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Este segundo episodio representa el énfasis de nuestro Señor Jesucristo en enseñarles no solo un nuevo mandamiento sino Su mandamiento. Las frases “mi mandamiento” y “como yo os he amado” redefinen toda la ética judeo-cristiana; no es una sugerencia amable, tampoco es una emoción pasajera. La perspectiva de Cristo sobre el amor va mucho más allá de un sentimiento, se convierte en un mandamiento; por lo tanto, su práctica es una decisión de la voluntad. Ya no se trata de una reacción espontánea del corazón humano sino de una acción sustentada en el conocimiento de la voluntad de Jesús.
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Todo comienza con el amor recibido. No en un esfuerzo humano, sino la experiencia maravillosa de haber sido amados primero. Desde allí brota la posibilidad de amar al otro. El “unos a otros” nace cuando comprendemos que no damos lo que no hemos recibido, y que amar es, ante todo, una respuesta que nace de la gratitud de haber sido amados primero.
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Episodes manquant?
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Al leer detenidamente la oración poética del Barroco español percibimos que esta plegaria ya no es solo la contemplación y la pasión del alma creyente por su Señor, sino una expresión de esa lucha interior que surge entre la culpa de la ofensa a Dios y la gracia que Él ofrece a todos los que se acercan con un corazón humilde. En su recorrido esta plegaria evoca el Salmo 51:1 “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, Oh Dios.” Cada poeta expresa una faceta de esa lucha interior, Lope de Vega expone el arrepentimiento, Quevedo el desengaño y la redención, Góngora exalta la Cruz como el lugar donde el alma se purifica y el poema anónimo adjudicado a Santa Teresa expresa la contrición amorosa.
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Un poema dedicado a todas las mujeres que día a día ponen su corazón en la construcción del mundo.
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Hoy en esta ruta para conocer la plegaria poética a lo largo de la historia nos encontramos con dos grandes autores del renacimiento hispano: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Santa Teresa conocida también como Santa Teresa de Ávila, la ciudad de España donde nació, fue la mujer que convirtió la oración en un diálogo de amor. Su vida estuvo marcada por una profunda conversión interior, en su Libro de la Vida narra que un día, al contemplar la imagen de Cristo herido en la cruz, sintió que su alma se resquebrajaba de dolor y que Dios le hablaba sin palabras a su corazón. Y San Juan de la Cruz el cantor del alma que busca a su Amado. Este ardiente poeta nació en Fontiveros en 1542, hijo de una familia muy humilde, un padre sin herencia, como castigo por haberse enamorado de la mamá de Juan, Catalina Álvarez, una mujer verdaderamente pobre, pero una trabajadora incansable. Así pues, creció en un hogar con más riqueza espiritual que material, lo cual inclinó su alma a la oración y la misericordia. Siendo muy joven ingresó a una orden religiosa en Medina del Campo donde fue ordenado sacerdote.
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Hoy quisiera traer a ustedes la plegaria poética del fin de la Edad Media, un anticipo al renacimiento cristiano, una fe expresada de una manera más personal e interiorizada, en la cual la relación con Cristo supera la estructura eclesiástica y se expresa en una oración íntima. El alma ya no se dirige sólo al Altísimo, al Dios trascendente de los Cielos, sino al Cristo que habita dentro por medio de la gracia; el Espíritu Santo que arde como llama en el corazón y transforma la vida cotidiana en adoración.
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Jacopone de Benedetti, su verdadero nombre italiano, nació hacia el año 1230 en Todi, una ciudad de Umbría. Provenía de una familia noble y adinerada; durante su juventud fue abogado y poeta mundano, caracterizado por su ingenio y su gusto por la vida cortesana. Cuenta la Historia que en el año 1268 su esposa murió trágicamente cuando una tribuna se desplomó en un evento público. Y luego de este evento que marcó su vida decidió entregarse a Dios y dedicar su vida a Él.
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Hoy en nuestro recorrido por la ruta poética de la oración continuamos en la Edad Media explorando las vidas de San Francisco de Asís. Según los historiadores, la Edad Media se extiende aproximadamente desde el año 476 d.C., con la caída del Imperio Romano, hasta 1453 con la caída de Constantinopla. Otros lo alargan hasta el descubrimiento de América en 1492. Por tanto, abarca unos mil años de historia, desde el siglo V hasta el XV. En cuanto al contexto que nos compete ahora, la Edad Media se caracteriza por la consolidación del pensamiento cristiano y la expansión monástica, en la cual la oración poética se desarrolló en medio de la soledad y la vida austera en aquellos monasterios, donde la belleza del lenguaje se consagra y se eleva como una ofrenda a Dios.
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Hoy nos corresponde introducirnos en la Edad Media, ese período de la historia comprendido entre la caída del Imperio romano (476 d.C.) y el advenimiento de la edad moderna y la cultura renacentista; fue aproximadamente un milenio de profunda transformación espiritual, cultural y política. Tras la caída del Imperio romano, el cristianismo que había sido perseguido por varios siglos, se convirtió en el instrumento unificador de Europa.
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Con amor continuamos hoy nuestro viaje a través de la ruta de la plegaria poética. En nuestra primera entrega recorrimos los primeros siglos de la historia cristiana, escuchando la voz poética de los primeros creyentes a través del Himno de la Luz y de uno de los himnos de San Efrén, el sirio. Hoy nos acercamos a la memoria de un poeta singular: Aurelio Prudencio (348–410), considerado el mayor poeta cristiano de la Hispania romana; actualmente: España, Portugal, Andorra, Gibraltar y parte del sur de Francia.
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Hoy hemos llegado a la séptima pieza de la Armadura de Dios; en las pasadas semanas hemos estado profundizando en el significado espiritual de aquella armadura que inspiró al apóstol Pablo, durante su encarcelamiento en Roma, para hacer una transposición de cada pieza de la armadura diseñada para los soldados romanos, al plano espiritual, en la batalla de la vida del cristiano. Cada una de las piezas que conforman esa armadura espiritual, como hemos visto, tiene un propósito en la vida del creyente. La séptima pieza, que nos concierne ahora, no tiene un equivalente físico en la armadura romana. Sin embargo, se nos presenta como un fundamento de la relación del ser humano con Dios; como un misterio que adquiere grandeza y relevancia en su práctica continua. Por esta razón, me ha parecido profundamente revelador, al mismo tiempo que transformador, sumergirnos en las expresiones poéticas de la oración a lo largo de la historia, y junto a cada oración poética, recorrer, junto al poeta, ese camino de acercamiento al Altísimo.
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En esta serie de artículos sobre la llamada Armadura de Dios, hemos venido haciendo un análisis de cada una de las piezas que conformaban la armadura de un soldado romano de la época (60-62 d.C.), de acuerdo a su correspondencia espiritual según el apóstol Pablo. Recordemos que Pablo se encontraba encarcelado en la ciudad de Roma, vigilado constantemente por soldados romanos. Fue basado en aquella brillante armadura que la inspiración del Espíritu Santo iluminó la mente del apóstol, y grabó en piedra, en su epístola a la iglesia en Éfeso, esta magistral instrucción.
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Sin lugar a dudas, el campo donde se libran las batallas más feroces de la vida es la mente. Los psiquiatras describen la mente como un sistema complejo, producto de la interacción del cerebro, el cuerpo y el entorno. Al hablar de la mente se incluyen facultades como la percepción, el pensamiento, la memoria y las emociones. La mente es fundamental en el proceso de interacción con el mundo, en la toma de decisiones y en el desempeño en la vida diaria. El bienestar de la mente incluye el bienestar emocional, psicológico y social.
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Luego de hablar de las tres primeras piezas, el apóstol Pablo enfatiza de manera especial, instando a que por encima de todas las piezas tomemos el escudo de la fe. Esta expresión nos permite distinguir a la fe no como un accesorio opcional, sino como el instrumento que protege nuestra vida espiritual frente a los dardos del enemigo. Por lo tanto, sin fe el cristiano se encuentra en un estado de vulnerabilidad; mientras que con fe, con los ojos puestos en Jesús, puede resistir, vencer y avanzar.
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En el estudio que estamos llevando a cabo acerca de las siete piezas de la llamada Armadura de Dios, descrita por el apóstol Pablo en su carta a los Efesios (6) con la finalidad de resistir en el día malo y estar firmes contra las asechanzas del enemigo; luego de la primera pieza, el cinturón de la verdad, Pablo nos invita a vestirnos con la coraza de la justicia: “Vestíos con la coraza de justicia” (Efesios 6:14). Con esta imagen de la coraza (thōrax, en griego), la cual era una pieza esencial de la armadura romana, el apóstol continúa describiendo la armadura espiritual que debería llevar todo creyente. La coraza, elaborada en metal o en cuero endurecido, era una pieza lo suficientemente grande como para abarcar el pecho y abdomen del soldado, protegiendo de esta manera sus órganos vitales.
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Cuando el apóstol Pablo nos instruye a calzarnos con el apresto del evangelio de la paz nos está llamando a vivir con el ánimo dispuesto, preparados, equipados con el mensaje de nuestro Señor Jesucristo, sus enseñanzas, su amor y, sobre todo, el anuncio de su salvación, de su sacrificio en la cruz por todos. Así, el alma del ser humano que escuche este anuncio y lo acepte, hallará la paz de su alma; la paz que proviene del encuentro con su Hacedor. Los creyentes debemos estar preparados en el conocimiento del evangelio para vivir conforme a su llamado y anunciarlo a nuestro prójimo a fin de llevar la paz de Cristo en toda circunstancia. Es un estado de disposición activa y vigilante.
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Te invito a analizar y profundizar sobre estos siete caminos o estrategias para comenzar un año con propósito y darle a tu vida la luz de Dios al caminar por las sendas que El de antemano ha preparado para ti.
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En la víspera de la finalización de este año 2025, nuestra mente se llena de pensamientos; hay reflexiones que conmueven nuestro ser, hay verdades que resaltan como el sol a pleno día y además hemos vivido experiencias que respaldan estas reflexiones y verdades de manera contundente.
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La Navidad es mucho más que una festividad llena de tradiciones, luces y regalos. Es un tiempo sagrado que nos invita a contemplar el misterio de la Encarnación: Dios hecho hombre, que desciende a este mundo con humildad y amor infinito. Con frecuencia, el frenesí del consumismo y los compromisos sociales nos alejan de esta verdad fundamental, pero la Navidad nos recuerda que el mayor regalo ya nos fue dado en el nacimiento de Jesús.
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Quisiera poder escribir hoy las palabras más bellas y con ellas tocar sus corazones. Plasmar con la tinta este deseo ardiente de mi ser por la felicidad de mi patria. Mi deseo convertido en oración porque Dios nos bendiga y que Su luz ilumine nuestras tinieblas. Lo que viene a mi mente es aquel pasaje cuando Pedro y Juan se encontraron con un hombre cojo (Hechos 3: 1-10). El hombre pedía limosna, pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda» Y el hombre fue sanado. Yo no soy ni Pedro, ni tengo el don de sanidad, pero lo que tengo, humildemente quisiera dárselos hoy: El nacimiento de Jesucristo tuvo un propósito, que sigue cumpliéndose cada día en aquellos que le buscan de corazón sincero. El no es un Dios muerto que quedó clavado en la cruz, El resucitó y con su resurrección venció la muerte. El está vivo y dispuesto a cumplir su propósito en ti y en mí. El quiere nacer en tu corazón. Ábrele hoy tu puerta y El vendrá y cenará
contigo, y será en tu vida EL PRINCIPE DE PAZ.
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