Episodios

  • ¿Quién es el Cristo?

    Las epistolas nos describen la deidad de Cristo de una manera espectacular. Si en algún momento te has preguntado o te han preguntado quién es Jesucristo, la carta a los Filipenses te lo describe de manera concisa y precisa y Colosenses también nos habla claramente de su deidad.

    Jesús no fue tan solo un buen hombre que vivió hace unos dos mil años, que ayudaba a los necesitados y denunciaba las injusticias sociales, como algunos lo describirían. Si vamos a aceptar la figura de Jesús, la cual está científicamente probada, debemos aceptarlo como la Palabra de Dios lo presenta. Alguien ha dicho que si no aceptamos que Jesús murió en la cruz y resucitó al tercer día, como él mismo afirma, entonces no podemos considerarlo un buen hombre, porque sería un mentiroso engañador.

    La Biblia presenta a Jesucristo como el Mesías, un título que significa “el ungido”. Como el Ungido de Dios, Jesús es la prometida simiente de Abraham que sería para bendición de todas las familias de la tierra. Las escrituras se refieren a él también como Hijo de Dios, hijo de Hombre, el Salvador, el Cristo, Emanuel (Dios con nosotros), o Logos (el Verbo).

    Jesucristo es enteramente Dios y enteramente hombre. Por este motivo es el único que puede ser el Mediador entre Dios y los hombres. Cuando vivió en la Tierra, tuvo las mismas necesidades que cualquier ser humano; la única diferencia es que no pecó.

    Jesús también es completamente Dios.

    Algunos quieren explicar al Cristo desde una perspectiva limitada a la capacidad humana y pecan al negar que Jesús es Dios. En el capítulo 2:9-10 Pablo afirma la deidad de Cristo con estas palabras: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad.”

    Las palabras “toda la plenitud de la Deidad” dejan bastante clara la naturaleza divina de Dios. Mas Pablo describe su Deidad aún con más detalle en Colosenses 1:15-20:

    “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.”

    Esta descripción no deja lugar a duda. Cristo es la imagen misma del Dios invisible. Es también el creador de todas las cosas, en los cielos y en la tierra, y es también el que sustenta la creación. No solo ha creado todo, sino que hace que todo subsista. Cristo es además la cabeza de la iglesia, siendo Él el origen de la salvación y el medio por el cual somos salvos. En Él habita toda la plenitud, y por eso puede ser él el mediador, habiendo hecho la paz entre Dios y el hombre por medio de la sangre de su cruz.
    Es por esto que puede presentarnos, como dice el versículo 22, “santos y sin mancha e irreprensibles delante de él;” No que nosotros seamos perfectos cuando recibimos el perdón de Cristo, sino que por medio de su redención, Él nos presentará en el día final santos, sin mancha e irreprensibles delante del trono. Es obra de Cristo, y no nuestra.

    Es una bendición poder confiar plenamente en Dios, pues el trino Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo nos ha dado la vida aquí en la Tierra y ha provisto la salvación eterna para sus hijos.

  • Colosenses

    Pablo escribió la carta a la iglesia de Colosas desde prisión. Epafras, pastor de la iglesia, había compartido con Pablo lo que el Señor estaba haciendo entre los colosenses. La iglesia estaba creciendo a pesar de la presión que los creyentes recibían de judaizantes y de la influencia de las creencias paganas de la cultura que los rodeaba. Leemos en el primer versículo que Timoteo estaba con Pablo cuando escribió la carta que iba dirigida a aquellos que habían confiado en Cristo y se congregaban en la iglesia de Colosas. Sin embargo, en el capítulo 4 Pablo les dice que debían compartir la carta con los creyentes de Laodicea, y leer ellos la carta que Pablo les había enviado. Algunos creen que la carta que Pablo envió a los Laodicenses era una copia de la misma carta que envió a los Efesios. Existe una copia antigua de la epístola que no tiene el título, indicando posiblemente que otras iglesias también recibieron la carta.

    Pablo no había estado en Colosas y no conocía a la iglesia. Había oído de ellos, y en sus oraciones daba gracias a Dios por los creyentes ahí, por la fe que estos tenían y por el amor con que la demostraban. En el capítulo 2 Pablo les dice: “Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro; para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.”


    La carta a los colosenses y la carta a los Efesios tienen mucho en común. En ambas encontramos a Pablo dando gracias por los hermanos y orando por ellos, para que pudieran crecer en el conocimiento de Dios y así vivir una vida digna del evangelio.

    El apóstol entendía bien que para vivir como Dios quiere, primero tenemos que conocer bien a Dios. Como en la carta a los efesios, la primera parte presenta la doctrina, o lo que llamaríamos la teoría, y la segunda parte nos muestra la aplicación de dicha doctrina.

    En el capítulo 1, leemos cómo el Padre nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; y “nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. (Colosenses 1:12-14)

    En Cristo, estamos completos. Hemos sido perdonados, nuestra deuda anulada; y ahora nuestra vida y esperanza descansan en la plenitud de Cristo, y Él nos completa. En Colosenses 3:4 leemos que “Cuando Cristo, se manifieste, entonces [nosotros] también [seremos] manifestados con él en gloria.”

    Basado en esa verdad, Pablo les dice:
    “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.” (Colosenses 3:1)

    Esta plenitud que tenemos en Cristo se manifiesta en una vida nueva, caracterizada por el fruto del Espíritu Santo y demostrada en nuestra relación con otros, comenzando por los de nuestra casa y extendiéndose a aquellos con los que tenemos contacto.

    Con la imagen de un cambio de ropa, el apóstol enseña:

    Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.”

    Dios, el cual nos ha ofrecido su perdón, paz y amor, es el que nos capacita para amar a nuestro prójimo. Gracias a Dios por amarnos y completarnos en Cristo.

  • ¿Faltan episodios?

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  • Una vida de gozo

    La carta a los Filipenses presenta una vida gozosa, fundada en Cristo, y desarrollada en oración continua y compromiso firme.

    Pablo da en el capítulo 4 pautas para poder disfrutar del día a día, sin afán, sin disensiones, sin contiendas ni peleas. La vida del cristiano se debería caracterizar por una actitud de gratitud y confianza. Dice Pablo en los versículos 6-7:

    “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.
    Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”

    ¿No te gustaría que tu vida fuera como Pablo la describe en estos versículos? Creo que el deseo de paz es común al ser humano. Y Dios nos ofrece su paz, la cual sobrepasa todo entendimiento. Es imposible llegar a comprender la paz que Dios da, porque la da incluso cuando a nuestro alrededor no hay sosiego. Es un misterio, pero el cristiano que confía en Dios, en los momentos más turbulentos puede disfrutar de un sentimiento de paz interior que no es posible explicar.

    Esto se hace posible cuando Dios guarda nuestro corazón y nuestra mente, como dice el texto. Una mente controlada por el Espíritu de Dios es capaz de meditar en la grandeza del Señor cuando todo a su alrededor tambalea. Por esto el apóstol exhorta a los creyentes de Filipos a traer las preocupaciones al Señor en oración, y en el versículo 8 a dejar que sea Dios mismo el que guarde nuestros pensamientos:

    “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.”

    Cuando nuestros pensamientos son como dice el texto, podemos damos cuenta de que estamos sintonizados con Dios. Y cuando nos salimos de la frecuencia de Dios, nuestros pensamientos acaban desviándose hacia lo que no es cierto, preocupándonos por cosas que no son reales e imaginando situaciones que nos quitan la paz. Acabamos perdiendo el tiempo pensando en cosas deshonestas que alguien nos ha hecho o peor aún, que nosotros podríamos hacer. Nos permitimos pensar en aquellos que tienen mala fama, aún si el pensar en ellos nos pone de mal humor. Dejamos que nuestra mente dé vueltas sobre cosas que no tienen virtud alguna, y acabamos criticando en lugar de dar gracias. Cuando damos rienda suelta a nuestros propios pensamientos, en lugar de paz, sufrimos ansiedad, miedo, y desánimo.

    En lugar de esto, tomemos el reto que Dios nos ofrece. Si dejamos que Dios tome el mando de nuestra mente podremos disfrutar de la paz de Dios y de los buenos pensamientos que Él quiere producir en nosotros. Pablo había aprendido a tener paz y gozo en cualquier situación. Dice en los versículos 12 y 13: “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”

    Así como Pablo vivía, podemos vivir nosotras. Al hacer esto, no sólo podremos disfrutar de paz y ver la vida de forma más positiva, sino que seremos sal y luz en medio de aquellos que no han experimentado la paz de Dios.

    Pablo acaba la epístola dando gracias a Dios por todas sus bondades, deseando que la gracia de Dios abunde en la vida de cada cristiano, y afirmando en Filipenses 4:19 que Dios siempre cuida a los suyos. Descansemos seguros en esta promesa:

    “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.”

    A Él sea la gloria.

  • Enemigos de la cruz

    Aunque muchos no buscan a Dios, creo que podríamos decir que la mayoría de las personas no se considerarían a sí mismos como enemigos de la cruz. Esa terminología suena muy fuerte. Se podría aplicar a los que persiguen a los cristianos para destruirlos, o a aquellos que les hacen la vida imposible, pero no para el ciudadano de a pie. La mayoría diría que la religión puede ser beneficiosa en moderación, si es para hacer el bien, mas no consideran que ellos la necesiten.

    ¿Pero qué dice la biblia en cuanto a esto? ¿Quienes son los enemigos de la cruz? Filipenses 3:18-21 advierte: “Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal. Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

    Pablo presenta un contraste entre los enemigos de la cruz y los seguidores de Cristo, y no parece dejar margen para aquellos que no son ni uno ni otro. Este contraste ya lo había hecho antes, cuando hablaba de las obras de la carne y las obras del Espíritu. También ha hablado de lo terrenal y lo celestial en 1 Corintios 15, y hablará también a los Colosenses del cuerpo terrenal y el espiritual. Santiago también contrasta la sabiduría terrenal con la celestial, no dando lugar a otro tipo de sabiduría.

    Siguiendo esta dicotomía debemos concluir que aquellos que no tienen la ciudadanía en los cielos, que no viven esperando al Salvador, se encuentran en ese primer grupo que Pablo describe como enemigos de la cruz de Cristo. Sé que hay personas que son amigos del cristianismo, porque reconocen que con la filosofía cristiana el mundo funciona más ordenadamente. Mas Pablo describe a los enemigos de la cruz como aquellos que "adoran el vientre, y cuya gloria es su vergüenza". Está describiendo a los que solo piensan en satisfacer los deseos del cuerpo, viviendo para comer y beber, y disfrutar de los placeres de la vida. No es que comer y beber y disfrutar la vida sea malo, pero estas personas solo piensan en lo terrenal, en el aquí y ahora, y no tienen tiempo para pensar en las cosas celestiales. No quieren perder ni un minuto de su tiempo aquí en la Tierra para considerar el estado de su alma ni lo que les espera después de la muerte. Solo tienen tiempo para las cosas de esta tierra. A estos les llama el apóstol enemigos de la cruz, y nos dice que su destino final es la perdición. Ellos no recibirán el supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús al final de la carrera de la vida. Habrán corrido, pero hacia la perdición.

    En lugar de vivir para Cristo, habrán vivido para ellos mismos, y la llegada a la meta será triste, pues todo para lo que han vivido se quedará a este lado, y lo único que encontrarán a la llegada será perdición, lejos de la presencia de Cristo.

    No quisiera sonar pesimista ni catastrófica, pero quisiera comunicar ese sentimiento de urgencia que he sentido al leer el texto en Filipenses 3. Pablo quería proteger a estos cristianos de los enemigos de la cruz, pero muchas veces nosotras mismas podemos mostrar características que nos identificarían con estos. Si decimos con Pablo “Para mí el vivir es Cristo”, no podemos vivir el día a día pensando en lo material solamente, lo que comeremos, lo que haremos, lo que lograremos. Si de verdad vivimos en Cristo, lo demás debe ocupar menos importancia en nuestras vidas. Yo debería cuidar mi alma más, y no dar tanta importancia a las cosas terrenales. Debería prepararme para reaccionar mejor a las decepciones diarias, y debería pasar más tiempo con Dios, y no esperar a llegar a la gloria. Al final de la carrera me espera el Salvador, pero puedo correr el curso de su mano. No quiero que se me confunda con un enemigo de la cruz.

  • Hacia la meta

    El apóstol Pablo en la carta a los Filipenses utiliza una imagen de una carrera para explicar la vida cristiana. Cuando uno comienza una carrera, tiene claro dónde se encuentra la meta. Corre en dirección a esta meta, e intenta no hacer nada que le haga difícil correr con soltura y determinación. Su vestimenta, de los pies a la cabeza está diseñado para hacer la carrera más eficaz y agradable. Su calzado es cómodo, sus calcetines transpirables, sus pantalones frescos y su camisa suave y agradable. Puede que lleve una gorra y que se haya aplicado crema solar, dependiendo de cómo sea el recorrido hacia la meta. No sé si Pablo había sido corredor pero en el texto nos da ideas de cómo se debe correr la carrera de la fe para llegar a la meta con satisfacción.


    Filipenses 2:16 dice que nos es necesario correr “asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado.”

    Todo el esfuerzo que la carrera conlleva no debería ser en vano, por lo que tenemos que entender bien la palabra de vida que Dios nos ha dado.


    En Filipenses 3:12-14, Pablo, hablando de cómo correr la carrera cristiana para llegar a alcanzar el premio, nos dice:


    “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.”

    Aquí vemos definida la meta del cristiano: es “el premio del llamamiento de Dios en Cristo Jesús” el cual es supremo, el más alto llamamiento. Esto describe el momento de la glorificación, cuando en el juicio final el Señor llame nuestro nombre y nos dé paso a la vida eterna con Cristo. Esta es la meta de cada persona que a través de la historia ha confiado en la obra redentora de Cristo en la cruz. Cuando allá se pase lista, todo aquel que ha iniciado la carrera de la fe en Cristo habrá seguido en la carrera gracias al don del Salvador y llegará a la meta esperada. Pablo advierte a aquellos que no sienten que están en la carrera, que no tienen el sentir que hubo en Cristo Jesús, descrito en el capítulo 2, diciéndoles: “Así que, todos los que somos perfectos (es decir, los que hemos sido perfeccionados por la obra de Cristo en la cruz), esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios.” Pídele a Dios que te muestre si estás o no en la carrera, e inscríbete por fe en Cristo, porque el premio te espera en la meta, y podrás disfrutar de la perfecta comunión con Cristo.

    Es por este supremo premio que nos espera que el apóstol puede decir en el 1:22: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.” Pablo vivía su vida para Cristo, por lo que sin importar las circunstancias, la vivía gozoso y con ganas, y sabía que si moría, alcanzaría la meta por la que vivía, que era Cristo mismo. Cuando vivimos para cualquier cosa en esta vida, ya sea fama, dinero o diversión, en el momento de la muerte lo perdemos, porque nada podemos llevar con nosotros al la tumba. Mas cuando vivimos para Cristo, la muerte es la obtención plena de aquello para lo que hemos vivido.

    Por este motivo Pablo proclama sin titubear en el capítulo 3:7-9 “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe.”

    En el capítulo cuatro, Pablo anima a los filipenses a permanecer unidos, firmes en el Señor, y gozosos, porque el Señor está cerca.

    Mantengamos la vista en la meta, en el premio que Cristo ya ha ganado por nosotros. Prosigamos con confianza, porque a la llegada está nuestro Salvador esperando con los brazos abiertos, y por el camino, su Espíritu nos sostiene y nos guía. Sin duda, no tenemos nada que temer, porque viviendo para el Señor, todo es ganancia.

  • Unánimes en Cristo

    Si tuviéramos que elegir un pasaje como núcleo del libro de Filipenses, sería el texto del capítulo 2 en el que el apóstol presenta el carácter y la obra de Cristo en nuestro favor.

    Pablo establece su argumento de la siguiente forma en los versículos 1 y 2:

    “Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia,
    completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.”

    Esto podríamos decirlo en otras palabras, ya que sus premisas son correctas:

    Puesto que hay consolación en Cristo, puesto que tenemos consuelo en su amor, puesto que disfrutamos de la comunión del Espíritu, de su afecto entrañable y de toda misericordia, podemos tener un mismo espíritu, sentir lo mismo y tener el mismo amor. Podemos vivir unánimes en Cristo, gracias al evangelio. Por tanto, los siguientes versículos se hacen posible. Pablo nos reta a vivir conforme a estas premisas, diciendo:

    “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.”

    Cuando vivimos conforme al ejemplo de Jesucristo, no buscamos nuestra gloria, sino que damos de nosotros mismos para el bien de los que nos rodean. Y el texto nos exhorta con estas palabras:

    “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”

    La esencia del evangelio es que Cristo, siendo Dios mismo, se bajó a sí mismo a nuestro nivel, para darnos el regalo de la salvación. Esto le costó la vida, padeciendo una muerte no solo dolorosa, sino también humillante; y todo por nuestra redención. Mas Dios no lo dejó humillado, sino que

    “Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

    Nuestro Salvador es vencedor, y por medio de Él podremos disfrutar de la victoria eterna sobre el mal.

    Por Su obra en la cruz podemos vivir una vida que da gloria a Su nombre, unánimes, en amor, y con gozo; sin murmuraciones ni contiendas, (2:14), “asidos de la palabra de vida” (2:16). Muchos han seguido el ejemplo de Cristo, dando de lo suyo para el bien de otros, sirviendo a los que necesitan ayuda, prestando atención a aquellos que necesitan un hombro amigo. Haciendo esto unos con otros, cumplimos el consejo del apóstol, regocijándonos en el Señor, gozosos unos con otros, para gloria de Dios Padre.

  • Filipenses

    Filipos, ciudad que debe su nombre al rey Filipo II, padre de Alejandro Magno, llegó a ser una colonia del imperio romano. Situada en la región de Macedonia, Filipos era una ciudad de gran importancia en los días del apóstol, y fue en esta ciudad que se fundó la primera iglesia en tierras europeas. En Hechos 16 leemos que cuando Pablo, Silas y Timoteo intentaron ir a Bitinia, en Asia, el Espíritu no se lo permitió, y “les fue prohibido hablar la palabra en Asia” nos dice el texto; entonces vieron en visión a un varón macedonio que les rogaba que pasaran hasta Macedonia. Y así fue como llegaron hasta Filipo, donde Lidia, vendedora de púrpura escuchó el evangelio y lo recibió, y donde el carcelero y su familia llegaron a conocer a Cristo también.
    En la carta a los Filipenses encontramos a Pablo escribiendo desde prisión y orando por los filipenses del mismo modo que había orado por los creyentes de Éfeso y de la zona. El apóstol daba gracias por ellos, porque habían llegado a compartir la gracia de Dios a través del evangelio, confiando en que Dios, que había comenzado la obra en ellos dándoles la salvación, la continuaría hasta la perfección en el momento de la glorificación. Pablo, sentía que estos cristianos compartían con él la gracia de Dios sin importar dónde se encontrara cada uno. Pablo estaba en ese momento en prisión por predicar el evangelio, mas sentía gozo al meditar en todas las bendiciones del evangelio, incluyendo la compañía espiritual de otros y la seguridad de una herencia en Cristo.

    La iglesia de Filipo estaría compuesta por personas que habían salido del paganísmo y habían llegado a conocer a Cristo, por lo que no encontramos comentarios sobre judíos y gentiles. Esto serían en su mayoría gentiles.

    Pablo escribe a los filipenses una carta bastante personal, tocando temas prácticos del andar cristiano.

    Pablo agradece a los filipenses que lo hayan sostenido con sus oraciones y sus regalos de amor. Su petición por los filipenses la vemos en los versículos 8-11: “Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor” Pablo rogaba para que estos cristianos pudieran vivir una vida sincera y sin reproches hasta el día en que estuvieran en la presencia de Cristo, que pudieran abundar en sus vidas los frutos de justicia por medio de Jesucristo, y así dieran gloria y alabanza a Dios por su andar diario. En el último capítulo de la carta, Pablo una vez más agradece a los filipenses por el cariño que le habían mostrado, recordándoles en el versículo 19, el conocido principio que Dios cuida de sus hijos, por lo que podemos dar libremente de todo aquello que Dios nos da, porque: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.”

    Esta verdad nos permite estar gozosos sin importar la situación, confiando en que Dios cuida a los suyos. No siempre entendemos por qué Dios permite que hijos suyos sean perseguidos por aquellos que persiguen el evangelio de Cristo. Entendemos que cuando esto ocurre, estamos participando de los sufrimientos, como comenta en Filipenses 1:19 y 3:10. Pablo entendía que Dios podía hacer que incluso en la persecución, el nombre de Dios pudiera ser proclamado y glorificado, y esto lo consideraba un honor.

    En el segundo capítulo de Filipenses, Pablo presenta el corazón del libro al mostrar el carácter y la obra de Cristo. Con Cristo como ejemplo, el apóstol nos muestra destellos de lo que es una vida digna del evangelio de Cristo. El contenido del libro está directamente conectado al núcleo, que es la persona de Jesucristo. Aquellos que hemos gustado la gracia y el amor de Dios podemos vivir una vida de gozo y confianza, intercediendo en oración unos por otros y apoyándonos en la fe hasta el día de Jesucristo.

  • El andar del cristiano

    En la segunda parte de la carta a los Efésios, Pablo pasa a mostrarnos cómo el evangelio se evidencia en la vida del cristiano.

    En el capítulo 4, Pablo comienza con esta petición a los cristianos de Éfeso: “os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.” Puesto que Dios nos ha llamado a la salvación y santificación, y nos ha dado su poder para ser fortalecidos internamente, debemos vivir diariamente como corresponde a esta vocación.

    ¿Y cómo es esta manera de andar o de vivir? En primer lugar Pablo da una lista de actitudes que describen al cristiano en los versículos 2-5: “con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.”

    Las características que menciona son parte del fruto del Espíritu: humildad, mansedumbre, paciencia, amor, paz, todo esto necesario para preservar la unidad en el Espíritu. La unidad en la fe y el conocimiento de Dios nos permite no solo ir creciendo en el Señor, sino también ayudando a otros a crecer. Dios, en su sabiduría, usa a individuos para perfeccionarnos unos a otros. En las palabras de Pablo, “que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor. (Efesios 4:15-16)

    Así como veíamos en el capítulo 3 que Dios usa a los creyentes para mostrar su sabiduría a los principados y potestades en el universo, Dios usa a su iglesia para la mutua edificación, cada uno con su don personal, usándolo en mansedumbre para la gloria de Dios.

    En los últimos tres capítulos vemos cómo la antigua manera de vivir es sustituida por una forma de andar de acuerdo con la vida nueva en Cristo. Pablo no describe un cambio de actuación aprendido, sino más bien presenta un cambio interior que se va reflejando en una nueva forma de vida. Las conversaciones necias y vacías pasan a ser conversaciones de gratitud y alabanza. En lugar de agradarnos a nosotros mismos, buscamos agradar a Dios, evitando actitudes y acciones que Dios condena y haciendo aquellas cosas que Dios aprueba.

    Este cambio de corazón se refleja también en nuestra relación con otros. En primer lugar, se muestra en nuestra relación con los más cercanos. La última sección de Efesios 5 describe una relación de amor y respeto mutuo entre el esposo y la esposa. Y los primeros versículos del capítulos 6 tratan la relación entre padres e hijos, así como las relaciones laborales.

    Todas estas relaciones interpersonales tienen en común el respeto que Dios da a cada ser humano y que espera de nosotros. La falta de respeto interpersonal es síntoma de una pobre relación con Dios que necesita atención. Cuando tratamos con otros, debemos hacerlo para agradar a Dios, y no a los hombres, “sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre” (Efesios 6:8).

    Cuando actuamos con este principio en mente, la relación entre el esposo y la esposa mostrará el amor de Dios a la iglesia, y el respeto de la iglesia a Cristo, y esto se reflejará en la administración y el funcionamiento del hogar. Los hijos que entienden la bendición de Dios a aquellos que le obedecen, mostrarán respeto a sus padres, y los padres que comprenden que su autoridad como padres es una responsabilidad dada por Dios, al cual tendrán que dar cuenta, tratarán a sus hijos con el cuidado y la dedicación que Dios espera de ellos. En el ámbito laboral, el trabajador tratará a su jefe con respeto y el empresario no se aprovechará de sus empleados, sino que los tratará correctamente.

    Todo esto, una vez más, es imposible de mantener diariamente sin los recursos que Dios nos ha dado en el momento de la salvación. Cuando recibimos la salvación de Cristo, obtenemos también la armadura de Dios, “para que podamos resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.” (Efesios 6:13): El yelmo de la salvación nos capacita para llevar la armadura, el cinto de verdad nos guía, la coraza de justicia nos da la capacidad para tomar las decisiones correctas en la batalla, el escudo de la fe nos protege de la duda y el desánimo, y podemos usar la espada de la Palabra cuando nos enfrentamos a las tentaciones diarias.

    Recordemos en las situaciones diarias que nuestro verdadero enemigo no es la persona que tenemos delante. No olvidemos que nuestra lucha es contra fuerzas espirituales, “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.” (Efesios 6:12)

    Tomemos por tanto los recursos que Dios nos ha dado, y vivamos una vida según el corazón de Dios. Comprobaremos que esta forma de vivir no solo agrada a Dios, sino que es una vida mucho más gozosa y llena de paz en nuestro interior y con los que nos rodean.

  • Las riquezas de su gracia

    Solemos dar de lo que tenemos, por lo que es seguro decir que si no tienes algo, no lo puedes compartir con nadie.

    Cuando Dios da gracia, es porque Él es rico en gracia y misericordia. La gracia es un favor inmerecido. Dios es capaz de dar gracia, porque Él es el mismo concepto de gracia. Es compasivo y misericordioso. Dios nos puede dar vida, porque Él es la vida, como confesó Jesús en Juan 14:6. En Efesios 2 leemos que cuando estábamos muertos en nuestros propios delitos y pecados, Dios dio vida. En el versículo 3 leemos: “todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Como veíamos en Gálatas, en la reflexión sobre la carne y el Espíritu, en nuestra condición natural, vivimos para los deseos de la carne. Hay quien cree que vive según sus propios deseos, pero si somos sinceras, como Pablo expresaba en 2 Corintios, esas cosas que queremos hacer no llegamos a hacerlas, y aquello que determinamos no hacer, acabamos haciéndolo en repetidas ocasiones. Y es que en nuestras propias fuerzas, tendemos a practicar las obras de la carne.

    Mas afortunadamente para nosotras, no tenemos que permanecer esclavizadas a la carne. Efesios 2:4-7 nos anuncia: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.”

    Dios nos ha dado una vida nueva en Cristo, para mostrar a través de los siglos la riqueza de su gracia. Ha sido bondadoso hacia aquellos que lo rechazábamos. Eso es ser rico en gracia; eso es ser rico en misericordia.

    Como dice el capítulo 2, cuando estábamos lejos de Dios y ajenos a su voluntad, sin esperanza y sin Dios, hemos “sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.” (Efesios 2:13)

    “Así que”, dice Pablo en los versículos 19-23, “ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”

    Ahora somos familia de Dios, gracias a su gracia salvadora. Ahora los cristianos formamos un cuerpo, un edificio fundado en Cristo, la piedra angular, y ahora, por la gracia de Dios, somos templo del Espíritu Santo.

    No olvidemos nunca de donde nos ha rescatado Dios, y cuál es nuestro destino, gracias a su rica misericordia. Meditemos a menudo en la riqueza de la gracia de Dios.

  • Oración de intercesión

    Pablo, en el capítulo 3 de Efesios explica cómo Dios, en su perfecto plan, había abierto la puerta de la salvación a los gentiles, presentando el evangelio de Jesucristo. Me encanta el mensaje del versículo 10, donde leemos del plan perfecto de Dios: “que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales.”

    El propósito eterno de Dios es dar a conocer su sabiduría, y pudiéndolo hacer de cualquier manera, ha elegido hacerlo a través de nosotros, su iglesia, aquellos que hemos confiado en Él para salvación.

    Pablo, confiando en la seguridad de la esperanza eterna que tenemos en Cristo, anima a los cristianos de Éfeso a no preocuparse por las tribulaciones que él mismo estaba pasando durante su encarcelamiento. Pablo no estaba en la cárcel por crímenes que había cometido. Su único delito era predicar la palabra de Dios.

    Pablo aprovechaba bien el tiempo en prisión, orado por los cristianos que estaban fuera, y animándolos en su andar diario con Dios.

    Les dice en el capítulo 3: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, … para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”

    Cuando Pablo aquí ora por los creyentes, pide que estos sean fortalecidos internamente. Muchas veces oramos por las necesidades físicas de las personas, lo cual es bueno y necesario, pero a veces olvidamos la importancia de ser fortalecidos en Cristo, de permanecer firmes, arraigados y cimentados en amor, y que lleguemos a entender y disfrutar la esencia de Dios y la bendición de ser sus hijos.

    Así como Pablo oraba, debemos pedir nosotras por los que desean andar en los caminos del Señor, alentándonos unos a otros, y llevando las necesidades espirituales a “aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros.” el poder de Dios mismo.

    A este, el Todopoderoso, nuestro creador, salvador y sustentador “sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.”

    Así acaba el apóstol su oración en este capítulo. Sigamos el ejemplo del apóstol. Sigamos este ejemplo de intercesión. Llevemos a nuestros hermanos en oración ante Dios, para que seamos fortalecidos en el Señor, para la gloria de Dios.

  • Oración de gratitud

    La Biblia nos anima a orar unos por otros. Pero a veces es difícil saber cómo podemos orar por nuestros familiares y amigos. En la carta a los Efesios, Pablo nos deja constancia de su oración, la cual podemos seguir como ejemplo de nuestra intercesión por aquellos que están en el camino con nosotros.

    En el primer capítulo, Pablo comienza con una alabanza a Dios mismo, recordando Su perfecto amor y Su gracia que ha derramado sobre cada uno de nosotros.

    Efesios 1:3-4 “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él”

    Dios, de su propia voluntad, como hemos visto ya en otros textos, nos escogió desde antes de la fundación del mundo. El Dios eterno en su omnisciencia predeterminó que nosotros en el siglo XXI creeríamos en la obra de Cristo en la cruz y seríamos sus hijos. Su conocimiento y su poder supera nuestro entendimiento, mas podemos disfrutar del hecho de que en su amor, nos predestinó, nos adoptó, nos redimió, nos perdonó, nos hizo aceptos en Cristo el Amado.

    No se limitó a salvarnos para que no pereciéramos en nuestra iniquidad, sino que además, nos dicen los versículos 7-9, “según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, nos dio a conocer el misterio de su voluntad.” Dios nos ha dado su Palabra, para que podamos conocerle a Él y conocer su voluntad.

    Dios nos ha declarado herederos de la gracia, para alabanza de su gloria, y nos ha dado al Espíritu Santo como las arras de la herencia que recibiremos en gloria. Dios no se ha dejado ningún detalle. No hay nada que nos falte en Él. Todo lo que necesitamos para la vida cristiana aquí y la eternidad en gloria ya nos ha sido otorgado. Por todo esto podemos estar agradecidos.

    Por todo esto, Pablo oraba por los Efesios, primeramente dando gracias por la salvación que podían disfrutar. En los versículos 15-17 les dice:

    “Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él.”

    Podemos poner en práctica esta oración de gratitud a Dios por nosotras y por aquellos que nos rodean. Que podamos reconocer y apreciar aquello que Dios ya ha hecho por nosotras, y que cada uno de nosotros podamos crecer en sabiduría y conocimiento de Dios.

  • Efesios

    La ciudad de Éfeso se puede visitar hoy día si decides ir hasta Turquía. Incluso podrías ir de compras al outlet de Éfeso. Esa antigua ciudad costera era en los días de los apóstoles un lugar de mucha actividad. En el libro de los Hechos leemos que Pablo visitó esta ciudad en varias ocasiones, y que vivió allí dos años.

    Efesios, junto a las cartas a los Filipenses, a los Colosenses y a Filemón, se denominan epístolas de la cautividad, ya que se deduce que Pablo escribió estas cartas mientras estaba en la cárcel.

    A diferencia de la carta a los Romanos o la de los Gálatas, en la carta a los Efesios no aparecen saludos específicos a aquellos con los que Pablo tenía más relación. Entendemos que esta carta es una de las que los Efesios leerían, y pasarían a otras comunidades de la zona. Así, encontramos que Efesios es una carta que podría muy bien haber sido enviada a cualquier grupo de cristianos en cualquier lugar del mapa o etapa histórica. Es así una carta escrita para ti y para mí, tanto como para cualquier creyente que viviera en la región de Asia Menor en el primer siglo.

    Si dividimos Efesios en dos, la primera parte es una sección doctrinal, en la que el apóstol pone las bases para la vida cristiana. La segunda parte provee la aplicación práctica, dando pautas para vivir la vida según los principios expuestos en la primera parte de la carta.
    Es una organización muy lógica, ya que es congruente que nuestro estilo de vida esté basado en creencias firmes. Efesios presenta primeramente esas bases ideológicas que hacen posible una vida de unidad y respeto mutuo entre personas.

    Un tema que se palpa a través de toda la carta, es el de la unidad de los creyentes en un mismo Dios y Salvador, Jesucristo.

    La idea principal del libro sería la siguiente: Puesto que Dios ha querido salvarnos y nos ha dado a Su Hijo para redimirnos de nuestros pecados, y su Espíritu para guiarnos en Su voluntad, podemos y debemos mostrar respeto mutuo en nuestras relaciones interpersonales, y así disfrutar de la voluntad de Dios para nuestras vidas.

    Como Dios sabe que no seríamos capaces de vivir la vida cristiana en nuestras propias fuerzas, en el último capítulo nos muestra la equipación que Él ha provisto para cada cristiano, para que con todos los recursos que hemos recibido de Él podamos tener la victoria en las batallas de la vida.

    Te reto a leer con atención esta carta y anotar las bases para la vida cristiana y cómo estas pueden producir una vida victoriosa en Cristo.

  • Una alegoría

    En el corazón de la epístola a los Gálatas, Pablo presenta una alegoría que captura la esencia del mensaje de Gálatas.

    Dios había hecho pacto con Abraham en el desierto. En el capítulo 3 de Gálatas leemos cómo Abraham había mostrado su fe en Dios, confirmando que la justicia de Abraham era por la fe, y no por las obras. Abraham había recibido la promesa de que él y Sara tendrían un hijo, a través del cual vendría el Salvador. Mientras esperaban, se desesperaron, y pensando que igual no debían interpretar la promesa de Dios literalmente, decidieron que Abraham tuviera un hijo con Agar, la sierva de Sara. Así, Abraham tuvo un hijo con Agar, y lo llamó Ismael. Agar, viéndose la madre del heredero de Abraham, comenzó a despreciar a Sara, su señora. Fue así que Agar fue enviada lejos. Mas Dios atendió a la oración de Agar, y esta volvió y habitó en con ellos, y dio a luz a Ismael. Pasados unos años, Dios hizo que Sara concibiera un hijo de Abraham, Isaac, el hijo de la promesa. Este pequeño llegó al mundo cuando Ismael ya tenía unos 13 años. De repente, Agar e Ismael, pasaron a un segundo plano, ya que quedaba claro que Isaac era en realidad ese hijo prometido. Sin embargo, leemos en Génesis 21 que Ismael, el hermano mayor, al ir creciendo Isaac, contínuamente se metía con él y se burlaba. Sara sufría viendo la situación, y pidió que Abraham enviara a Ismael y Agar lejos de ahí. A Abraham no le parecía bien esta acción, mas consultando con Dios sobre el asunto, Dios le dio paz de que Él mismo cuidaría de Agar e Ismael, y que así protegería a Isaac, el hijo de la promesa.

    Muchos siglos más tarde, en esta carta de Pablo a los Gálatas, encontramos una alegoría que nos llama la atención. Pablo, al explicar que la ciudadanía que importa es la celestial, nos presenta una alegoría basada en esta historia. Leemos en Gálatas 4:21

    “Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley?
    Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre.
    Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa.

    Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar.

    Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud.
    Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre.
    Porque está escrito:
    Regocíjate, oh estéril, tú que no das a luz;
    Prorrumpe en júbilo y clama, tú que no tienes dolores de parto;
    Porque más son los hijos de la desolada, que de la que tiene marido. m

    Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa.
    Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora.

    Mas ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre.
    De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre.”

    Curiosamente, en esta alegoría, el pueblo étnico de los judíos viene representado, no por Isaac, el hijo de la promesa, sino por Ismael, el hijo de Agar, la sierva. Este era hijo en la carne, nacido de la esclava. Así el pueblo judío que había rechazado a Jesús, el pueblo que habitaba la zona de Jerusalén en este momento, en el monte Sinaí, era el hijo de la esclava, mientras que todos los que hemos creído en Cristo y hemos sido nacidos de nuevo en el Espíritu, estamos representados en la alegoría por Isaac, el hijo de la libre. Para nosotros, como para Isaac, es la promesa. Nosotros, como Isaac, podemos confiar en que nada ni nadie nos podrá privar de aquello que Dios nos ha concedido. Los que cuestionaban la promesa a los creyentes, no tenían esperanza de victoria. Dios siempre ha protegido a los suyos.

    Al continuar leyendo las otras cartas de Pablo a los creyentes, descansemos en la certeza de que la Jerusalén de arriba nos espera, y ahora ya podemos disfrutar de la libertad que Cristo ha provisto, viviendo en el Espíritu.

  • La carne y el Espíritu

    Hay una gran diferencia entre una persona que vive la vida en la carne y una que vive en el Espíritu. Hemos podido ver que gracias a la obra de Cristo en la cruz, somos libres de la ley. Si la ley nos esclaviza, Cristo nos libera. Más como Pablo explica en sus cartas, todavía encontramos una ley natural, y es que el mal sigue morando en nuestro ser cuando no estamos viviendo consciente y activamente en el poder del Espititu Santo que mora en nosotros tras la redención. En los capítulos 5 y 6 de Gálatas, encontramos una clara distinción entre las obras naturales de la carne y las obras naturales del Espíritu. Y nosotros, en Cristo, podemos vivir desechando unas para practicar las otras. La pregunta es cuales vamos a desecahr y cuáles vamos a practicar. Leamos los versículos en Gálatas 5:13-6:5 para poder meditar en lo que la Biblia nos enseña. Pablo comienza con una exhortación—una afirmación de lo que ha ocurrido en nuestras vidas y el peligro de tomar a la ligera la gran obra de transformación que el Señor quiere llevar a cabo en nuestras vidas. Dice así:

    “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros.

    Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.
    Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.

    Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías,

    enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones,

    herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.”

    Llama la atención encontrar en la lista algunos de los pecados que más fácilmente justificamos entre aquellos pecados que consideramos más serios. Consideramos algunos peores que otros, más Dios ve todas las desviaciones de su voluntad como pecado, incluso aquellas que consideramos más pasables.

    Pero continúa el apóstol con una lista de características que podemos disfrutar, porque son el resultado directo del Espíritu de Dios; solo tenemos que desechar las obras de la carne y permitir que el fruto natural del Espíritu brote en nuestras vidas.

    “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
    mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.”

    ¿Qué ley podría condenarnos por mostrar gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre o templanza?

    Asi que, vivamos libres para el Señor, como nos dice el texto:

    “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.
    Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.

    Aceptemos el reto. Vivamos cada día desechando las obras de la carne, que incluyen enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas y disensiones,

    Y disfrutemos del fruto dulce que el Espíritu puede producir en nuestras vidas.

  • Libertad en Cristo

    El el capítulo 4 de Gálatas, Pablo lamenta que la relación que había tenido con los creyentes de Galacia se había deteriorado, y los que en el pasado habían admirado al apóstol y lo habían ayudado en su debilidad física, ahora lo despreciaban.

    En el versículo 16 Pablo pregunta a los gálatas: “¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad?”

    Es probable que en alguna ocasión por decir la verdad a alguien, acabemos dañando la relación; y es que la verdad duele. La verdad debe ser dicha, pero con mucho cuidado, porque aún cuando se busca el momento adecuado y se miden las palabras, es posible que la reacción recibida tras decir la verdad no sea la que quisiéramos. Pablo había dejado claro que la ley judía había sido dada al pueblo judío a través de Moisés, como vimos en el Antiguo Testamento. En el capítulo 3 vemos que el propósito de la ley era mostrar la santidad de Dios y el pecado de los humanos, ya que nadie es capaz de cumplir fielmente toda la ley. Cuando no hay normas, no hay infracción, mas cuando se establece una normativa, toda desviación es identificada. Si no hubiera una ley que limitara la velocidad en carretera, no habría multas por exceso de velocidad. Sin la presencia de una ley que prohíba fumar en un espacio público, nadie podría llamarle la atención al que encendiera un cigarrillo. Si no tuviéramos una ley que exige el uso del cinturón de seguridad, no llevarlo sería optativo. Las leyes, por tanto hacen que aquello prohibido o exigido, según sea el caso, defina lo que es aceptable o lo que está mal.

    Los judíos, como sucede a muchos de nosotros, imaginaban que podían mostrar superioridad si cumplían las normas mejor que otro. Siguiendo este pensamiento, cuando Dios presenta la salvación por gracia, como un regalo inmerecido imposible de alcanzar por obras, podemos seguir pensando erróneamente que nuestras obras nos pueden dar gracia ante Dios. Estos cristianos judíos de Galacia, habiendo sido rescatados de la condenación de la ley, todavía insistían en someterse a leyes de higiene, comida y ritos. No siendo esto necesario, los apóstoles no ponían pegas, entendiendo que seguir la ley no era incorrecto. Sin embargo, estos cristianos judíos imponían sus principios a los gentiles que jamás habían guardado estas leyes. Veían a cualquiera que no seguía sus normas como inferiores a ellos, y juzgaban a judíos y gentiles, e incluso a ellos mismos se agobiaban, imponiendo aquellas cosas de las que Dios les había librado. La circuncisión era una práctica por la que había división. En la ley judía, los niños varones eran circuncidados al octavo día, siguiendo el rito judío. Cuando un varón no judío se convertía al evangelio, los judíos esperaban que estos fueran circuncidados. Por esto Pablo les dice en Romanos y aquí también que la circuncisión no trae salvación. Dice en Gálatas 5:6 “porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.”

    Y les exhorta en el versículo 1: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.”

    Si eres libre de la ley por Cristo, no te ates a aquellas cosas de las que has sido liberado. Este es el mensaje de Pablo a los gálatas y a nosotros también.

    Esto no es una licencia para que cada uno haga según le parezca, sino para recordar que nuestra salvación depende de Cristo, y es un regalo de gracia. El cristiano agradecido hace buenas obras, pero no para merecer favor, sino para mostrar y compartir aquello que ha recibido de Dios. Esto lo vemos en Gálatas 5:13-14, donde dice: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

    Si somos libres para amar y hacer el bien, ejerzamos la libertad que Dios nos ha dado y dejemos que fluya hacia aquellos que nos rodean, hablando la verdad en amor, recibiendo la verdad con agradecimiento y haciendo el bien unos con otros.

  • Doble cara
    Como hemos podido ver la división étnica entre judíos y gentiles causaba división incluso entre los creyentes. Pablo había recibido la tarea de llevar el evangelio a los gentiles, mientras otros como Pedro estaban trabajando más de cerca con los judíos. Pedro, Jacobo y Juan habían entendido y defendían que los creyentes gentiles no tenían por qué circuncidarse o guardar la ley judía. En Hechos 15, en el concilio de Jerusalén, ya habían reconocido que los gentiles no tenían que seguir las leyes de higiene y alimentación de los judíos.

    Nos cuenta el capítulo dos de Gálatas que Pedro no tenía ningún problema en comer con los gentiles, pero parece ser que cuando estaba con judíos, evitaba ser visto sentado con los gentiles. Por este motivo Pablo tuvo que llamarle la atención, a pesar de que Pedro era respetado por muchos.

    Así nos dice Pablo en Gálatas 2:11-14. “Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos.
    Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?”

    Esto que Pedro estaba haciendo, y en lo que le siguieron otros, incluído Bernabé, era tener una doble cara. Pedro no creía que los gentiles tuvieran que seguir la tradición judía; tampoco tenía ningún problema en incluir a aquellos a los que algunos consideraban “inmundos” cuando otros judíos no estaban presentes, pero cuando los judíos que él consideraba importantes entraron en escena, cambió su comportamiento para que no pensaran mal de él, y ya no se sentó con los gentiles a la mesa. Imagino cómo se habrían sentido estos cristianos; los que anteriormente habían comido con ellos ahora los evitaban y hacían como si no los conocieran. ¿Te ha pasado alguna vez? No es una experiencia agradable, pero sin duda deja muy claro que alguien busca la aprobación de alguna persona que no te tiene en alta estima.

    Pablo intervino en ese momento, haciendo algo que podría haber provocado un rechazo de parte de Pedro y de los judíos que ahí estaban. Sin embargo, gracias a Dios, Pedro reaccionó de forma correcta.

    Lo sabemos porque más adelante, en su segunda carta, Pedro llama a Pablo “nuestro amado hermano” (3:15), no guardando rencor por la corrección del último de los apóstoles, como Pablo se llamaba a sí mismo.

    Pablo sabía para quién vivía, y Pedro también, e igualmente nosotros podemos estar firmes en nuestra posición en Cristo. En Gálatas 2:20-21 Pablo afirma: ”Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”

    Lo que vivimos y cómo vivimos debe ir en armonía con lo que creemos en Cristo. Las tradiciones y preferencias de otros no deben interferir en nuestra vida cristiana. Hemos sido salvos por la fe en Cristo. En el versículo 21 dice Pablo:

    “No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”
    En el capítulo 3 pregunta: “Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” “Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?”

    No olvidemos que no ganamos favor de Dios por nuestras obras. Recordemos en nuestro trato con otros que nuestra salvación y la de ellos es por gracia, y está fundamentada en la fe en Cristo, y el intercambio llevado a cabo en la cruz. El creyente debe obedecer los preceptos bíblicos respetando las diferencias de preferencias en asuntos donde la Biblia deja libertad para decidir según la dirección del Espíritu Santo. Que Dios nos dé sabiduría y amor para vivir una vida consistente con Su Palabra sin tener una doble cara dependiendo de aquellos con los que estemos en el momento.

  • La carta a los Gálatas

    Pablo escribió la carta a los Gálatas en los años 50 después de Cristo, a los creyentes que habitaban en la región de Galacia. El apóstol trata tres temas, dos de los cuales trata también en la epístola a los Romanos o la de Corintios. Pablo defiende su apostolado, vuelve a presentar el evangelio, y se centra en el tema de la libertad cristiana.

    El tema principal de esta carta es la libertad que tenemos en Cristo. Para tratar este tema, el apóstol vuelve a presentar el evangelio de Jesucristo, por el cual obtenemos esta libertad. A través de la muerte de Cristo en la cruz, obtenemos la libertad del pecado, y como veíamos en Romanos 6 y 7, habiendo dejado atrás nuestras ataduras al pecado, somos libres para seguir y servir a Cristo. Esta es la base de nuestra libertad.

    Cristo murió por mis pecados, pero visto de forma más personal, Cristo murió por mí. Como resultado de su muerte, tengo el privilegio de creer en él y ser rescatado. Y así lo quiso Dios. Puedo regocijarme en esta salvación y compartirla con otros. Esto es lo que Pablo estaba haciendo, y por ello estaba recibiendo críticas y ataques de todo tipo. Por esto es que una vez más, esta vez a los de la región de Galacia, debe explicar que él no ha elegido este trabajo para su propio beneficio, sino que Dios le había buscado, le había salvado, y por eso él compartía el evangelio. En Gálatas 1: dice “Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.”

    Recordemos que Pablo iba camino a detener a aquellos que habían creído en Cristo cuando Jesús apareció en su camino cambiando su vida y sus planes de vida, y enviándolo más tarde a compartir, especialmente con los gentiles el camino a la salvación.

    Algunos cristianos judíos de la región de Galacia seguían insistiendo en que el cristianismo debía incluir las tradiciones judías, mas cuando Pablo recibió la misión de evangelizar a los gentiles quedaba claro que estos no necesitaban cumplir las tradiciones de la ley judía. Pedro, Jacobo, hermano de Jesús, y Juan lo reconocían así también. La salvación dependía únicamente de la fe en la obra de Cristo, y los judíos debían aceptar que los gentiles vivieran la vida cristiana libres de las tradiciones de la ley judía.

    Asi, en los capítulos 1 y 2 de Gálatas, tras defender su apostolado, Pablo introduce los dos temas que desarrollará en el resto de la epístola: la salvación en Cristo, y la libertad que esta salvación nos ofrece.

    Pablo comparte su testimonio de salvación donde quiera que va, y aquí lo comparte de nuevo a los Gálatas

    Me encanta escuchar el testimonio de cada persona que ha conocido a Cristo como Salvador. Aunque los detalles son particulares a cada individuo, la salvación en Cristo marca sin duda un antes y un después en la vida de una persona. Si tú has tenido un encuentro personal con Dios, te animo a compartir con alguien cómo llegaste a ese momento y cómo ha cambiado tu forma de ver la vida. Puedes compartirlo también en el grupo de Facebook Reflejos de Su gloria si quieres animar a alguien con tu testimonio personal. Si estás viviendo en la libertad que la salvación te brinda, comparte con otros el gozo de servir al Señor. Que Dios te bendiga.

  • Currículum Vitae

    Cuando vas a buscar trabajo, has de presentar un currículum vitae, una lista de méritos que demuestra que eres la persona idónea para el trabajo que deseas desarrollar. En este currículum debes incluir tu formación, titulación y tu experiencia en ese campo, todo con la meta de convencer a otro de tu capacidad para llevar a cabo la tarea indicada.

    En los capítulos finales de 1 Corintios, Pablo presenta una especie de currículum en el que expone los motivos por los que él puede ejercer como apóstol del Señor. No llega a esta defensa por iniciativa propia, sino porque algunos lo habían intentado desacreditar, comparándolo a otros que venían predicando por Corinto. Pablo no lo hace porque quiere enaltecerse, sino que lo hace sin ganas e hipotéticamente, diciendo:

    “Ciertamente no me conviene gloriarme …. Sin embargo, si quisiera gloriarme, no sería insensato, porque diría la verdad.”

    Pablo estaba preocupado de que los de Corinto estaban mirando mucho el currículum de algunos para aprobar aquello que les estaban presentando; les dice:

    “Miráis las cosas según la apariencia” (10:7). Y continúa diciendo en el capítulo 11: 3-5
    “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis; y pienso que en nada he sido inferior a aquellos grandes apóstoles.”

    Ante el peligro de que los creyentes de Corinto fueran engañados por las apariencias, recibiendo otro evangelio que el que presenta la Biblia, Pablo defiende su sinceridad en el ministerio que Dios le había dado; y es que su seguridad no dependía de sus logros personales, sino de su Salvador, Jesucristo.

    Él tenía logros de los que hablar. Su currículum podría incluir los siguientes textos:

    2 Corintios 11:6 “aunque sea tosco en la palabra, no lo soy en el conocimiento; en todo y por todo os lo hemos demostrado.”

    11:9 “cuando estaba entre vosotros y tuve necesidad, a ninguno fui carga,”

    2 Corintios 11 (2-29), comparándose con los que habían venido para confundirlos con otras enseñanzas, el apóstol dice “¿Son hebreos? Yo también. ¿Son israelitas? Yo también. ¿Son descendientes de Abraham? También yo. ¿Son ministros de Cristo? (Como si estuviera loco hablo.) Yo más; en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿A quién se le hace tropezar, y yo no me indigno?

    Pablo matiza en el 11:17: “Lo que hablo, no lo hablo según el Señor, sino como en locura, con esta confianza de gloriarme.” Lo que debemos entender aquí es que la lista de logros y capacidades no es lo que Dios pide, y en ninguna manera impresionamos a Dios con nuestro currículum. Más bien, lo que Dios busca y alaba es nuestra disposición hacia Él y sus preceptos. Por eso concluye Pablo en el 10:17-18: “Mas el que se gloría, gloríese en el Señor; porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba.”

    Por lo que Pablo afirma en el 11:30: “Si es necesario gloriarse, me gloriaré en lo que es de mi debilidad.”

    Aunque Pablo había pertenecido a la secta judía de élite más estricta, la de los fariseos, no se gloriaba ni en eso ni en que era judío de pura cepa. Pablo luchaba con un “aguijón en la carne;” Aunque no nos dice lo que era, sabemos que le molestaba mucho y que había pedido a Dios que lo librara de esto. Mas Dios le había dado una contestación negativa, diciéndole: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.“ (2 Corintios 12:9a)

    Pablo había decidido que aceptaría la negativa de Dios y tomaría este aguijón como un regalo por el cual podría glorificar a Dios. Su gloria estaba en Jesús. “Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.” (dice Pablo en 2 Corintios 12:9b)

    A los creyentes de Galacia, en el 6:14, les dice: “lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.”

    Por lo tanto, ya que lo que de verdad importa es el fundamento de nuestra fe, Pablo acaba su carta con esta exhortación: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? (2 Cor. 13:5)

    Asegurémonos que nuestra fe está basada en Jesucristo, y que nuestra confianza está, no en nuestro currículum ni en nuestro pedigrí, sino en la obra de Cristo en la cruz.

  • Las armas del cristiano

    Cuando algunos criticaron a Pablo diciendo que estaba manipular a los cristianos de Corinto, este respondió con la Palabra de Dios, asegurándoles que en sí mismo, él no tenía ningun poder o autoridad. Cuando les llamaba la atención por algo, era siempre con el deseo de ver a cada creyente tener victoria y avanzar en su vida cristiana. Pablo utiliza un lenguaje militar para mostrarnos cómo el Señor nos ha equipado para ganar las batallas contra la carne.

    2 Corintios 10:3-5 nos dice: “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne;
    porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.”

    ¿A qué armas se refiere el apóstol? Pablo hablará en Efesios de la armadura del cristiano, pero podemos identificar al Espíritu Santo de Dios como nuestro defensor y la Palabra de Dios como nuestra arma de ataque contra las fortalezas que se opongan a nuestro crecimiento espiritual.

    Nos dice el texto que estas armas son poderosas. Cuando entramos en un argumento por nuestra cuenta, podemos usar nuestras propias fuerzas e ideas para intentar defender nuestra posición, mas el Señor nos dice que las armas espirituales son mucho más poderosas y eficaces que cualquier plan que podamos idear, porque tienen el poder de Dios.

    El propósito de las armas que Dios nos ha dado es defender el conocimiento de Dios y promover nuestra obediencia a sus principios.

    ¿Y cómo funcionan estas armas? Podríamos preguntarnos. Estas armas tienen como objetivo los pensamientos. En primer lugar, nos dice el texto que destruyen lo que se levanta en contra del conocimiento de Dios, ya sean argumentos de nuestra mente o la altivez del corazón. Además, estas armas también llevan cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. Esto ocurre de forma que cuando desobedecemos, sentimos la necesidad de arrepentimiento y restauración, y cuando obedecemos, recibimos la confirmación divina de nuestra fidelidad a Dios.

    Como humanos que somos, solemos darnos la gloria por las victorias en nuestra vida, y cuando sufrimos la derrota, miramos a Dios para pedir explicaciones. Sin embargo, estas batallas que experimentamos en nuestra mente o con otros, las ganamos de la mano del Señor, y toda la gloria de la victoria debe ser para Él. Pablo dice en 2 Corintios 10:17-18:

    “Mas el que se gloría, gloríese en el Señor; porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba.”

    En el capítulo 12 el apóstol confirma:
    Ciertamente no me conviene gloriarme (12:1)...., Sin embargo, si quisiera gloriarme, no sería insensato, porque diría la verdad; pero lo dejo, para que nadie piense de mí más de lo que en mí ve, u oye de mí.” Pablo sabía que no es que él no tenía logros personales por los que podría enaltecerse, mas reconocía que lo que teía, era por la gracia de Dios.

    “Por tanto, (afirma Pablo) de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.”


    Si entendemos que la victoria es posible gracias a Dios a través de las armas espirituales que Él nos ha dado, y confiamos en que cuando fallamos, podemos ir a Él en humildad, pidiendo otra oportunidad, podremos enfrentarnos a las batallas diarias de la vida con la determinación de agradar a aquel que tanto nos ama y que ha hecho posible la victoria. Disfrutemos cada día confiando en el Señor.

  • Prosperidad y generosidad

    La Palabra de Dios enseña una ética de trabajo en la que la remuneración es el resultado del esfuerzo. Al mismo tiempo, algunos textos bíblicos muestran un sistema de ayuda al necesitado. Esto no es contradictorio. No deberíamos utilizar textos bíblicos para defender un sistema capitalista ni tampoco ir al otro extremo para defender un sistema económico social comunista que elimina el principio establecido por Dios que dice “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.”

    Pablo clarifica los principios de prosperidad y generosidad en los capítulos 8 y 9, mostrándonos un ciclo precioso por el que el nombre de Dios es glorificado a través de los recursos que nos da diariamente y de la generosidad de sus hijos hacia los que en un momento dado sufren necesidad.

    Así en el capítulo 9 encontramos los conocidos versículos sobre la generosidad: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra;” (2 Corintios 9:7-8)

    Ejemplo de esto lo tenemos en Cristo, de quien leemos en el 8:9 “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.”

    Este principio de generosidad va dirigido al dador, y no al que recibe. El que recibe, nos dice al final del capítulo 9 debe en respuesta mostrar gratitud, dando gloria a Dios que provee para cada uno, reconociendo que es Dios el que da a cada uno. Y como leemos en el mismo texto,en otra ocasión el que ha recibido será el dador, según sea prosperado. Porque Dios ha diseñado un sistema en el que aquel que se esfuerza y trabaja, recibirá recompensa por su labor.

    Leemos en 2 Corintios 9:6:

    “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará.” Encontramos el principio de la siembra y la siega en diversos textos bíblicos. Dios ha ordenado el universo de forma que por regla general, aquel que siembra, segará en correspondencia con aquello que ha sembrado.

    Sin embargo, a causa de la caída y el sistema fallido con el que tenemos que vivir en este mundo, hay épocas en que una buena siembra no produce una buena cosecha. Hay momentos de crisis que provocan escasez, ya sea debido al clima, a una crisis sanitaria, e incluso la mala administración de los recursos. Lo cierto es que es muy probable que en algún momento de nuestra vida, pasemos estrechez. Y para esos momentos, Dios ha establecido que los que tienen más, puedan ayudar a los que tienen menos. Esto está organizado principalmente de forma voluntaria y entre cristianos, no necesariamente organizado por un gobierno u otro.

    Pablo cita Éxodo 16:18 en el capítulo 8:15 de su carta, diciendo: “como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más, y el que poco, no tuvo menos.”

    Esta frase se está refiriendo al milagro de provisión de maná en el desierto. Los del pueblo recogían cada día lo que iban a comer, y al final del día, no había sobras. Esto no nos está enseñando que nosotros no podemos o no debemos ahorrar. Todo lo contrario. Pablo les está hablando en el mismo texto en cuanto a las ofrendas con las que van a ayudar a los que vendrán a predicar y a ayudarlos, recordándoles que deben recoger para tener cuando estos vengan. Dios premia al trabajador fiel, y como podemos ver en los evangelio, el mejor trabajador es aquel que invierte sus talentos para multiplicar sus recursos. Aquellos que mejor administren sus bienes tendrán más para poder bendecir a otros.


    Pablo y otros estaban administrando las ofrendas, y los cristianos de Corinto podían aportar de sus recursos para ayudar a otros cristianos que estaban pasando estrechez. Mas Pablo les asegura que el reparto se está haciendo honrada y justamente. Les dice en los versículos 13 y 14:

    “Porque no digo esto para que haya para otros holgura, y para vosotros estrechez, sino para que en este tiempo, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad.”

    Debía ser un sistema en el que en un momento marcado de necesidad, aquellos que pudieran, dieran de lo que Dios les había dado; en otro momento podrían ser estos últimos los que necesitaran la ayuda de los demás. Mas en 2 Corintios 9:10-11 Dios nos recuerda quien es el que al fin y al cabo, provee para cada uno. Dice así:


    “Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia, para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios.”

    Dios es el que provee la semilla al que siembra y el pan al que come. Dios es el que multiplica y aumenta nuestros recursos, y lo hace con liberalidad. Y de lo que él nos da podemos utilizarlo de manera que traiga gloria a Dios.

    Este ciclo se explica en los versículos que le siguen, los cuales nos muestran cómo al dar para suplir las necesidades de otro, despertamos en estos agradecimiento a Dios por Su provisión, a la vez que ellos oran por aquellos que han dado para suplir su necesidad.

    Pidamos a Dios que nos ayude a ser fieles y agradecidos en la situación en la que nos encontremos en el momento, deseando dar la gloria a Dios con todo lo que nos da.