada ni nadie nos puede separar de su gran amor.

  • El evangelista que más datos de contexto histórico aporta a los acontecimientos bíblicos es Lucas. Este suele incluir fechas y gobernadores del momento, haciendo más fácil de conectar con los datos históricos extrabíblicos. En el capítulo 3 de dicho evangelio leemos que César era el emperador romano, Pilato el gobernador de Judea y Herodes era tetrarca de la región de Galilea. Nos narra Lucas que eran sumos sacerdotes Anás y Caifás cuando Juan el Bautista predicaba en la región del Jordán en Galilea, enfatizando la importancia del arrepentimiento para el perdón de pecados.
    Juan el evangelista, en el capítulo 4 nos cuenta que los discípulos de Juan en Bautista, al ver que Jesús había iniciado su ministerio y que la gente venía a él, habían ido a Juan Bautista, diciendo: “Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él.” (4:26)

    En los siguientes versículos, Juan les había contestado claramente: “Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él.
    El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 4:28-30).
    Este precioso testimonio de Juan el Bautista dejaba claro que entendía que Jesús era el Cristo, y que él se regocijaba de ver que aquel al que Dios enviaba crecía. El propósito de Juan era que Cristo fuera ensalzado y él estaba dispuesto a menguar y salir del foco público.

    Sus discípulos debieron entender también que Jesús era sin duda el enviado, ya que vemos que algunos de estos, Andrés y Simón Pedro mencionados específicamente, eran discípulos de Juan que comenzaron a seguir a Jesús.

    Juan daba el mensaje del arrepentimiento dondequiera que fuera y a quienquiera que estuviera delante de él. A los publicanos que venían a él y se bautizaban, les mandaba que no exigieran más de lo que estaba estipulado en la ley, ya que estos tenían costumbre de recaudar extra para ellos mismos. A los soldados que se arrepentían y se convertían, les decía que no extorsionaran ni calumniaran, sino que se contentaran con su salario. Y así enseñaba a aquellos que venían a él a que después del arrepentimiento vivieran una vida diferente a la que habían vivido hasta entonces. El arrepentimiento debía llevar fruto de justicia.

    Nos narra Lucas que Juan había reprendido a Herodes el tetrarca “a causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas las maldades que Herodes había hecho” (3:19). Herodes había tomado a su cuñada, mujer de su hermano Felipe, tetrarca de otra provincia, y vivía con ella. Juan le había advertido que lo que hacía iba en contra de la moralidad de Dios, y que debía arrepentirse y hacer lo correcto. Herodes, molesto con la reprensión pública de Juan, tomó a este y lo puso en la cárcel. Según narra también Mateo 4, todo esto ocurrió justo durante el comienzo del ministerio de Jesús, probablemente mientras este estaba en la región de Judea como hemos leído ya. Marcos 1:14-15 nos dice: “Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.”

    Juan no dejó de hablar la verdad y seguir el ministerio de Jesús. Leemos que sus discípulos fueron a Jesús preguntando si este era ciertamente el que esperaban, lo cual Jesús confirmó (Mateo 11, Lucas 7).

    Cristo, como vemos en Juan 5, tuvo que defender ante los fariseos que su autoridad venía directamente del Padre. Y lo apoyaría con las señales milagrosas que hacía. Mas su mensaje era claro y sencillo.

    Juan 4:36 nos deja testimonio de lo que Juan el Bautista también entendía: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.”

    La vida eterna estaba en Cristo, el Hijo enviado. Aquel que arrepentido creyera en Cristo, obtendría la vida eterna. El que rehusara el testimonio del Cristo experimentaría la ira de Dios.

    Herodes entendió bien este mensaje, y ofendido por la reprimenda, puso a Juan en la cárcel. Este mensaje es aún vigente, hasta el día de hoy. El que responde como Herodes no puede experimentar perdón, pues insiste en continuar su vida sin Dios. El que humildemente se arrepiente y sigue a Cristo, recibirá perdón de pecados y la vida eterna. Gracias a Dios por un mensaje claro y eficaz.

  • Al finalizar la celebración de la pascua y habiendo acabado lo que había venido a hacer, Jesús inició su viaje de regreso a Galilea. El camino más sencillo para llegar a Galilea requería que pasaran por Samaria, zona que los judíos evitaban debido al desprecio que mostraban a los samaritanos. Recordemos que siglos antes, la zona había sido poblada por extranjeros, y aunque estos habían adquirido costumbres y enseñanza israelita, no eran bien vistos por los judíos. Muchos incluso daban un rodeo y viajaban más horas con tal de no pasar por Samaria. Pero no Jesús y sus discípulos. A ellos les fue necesario pasar por Samaria, nos dice el texto. ¿Por qué sería esto?

    Nos narra Juan 4:5-7 que “Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua;”

    Mientras los discípulos iban a la ciudad a comprar comida, Jesús fue al pozo donde solían venir los vecinos a sacar agua. Era mediodía y no había nadie sacando agua. Pero mientras Jesús descansaba, nos dice Juan que vino una mujer samaritana a sacar agua. Y Jesús inició una conversación con ella pidiéndole que compartiera un poco de su agua. La mujer respondió sorprendida: ”¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.” (4:9)
    Sabía que él era judío, y no esperaba que le dirigiera la palabra a ella. Mas Jesús no compartía los prejuicios de sus paisanos. Él no había pasado por ahí para saciar su sed. Más bien, el que conoce los corazones necesitaba pasar por Samaria para poder hablar con esta mujer.

    “Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.” “La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?” (4:10-11)

    La pobre, al igual que Nicodemo cuando Jesús le habló, entendió literalmente las palabras de este. No es de culpar. Los propios discípulos, más tarde en la historia, confundirían sus palabras al decirles que tenía una comida que ellos no sabían. Si ellos habían ido a comprar la comida, ¿qué podría haber comido Jesús? ¿Es que alguien le había traído de comer? Él les tuvo que explicar: “Mi comida es que haga la voluntad de mi Padre”. Claro, Jesús no hablaba de agua y comida física. Él le estaba ofreciendo a la samaritana algo que solo Dios podía dar.

    “Le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. (4:13-14)

    Como le había ofrecido a Nicodemo en Jerusalén, Jesús estaba ofreciéndole algo que cambiaría su vida de un estado temporal y fútil a uno eterno. El agua que Jesús ofrecía podía saciar eternamente.

    La señora samaritana continuaba sin entender lo que Cristo ofrecía, por lo que le dijo: “Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.”
    Ella buscaba un cambio de rutina. Esperaba que lo que este judío tenía para ofrecerle hiciera su vida más fácil. Pero este no era el propósito de Jesús.

    Viendo que la samaritana no entendía, Jesús giró la conversación para llamar su atención. “Ve y llama a tu marido” le dijo. Y ella, con toda sinceridad le dijo que no tenía marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad (4:17-18). ¡Este hombre parecía saber lo más íntimo de ella! ¿Sería un profeta? La samaritana aprovechó para preguntarle cuál era el lugar idóneo de adoración, ya que samaritanos y judíos discrepaban en este asunto; a lo que Jesús contestó: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” Jesús no entró en temas conflictivos sobre tradiciones y ritos, sino que la dirigió a la esencia: Adora a Dios en espíritu y en verdad.
    “Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo. (4:24-26). Al oír esto, la señora dejó su cántaro donde estaba y salió al pueblo a contarle a todos sobre Jesús, y leemos que a través del testimonio de ella los del pueblo vinieron a Jesús, y le rogaron que pasara un par de días con ellos, y muchos de ellos creyeron en Cristo.

    Jesús necesitaba pasar por Samaria, porque había almas ahí dispuestas a creer en Él.

    ¿Piensas quizás que tú no sabes lo suficiente como para compartir con otros de Jesús? La samaritana no sabía mucho, pero cuando conoció al Mesías, fue a compartirlo con otros ¿Has tenido un encuentro con Cristo?. Simplemente comparte lo que el Señor ha hecho en tu vida. Tu historia personal puede ayudar a otros a encontrar la paz que solo Cristo puede dar.

  • Tras los eventos en el templo, y habiendo visto las señales que Jesús hacía, vino a él una noche un principal de los judíos llamado Nicodemo. Este le confesó: “sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.”

    Con estas palabras, Nicodemos dejaba claro que no tenía duda de la identidad de Jesús. Reconocía su deidad y quería participar del reino de Dios. Mas Jesús le dijo que si no nacía de nuevo, no podría ver el reino de Dios. ¿Nacer de nuevo? “Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

    Nicodemo debía saber que Jesús no hablaba del nacimiento físico, mas Jesús le respondió:

    “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.”

    El nacimiento físico es necesario para poder tomar la decisión de nacer espiritualmente, y ambos son necesarios para poder llegar a pertenecer al reino de Dios.

    Si estás confundida con las palabras de Jesús, no te sientas mal. Incluso Nicodemo, maestro de la ley judía, se muestra confundido sobre cómo podía llegar a comenzar esa vida nueva en Cristo. Jesús le dijo: “No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.” Y le explicó que era necesario que Cristo fuera clavado en la cruz para que todo el que creyera en Él pudiera disfrutar de vida eterna espiritual. Los versículos 14 y 15 explican: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Si recuerdas la situación en la que el pueblo de Dios había sido herido por serpientes venenosas, recordarás que Dios pidió a Moisés que erigiera un poste con una serpiente de bronce a la cual todo aquel que mirara hacia ella sería sanado de las picaduras de serpiente.

    Así el Hijo del hombre, el Mesías, debía ser alzado en la cruz, y todo aquel que mira a Él para salvación recibe vida eterna.

    Nicodemo recibió una clara presentación de cómo nacer de nuevo, de cómo pertenecer al reino de Dios. En esta ocasión no vemos que Nicodemos recibiera esta verdad, naciendo a una vida nueva, pero gracias a Dios, vemos más adelante, en Juan 7:50-51 a Nicodemo, hablando a favor de Jesús ante otros fariseos, y más tarde, en Juan 19:39 vemos que Nicodemo estaba ayudando a preparar el cuerpo de Jesús para la sepultura, abiertamente y en público, identificándose claramente como seguidor de Jesús. La semilla plantada había dado fruto que comenzaba a aparecer en la vida de Nicodemo.

    ¿Y qué de ti? ¿Has entendido bien la enseñanza de Jesús sobre el nuevo nacimiento? ¿Te has declarado como seguidora de Cristo y perteneciente al reino de Dios? Sin duda, identificarse con Cristo es la mejor forma de disfrutar esta vida terrenal, y más importante aún, la vida eterna en Cristo Jesús.

  • Jesús va a Jerusalén a celebrar la Pascua

    Nos cuenta Juan 2 (2:12-25) que al comienzo del ministerio de Jesús, cuando llegó el tiempo de la celebración de la pascua de los judíos, subió a Jerusalén, y entrando al templo, “halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados” (Juan 2:14). Jesús procedió a echar a los mercaderes que estaban aprovechándose de la época de la pascua para hacer negocio, cambiando moneda y vendiendo animales en el templo y les dijo: “Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado” (Juan 2:16).
    Durante la última semana de Jesús en la Tierra, Jesús volvería a estar en Jerusalén una vez más, para la celebración de la Pascua. Y una vez más, encontraría el templo desacrado, lleno de puestos de comerciantes deseosos de utilizar la religión para ganar dinero. Y una vez más, como nos narran los evangelios, Jesús los echaría, demandando el respeto debido a la casa de Dios.

    Vemos a Jesús en esta visita a Jerusalén, al comienzo de su ministerio, proclamando su identidad como Señor del templo, ejerciendo su santa autoridad. Sus discípulos se dieron cuenta que lo que Jesús estaba haciendo evocaba el Salmo 69:9, el cual hablaba del Mesías en el cual se lee: “porque me consumió el celo de tu casa.”

    Los judíos también, sorprendidos por la forma de defender la honra del templo de Dios, y con el conocimiento que tenían de las Escrituras, le pedían más señales de que él era en realidad el Mesías esperado. Jesús, que conocía los corazones, podía discernir entre los que se maravillaban de las señales y los que de corazón esperaban al enviado de Dios y estaban dispuestos a seguirle.

    Aquel día en el templo, los que contemplaron lo ocurrido pudieron meditar lo que venían a hacer a la casa de Dios.

    Es importante que nosotros también, siglos después, analicemos nuestra tradición religiosa. ¿A qué vamos al templo? Nosotros lo llamamos iglesia. ¿Asistimos a la iglesia para beneficiarnos de algún modo material? ¿Asistimos quizá para suplir nuestras necesidades sociales? ¿Tenemos claro el propósito de reunirnos?

    Así como el templo era un lugar para adorar a Dios, hagamos que nuestro tiempo en la iglesia sea un reflejo de nuestra continua adoración. Vayamos a congregarnos con el deseo de alabar a Dios con los que de corazón sincero lo buscan.

  • Para cubrir la enseñanza y los acontecimientos compartidos en los evangelios sobre los tres años de ministerio de Jesús en la región de Galilea dividiremos la información en tres apartados, la instrucción directa de Jesús, la enseñanza a través de parábolas, y las señales milagrosas que Jesús mostró.

    Los cuatro evangelios tratan todos estos apartados de su ministerio, aunque no todos incluyen todas las historias. Hay disponibles recursos que muestran la armonía de los evangelios que se pueden consultar durante la lectura de estos, y en la mayoría de las ediciones de la Biblia se suelen referenciar los textos relacionados para su estudio y seguimiento, y son de mucha utilidad.

    Cuando Jesús volvió de su tiempo en el desierto y comenzó a juntar a sus discípulos, la voz comenzó a correr. Jesús era especial, y muchos lo comenzaban a notar. Tanto era así, que estando en Caná, durante una boda a la que Jesús había sido invitado junto a sus discípulos, María su madre, viendo que faltaba de vino para el banquete, fue a Jesús para decirle: “No tienen vino” (Juan 2:3).

    Que sepamos, Jesús aún no había hecho ningún milagro público, mas entendió que su madre le estaba pidiendo un favor, que supliera la necesidad de los que estaban ahí presentes. Jesús cuestionó su petición, explicándole que la hora de mostrar señales aún no había llegado.

    Parece ser que María entendía y aceptaba la autoridad de Jesús, pero también conocía su poder. Pidió a los que estaban ahí trabajando que hicieran lo que Jesús les dijera, y dejó que Jesús decidiera lo que habría de acontecer.

    Jesús pidió que llenaran todas las tinajas de agua. Los siervos deben haber tenido confianza en Jesús, porque a pesar de que sus instrucciones no parecían tener sentido, lo hicieron, y Jesús, les dijo, “Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo, y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora (Juan 2:8-10).

    Juan nos relata aquí el primero de muchos milagros de Jesús.

    Días más tarde, el versículo 23 del mismo capítulo nos dice que viendo las señales que hacía Jesús, muchos judíos creyeron en Él, identificándolo como el Mesías. Sin embargo, nos dice el texto que Jesús, que conoce los corazones, no se fiaba de ellos. Al parecer, algunos estaban ahí para el espectáculo.

    Es importante que entendamos que las señales milagrosas que Jesús hizo mientras estuvo aquí en la Tierra fueron específicamente para mostrar que Él era, sin lugar a duda el Mesías prometido, el Ungido enviado. Su propósito no era sanar a todo el que encontraba, si no, hubiera sanado a todos, mas no lo hizo. Su propósito era mostrar que Él era el Dios Todopoderoso.

    Después de ver algunos eventos durante los primeros días del ministerio de Jesús, y antes de adentrarnos a estudiar sus enseñanzas, veremos los diferentes milagros de Jesús. Pero quería dejar claro lo que la Biblia enseña sobre los milagros y cual era su propósito en hacerlos

    La Palabra de Dios hace que las señales milagrosas no sean necesarias. Su Palabra es viva y eficaz y con ella tenemos suficiente para conocer al Mesías y seguirle con seguridad.

    Espero que el estudio de la vida del ministerio de Jesús en Su Palabra te guíe a Él mismo y te haga experimentar Su presencia en tu vida.